Ciencia y Salud

Suicidio y cultura de la muerte

El terrible caso de una mujer que mata a sus tres hijos abre una muy oscura caja de Pandora demencial, de la cual se desprenden infinidad de temas. Al día que esto se escribe, el juicio tiene fuertes posibilidades de ser suspendido ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo el jurado, en el cual, como una mueca trágica, tres de sus integrantes llevan remeras rosas defendiendo la posición de la madre, es decir, de la triple filicida, ya que se convirtió en bandera de una causa. Esa causa lleva a que varias mujeres busquen mostrar en redes que imitan el comportamiento de maltrato y aun de tentativas de filicidio de sus propios hijos, mientras otros usan argucias psiquiátrico-forenses insostenibles, como la depresión posparto, un tema mucho más complejo que lo que se intenta tergiversar. Quizás tenemos que plantearnos algo mucho más básico y es qué le pasa a nuestra cultura, a nuestra civilización contemporánea que parece estar realizando macabros cultos a la muerte bajo múltiples formas.  
Camus inicia con una frase insoslayable el libro El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. 
Quizás hoy la única pregunta es si decidimos como civilización seguir vivos o extinguirnos bajo múltiples formas.  
Sísifo estaba condenado a empujar la piedra hacia la cima, pero en ese esfuerzo encontraba su rebelión, su vitalidad y, paradójicamente, su sentido. Es decir, se interpelaba a un hombre que aún conservaba la capacidad de rebelarse. Su tragedia era activa; requería tensión vital.  El drama contemporáneo es el quiebre del mito, el hombre moderno ya no empuja la piedra. Simplemente ha soltado los brazos. Se ha dejado caer. La palabra suicidio proviene del latín suicidium, compuesta por el pronombre sui (de sí mismo) y el sufijo -cidio, derivado del verbo caedere (matar, cortar, talar). El suicidio clásico, por doloroso o desesperado que fuera, implicaba en el imaginario un acto radical de la voluntad. Hoy, por el contrario, nos enfrentamos a un fenómeno que responde a otro verbo latino, similar en su fonética, pero opuesto en su esencia: cadere (caer). De cadere derivan palabras como decadencia y cadáver.  Lo que experimentamos en la actualidad ya no es el acto de "cortar" la vida, sino la abulia de dejar que la vida caiga. 
Esta anestesia existencial genera una caída libre que no siempre es un acto desesperado y violento; a menudo es pasivo. Nos hemos habituado a la banalidad, a una vida despojada de trascendencia donde la existencia no adquiere sentido. El suicidio, en este contexto, deja de ser un grito de angustia al absurdo para convertirse en un trámite administrativo frente a la nada.  
EL QUIEBRE DEL SER
Émile Durkheim, en su monumental estudio de 1897, sacó al suicidio de la clínica para exponerlo como el síntoma de una sociedad enferma. Describió el "suicidio anómico" como aquel que surge cuando las normas, los valores y el propósito común de una cultura se desintegran. Hoy vivimos la exacerbación de esa anomia.  Se produce entonces el quiebre del ser: cuando la civilización pierde su relato cohesivo, es decir, su mythos, el individuo queda flotando en el vacío. La epidemia de suicidios no es una falla en los neurotransmisores de millones de personas aisladas; es el fracaso de una estructura social que ha dejado de proveer significado. Un árbol desenterrado no muere instantáneamente por un golpe violento; se va secando desde adentro, de manera silenciosa y progresiva. De la misma manera, un ser humano, un homo religiosus, un buscador empedernido de sentido, necesita un arraigo territorial, histórico, espiritual y vincular para sostener su arquitectura psíquica. Al ser desvinculado de su historia y de la filosofía tradicional, despojado de la trascendencia y reducido a un mero consumidor biológico, el individuo se marchita. Todos esos conceptos, que son raíces conceptuales, hoy son considerados demodé. Pero la actual epidemia de suicidios indica otra cosa, no se trata de una suma de fallas individuales; es el indicador clínico del colapso de una civilización que ha dejado de proveer significado.  
Si el dejarse caer individual es el síntoma, las políticas públicas contemporáneas son la metástasis. Al no poder curar la falta de sentido, la profunda sequía de las raíces, el sistema ha decidido institucionalizar la claudicación. Es aquí donde la pulsión de muerte, del Tánatos se disfraza con el ropaje de las nuevas narrativas progresistas, ocultando su rostro detrás de argumentos técnicos, jurídicos y médicos para maquillar esta rendición civilizatoria. Se llama compasión, autonomía o derecho, a lo que en realidad es la institucionalización del abandono y la muerte. Esto se manifiesta en distintos ámbitos como es la eutanasia psiquiátrica: el sistema, incapaz de devolver el sentido o curar la anomia, claudica, bajo forma de compasión. Quizás los casos de eutanasia aplicadas a jóvenes con depresión severa son la oficialización de la derrota y la hipocresía, un peor culto a la muerte. El Estado receta la muerte para curar la falta de sentido. Otra es la normalización del aborto en etapas extremadamente tardías o la inducción de la muerte en el otro margen de la vida. Leyes que penalizan impositivamente a quienes no toman esa determinación después de cierta edad ya están en marcha.
Las nuevas narrativas que ven al ser humano como una plaga para el planeta se llaman eco-ansiedad, o antinatalismo, pero todo esto responde a la misma matriz: el triunfo de Tánatos, la pulsión de muerte y destrucción, sobre Eros, la fuerza creadora, la continuidad, la vida.  Quizás solo control poblacional que repite un mantra constante, el mundo tiene exceso de seres humanos. 
El drama actual es que estamos huyendo del dolor inevitable a la existencia. Evitamos a toda costa el proceso de individuación, prefiriendo la nada al esfuerzo heroico de buscar el sentido. Frente a este abismo, la única respuesta posible es la rebelión de volver a echar raíces. Es imperativo desarticular las trampas retóricas que nos venden el suicidio civilizatorio como un acto de piedad, y volver a defender a Eros: abrazar la vida, la continuidad y la trascendencia, asumiendo, como Sísifo, el peso y la dignidad de nuestra propia existencia.  
El ser humano no está diseñado para "dejarse caer". La única respuesta frente al abismo anómico es recuperar la trascendencia, reconstruir las raíces y volver a cargar la piedra, sabiendo que en esa afirmación de la vida radica nuestra única victoria frente a la banalidad de la muerte.  
Sino Lindsay Clancy tendrá más y más imitadoras (Copycat), como el caso ocurrido el martes último en Illinois.
El Día 10 de este mes es el Día Internacional de Prevención del Suicidio.