Tras más de medio siglo desde que el ser humano abandonó la superficie lunar, el ambicioso programa Artemis de la NASA busca establecer una presencia permanente en nuestro satélite.
En el epicentro de esta nueva era se encuentra un compatriota argentino, el ingeniero aeroespacial Pablo de León. Nacido en Cañuelas, De León hizo historia en 1997 al convertirse en el primer argentino en volar en gravedad cero. Hoy, desde la dirección del Laboratorio de Trajes Espaciales de la Universidad de Dakota del Norte, lidera proyectos críticos financiados por la NASA para vestir a los próximos exploradores del cosmos. Desde el Centro Espacial Kennedy, el especialista dialogó con La Prensa sobre la complejidad del cohete SLS, el aporte estratégico del satélite argentino ATENEA y el desafío de convertirse en una civilización multiplanetaria.
El ingeniero argentino Pablo de León analizó el programa Artemis y el rol estratégico de nuestro país en el cosmos Talento argentino que llega al espacio La Argentina se posicionó como el único aliado latinoamericano invitado por la NASA para participar en el proyecto Artemis II. La disputa por el Helio-3 y el agua redefine la carrera espacial entre potencias bajo un marco legal internacional ambiguo. Por Mariana Badeni Tras más de medio siglo desde que el ser humano abandonó la superficie lunar, el ambicioso programa Artemis de la NASA busca establecer una presencia permanente en nuestro satélite. En el epicentro de esta nueva era se encuentra un compatriota argentino, el ingeniero aeroespacial Pablo de León. Nacido en Cañuelas, De León hizo historia en 1997 al convertirse en el primer argentino en volar en gravedad cero. Hoy, desde la dirección del Laboratorio de Trajes Espaciales de la Universidad de Dakota del Norte, lidera proyectos críticos financiados por la NASA para vestir a los próximos exploradores del cosmos. Desde el Centro Espacial Kennedy, el especialista dialogó con La Prensa sobre la complejidad del cohete SLS, el aporte estratégico del satélite argentino ATENEA y el desafío de convertirse en una civilización multiplanetaria.
- Estuvo recientemente frente al cohete que lleva a la tripulación, ¿qué se siente al ver la ingeniería que romperá el récord de distancia humana superando los 400,000 km de la Tierra?
- Estar frente al Artemis II es impactante. Lo primero que te golpea es su tamaño debido a que te hace pensar que esa estructura de casi 100 metros, que es básicamente combustible puro, llevará a cuatro personas a la Luna es sobrecogedor. En esencia, lo que ves es una máquina de explosión controlada diseñada para escapar de la gravedad.
Lo más fascinante es el equilibrio entre magnitud y precisión. Lograr la trayectoria para orbitar la Luna y volver es como intentar enhebrar una aguja desde diez metros de distancia. Es un sistema de una energía acumulada brutal, pero con un nivel de detalle quirúrgico.
- ¿Este viaje es más arriesgado que las misiones que bajaron a la superficie hace 50 años?
- Diría que las misiones Apolo fueron más arriesgadas que esta misión Artemis en particular. Hay que tener en cuenta que esta, de alguna manera, es una misión relativamente parecida a la que fue Apolo 8, que se hizo en 1968, que fue también una circunnavegación de la Luna. La misión de Apolo 8 fue todavía más compleja que esta porque los astronautas estuvieron en órbita lunar.
- Comparando con el Apolo 17, hoy tenemos millones de veces más capacidad de procesamiento, ¿cómo cambia la seguridad de la tripulación el tener computadoras redundantes frente a los pocos kilobytes de 1972?
- La Apollo Guidance Computer (AGC) fue un hito ya que fue una de las primeras computadoras totalmente digitales instaladas en una nave espacial. Si bien la cápsula Gemini contaba con una predecesora, la AGC representó un verdadero salto evolutivo en la ingeniería. Como dato destacado, un ingeniero argentino egresado de la UBA, Ramón Alonso, fue uno de sus desarrolladores principales mientras realizaba su posdoctorado en el MIT.
Su aporte fue fundamental para la seguridad de los astronautas, una historia que merece ser mucho más difundida en nuestro país. Hoy contamos con una potencia de cálculo infinitamente superior, pero con una realidad presupuestaria muy distinta. El programa Apollo, impulsado por el contexto de la Guerra Fría, disponía de fondos que hoy serían impensables para la exploración espacial.
A diferencia de aquel programa, diseñado exclusivamente para llegar a la Luna, el actual proyecto Artemis se gestiona de forma más austera. Mientras que el SLS reutiliza hardware del transbordador espacial, el Apollo fue un desarrollo desde cero, nacido en una era de inversión masiva que hoy ha dado paso a una ingeniería de optimización y reciclaje.
- Argentina tiene un rol protagónico con el satélite ATENEA, ¿cuál es la función específica de este dispositivo dentro de la misión Artemis II?¿qué significa para la CONAE y la UBA estar en la vidriera de la mayor misión espacial del siglo?
- La participación en el programa Artemis II con el satélite ATENEA es un hito extraordinario. En una misión de tal complejidad y riesgo, la NASA ha seleccionado solo a cuatro socios internacionales para integrar satélites: Corea del Sur, Arabia Saudita, Alemania y Argentina. Somos el único país latinoamericano presente, lo que reafirma la confianza global en nuestra capacidad técnico-científica.
El hecho solo que la NASA le permita a la Argentina poner un satélite en una misión tan compleja y tan riesgosa como es Artemisa II, de alguna manera reafirma la confianza que se le tiene a la Argentina en el plano técnico-científico, porque es algo que yo sepa ningún otro país de Latinoamérica ni siquiera fue invitado.
- Se habla de una base permanente en la superficie en la Luna, ¿qué infraestructura mínima necesita el ser humano para sobrevivir 6 meses en la Luna?
- El proyecto de la base lunar converge de manera natural con mi trayectoria de 35 años dedicados al desarrollo de trajes espaciales y, posteriormente, al diseño de hábitats lunares y marcianos. Estos planes para establecer asentamientos humanos representan el núcleo de mi especialidad; por ello, estaré abocado a una serie de experimentos y proyectos ya en marcha que son críticos para este esquema. El desafío que tenemos por delante es inmenso, pero quienes integramos este programa estamos plenamente comprometidos en transformar esta visión en una realidad tangible.
- Comparó la futura base lunar con las bases antárticas. En términos de logística y relevos, ¿veremos pronto a científicos civiles trabajando allá?
- Siempre hago la comparación Antártica porque es lo más parecido que tenemos. Tuve la suerte de estar en la Base Marambio y vi lo que era el trabajo de los científicos y toda la gente que trabajaba ahí. Nunca olvidas un viaje así, lo llevas siempre en tu corazón. Además, ves el trabajo de toda la gente que todos los días hace cosas desde preparar el agua y filtrarla para poder usarla en la base, montones de procesos. Todo eso va a ser muy parecido a lo que el día de mañana va a ser en la base lunar.
Así que desde ya vamos a tener científicos y civiles. No sé si pronto, porque en un principio van a ser astronautas calificados para poder hacer esas misiones, pero como siempre pasa, posteriormente después va a haber gente y científicos que vayan a hacer diferentes experimentos. También hay una etapa muy importante de explotación de recursos lunares, así que no te extrañe que en el futuro vamos a ver gente relacionada con la minería también trabajando en la Luna.
- ¿Cuáles son los hallazgos más recientes en medicina espacial?
- Los únicos datos prácticos sobre la presencia humana en la Luna provienen de las misiones Apollo. Sin embargo, la evidencia recolectada sobre la permanencia en la superficie es limitada ya que oscila entre las pocas horas del Apollo 11 y el máximo de tres días alcanzado por el Apollo 17. En consecuencia, nuestro conocimiento sobre los efectos médicos de la estadía lunar a largo plazo sigue siendo notablemente reducido.
Debemos considerar los antecedentes de permanencia en microgravedad. El récord humano lo ostenta el cosmonauta ruso Valeri Polyakov, quien permaneció 437 días en el espacio en una sola misión. Su experiencia demuestra que es posible superar el año en gravedad cero sin secuelas permanentes.
- ¿Entramos en una nueva carrera espacial? ¿Cómo influye el interés por la minería y los recursos energéticos en la urgencia de establecer una base antes que otros?
- Sí, efectivamente, con China. Sin ser un especialista en derecho espacial, aunque sigo el tema con atención, es evidente que existen importantes vacíos en la legislación internacional. Los tratados vigentes, como el Tratado sobre el Espacio Exterior, establecen que la Luna y los cuerpos celestes son patrimonio común de la humanidad; sin embargo, las normativas actuales presentan ambigüedades respecto a la posesión y el aprovechamiento de los recursos lunares en esta nueva era de exploración.
Si bien ningún Estado puede reclamar soberanía territorial plantando una bandera, este principio choca con legislaciones recientes, como la Space Act de 2015 de los Estados Unidos. Esta norma faculta a empresas e individuos para extraer y comercializar recursos de cuerpos celestes, incluida la Luna. Actualmente, numerosas compañías desarrollan tecnologías no solo para la obtención de agua, sino para la minería de elementos estratégicos como el Helio-3. En este escenario, ante la imposibilidad de una propiedad formal, la disputa se traslada a la creación de zonas exclusivas de explotación económica. En la práctica, quien logre el despliegue inicial obtendrá una ventaja competitiva determinante en la nueva carrera por los recursos espaciales.
Existe, efectivamente, una competencia estratégica con China, cuyo programa espacial goza de una estabilidad mayor al no estar sujeto a los giros de timón propios de las democracias. Mientras que Beijing puede proyectar planes a cincuenta años sin interrupciones, el programa de los Estados Unidos debe revalidarse en cada ciclo electoral, quedando expuesto a cambios de prioridades políticas cada cuatro años.
- Ante la perspectiva de un retorno a la superficie lunar con las misiones Artemis IV, ¿será factible que un astronauta o científico argentino integre esas futuras tripulaciones?
- Sin duda alguna. Argentina cuenta con el nivel de preparación necesario para tener un astronauta propio desde hace décadas. Resulta paradójico que, siendo un referente regional en tecnología espacial, seamos uno de los pocos países latinoamericanos que aún no ha integrado a un profesional en una misión tripulada.
Desde ya, las misiones lunares son más complejas que una misión orbital, requieren más preparación. Confío plenamente en que la Argentina asuma un rol protagónico en estas misiones. Estos proyectos no solo despiertan un entusiasmo transversal en todas las generaciones, sino que son verdaderos motores de vocación científica. Contar con astronautas argentinos en estas misiones sería un avance fundamental para nuestra soberanía científica. Espero que este sea el impulso definitivo para que nuestro país consolide su liderazgo y avance hacia una nueva etapa en el espacio.
Misión Atenea, el proyecto que validará la tecnología nacional
"Es notable pensar que estamos yendo de vuelta a la Luna después de más de 50 años", afirmó a La Prensa la ingeniera mecánica Araceli Barrera que brindó tareas de soporte en el ATENEA luego de la ejecución del ensayo de termo vacío del microsatélite.
Con 33 años y egresada de la Universidad de Buenos Aires en 2019, Barrera forma parte del equipo mecánico-térmico de la Gerencia de Proyectos Satelitales de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE). La especialista analizó el rol de la Argentina en la era de las misiones Artemis, donde el microsatélite nacional Atenea marcará un hito tecnológico al acompañar el trayecto hacia el espacio profundo. Para Barrera, participar en este ecosistema donde conviven lo público y lo privado representa un orgullo y un compromiso institucional inmenso.
El desarrollo de Atenea no estuvo exento de dificultades técnicas extremas. Al tratarse de una misión que acompaña a la tripulada Artemis 2, los estándares de seguridad impuestos por la NASA fueron altísimos. Barrera explicó que el primer gran desafío fue "encontrar componentes de alta confiabilidad en tamaño microsatélite", sumado a tiempos de desarrollo sumamente acotados.
El diseño térmico resulta crítico en este escenario, ya que el satélite debe operar en condiciones de oscuridad absoluta con frío extremo o bajo el calor intenso del sol directo. Según la ingeniera, el éxito mecánico se confirmará mediante la telemetría ya que "nos va a estar transmitiendo la temperatura de todos los componentes, y eso nos va a hablar de que todos los análisis que hicimos estuvieron adecuados"
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Es importante destacar la distinción entre los proyectos actuales de la agencia. Mientras que misiones operativas como los satélites SAOCOM 1A y 1B ya proveen datos sobre humedad del suelo, otros proyectos de gran envergadura siguen en fase de preparación. Es el caso del SABIA-Mar, un satélite diseñado para el estudio de los océanos y el Mar Argentino que, según aclaró la ingeniera, "todavía no se lanzó, se está armando en tierra". A diferencia de estos enfoques de observación terrestre, Atenea tiene un perfil netamente experimental, buscando validar tecnología a más de 70.000 kilómetros de distancia de nuestro planeta.
Entre las innovaciones de Atenea destaca el desarrollo nacional de un receptor GNSS (posicionamiento global satelital), que es un dispositivo electrónico que capta señales de múltiples constelaciones de satélites. "Es la primera vez que Argentina desarrolla este tipo de tecnologías y las sube a uno de sus satélites", destacó la ingeniera, subrayando la importancia de contar con soberanía tecnológica en herramientas que usamos cotidianamente como el GPS. Además, el proyecto permitió implementar metodologías ágiles en la gestión, buscando proveer soluciones rápidas a las necesidades del país.
Finalmente, Barrera, quien se graduó siendo la única mujer de su promoción en una carrera tradicionalmente masculina y de pocos egresados, aprovechó su experiencia para alentar a las nuevas generaciones a estudiar. "Lo primero que les diría es que se puede", enfatizó, haciendo una firme defensa de la educación pública que le brindó las herramientas para alcanzar este presente. Para ella, aunque el camino sea largo y difícil, el momento actual de la exploración espacial es único y justifica cada hora de esfuerzo debido "aquellos que les gusta el espacio están viviendo un momento único".