Analize en una sesión grupal (30 pacientes) de tipo educativa el último artículo publicado en La Prensa, la semana anterior, sobre las “Maratones” de drogas y les pregunte quienes habían tenido esa experiencia. Mi sorpresa fue mayúscula cuando el 100% de pacientes de un grupo habían participado en “caravanas” de drogas durante varios días( promedio de cinco días) y desaparecieron literalmente del mundo del sentido de realidad viviendo un sueño alucinatorio en donde la excitación los llevo a distintos sucesos vagando por calles, durmiendo en la calle o en plazas, participando de actividades sexuales en donde los participantes eran múltiples y con diversas posiciones , otros prefirieron la soledad de un cuarto , y así sucesivamente.
El conjunto de neurotransmisores estimulados por las drogas los sumió en un placer en donde por momentos se sentían “Dioses” pero encubriendo, todo esto, el acercamiento a la autodestrucción y a la muerte.
El estímulo del placer se desvanecía en la abstinencia y ahí el vacío con angustia los confrontaba con la necesidad de repetir el consumo y esto aseguraba una entrada rápida en la esclavitud y el hombre se va sometiendo por sí mismo al entramado de la dominación. Surge la dependencia a las sustancias vagando como “nadies” por la ciudad en busca de un “dealer” que se transforma en el “Gran Otro” dominante en sus vidas.
Pero, mientras tanto, la naturaleza va imponiendo sus límites ante el exceso y las respuestas psicobiológicas son diversas: en algunos una convulsión que los llevó a una internación de emergencia, en otros un accidente cardiovascular, un choque de automóviles, días y días en terapia intensiva, y así se sucedían eventos con consecuencias cercanas a la muerte en aquel que no había meditado siquiera en las consecuencias. Por otra parte, relatan también continuamente, compañeros de consumo muertos.
No hay consumo sin consecuencias es la lección que están aprendiendo dentro de un tratamiento. A pesar de esto las “giras”, “caravanas o maratones” fueron repetidas por los pacientes en reiteradas oportunidades y el fracaso vital los tiene unidos en un intento de rehabilitación luego de años en donde la “brújula” de la vida se escondió, pero que se intenta rescatar con la ayuda terapéutica. Se van pensando como “sobrevivientes” de un largo sueño suicida oscurecido por instantes de placer.
El encierro en un consumo voraz que los iba consumiendo reconocía en su vida varios “encierros” que durante su historia fueron aumentando su aislamiento.
DOMINADOS POR GIGANTES TECNOLOGICOS
Compañeros de esta muerte temprana además de una química autodestructiva eran las placas digitales que, en su maratón de mensajes, TikTok, Instagram, Facebook, etc. los encadenaban a un “like” como espacio en donde solo eran espejos de sí mismo y expulsado el mundo de la realidad permanentemente. Horas y horas con el celular como esclavizador que los hacia aún más dependientes. La utilización del celular comienza mundialmente a los 10 años y en pocos años se comienza a usar con acceso a sitios pornográficos y van progresivamente aislándose socialmente y de los vínculos emocionales y la palabra y el otro van quedando afuera y asoma la muerte de la conversación entre seres humanos.
Mientras tanto van surgiendo programas universitarios de desintoxicación digital (Ohio -U.S.A. “Humanality”) dependiente de universidades para combatir el aislamiento de la vida social, la depresión concomitante a la dependencia a las redes digitales, el uso de lo digital como herramienta y no como dependencia
Otro elemento de aislamiento es el sexo desenfrenado (también ligado hoy a las redes digitales y a la venta de sexo con drogas) buscando estimulantes también para esto, pero en donde el otro (la pareja) parece no existir y es solo un desborde individual lo que se muestra.
Tres encierros que llevan a la expulsión de la vida con el otro: la química de los estupefacientes, las placas digitales y el sexo en donde la poesía del amor parece desaparecer como lenguaje del encuentro.
Así los tiempos en que existía el otro van pasando y el autismo toxico con estupefacientes, placas digitales y un sexo sin encuentro dominan la vida de estos dominados.
Así se va imponiendo lo que el filósofo surcoreano Byung Chul Han llama el “Infierno” de lo igual como moderno entramado social.
Todo esto parece surgir de una sociedad cada vez más relacionada con el narcisismo y la auto referencia lo cual lleva a una pérdida del deseo y una desaparición de la capacidad para dedicarse al otro, al extraño lo cual genera una incapacidad para relacionarse, progresivamente, con los demás.
Los nombres técnicos de esa huida pueden ser brotes psicóticos, sobredosis, accidentes multiorgánicos que llevan al límite mismo de la muerte, detenciones en la vía pública, choques en automotores o motos, etc. y así llegan envejecidos o fatigados a la consulta luego de perdidas en su vida cotidiana: familia, hijos, dinero, enfermedades invalidantes, etc.; pero este paisaje patológico con trastornos cerebro-neuronales, depresiones, trastornos por déficit de atención, hiperactividad, trastornos límites de la personalidad, agotamientos con el llamado síndrome del “burn-out” parecen ser un signo de los tiempos en donde dependemos de un dealer distribuidor, una placa digital para existir siendo para esto adoctrinados desde pequeños o un sexo que es solo pura descarga sin el otro como encuentro amoroso.
PERDIDA DEL DON DE LA PRESENCIA
Parecería que hemos perdido la capacidad de estar presentes en el mundo y no podemos superar las distracciones de esta sociedad. El otro parece estar ausente y no podemos resistir al dolor de vivir. La vida trae dolores, pero no fuimos preparándonos para esto. Así surge la evitación del dolor con cualquier sustancia o acción que nos distraiga de nosotros mismos porque ahí es el vacío lo que aparece y queremos rellenar este vacío de cualquier forma.
Vivimos la vida sustrayéndonos al otro y a lo distinto refugiándonos en un espejismo de lo igual con la atención saltarina sin enfocarnos en nada siendo la aceleración una característica de nuestro existir cotidiano.
La atención implica en la vida ocuparnos del otro y esta mirada atenta hoy se está desmoronando ya que la distracción parece ser el principal sostén de esta sociedad de la adicción. Así como la distracción es parte de la vida de hoy lo es también la muerte del silencio y el imperio del ruido y en el ruido no nos escuchamos. El otro también tiende a desaparecer.
Pero la vida nos hace transeúntes del dolor y es a través de este que accedemos a la realidad; pero pareciera que no estamos preparados.
Hoy se ha nombrado esta hostilidad a asumir el dolor y se llama algofobia (del griego algos: dolor/fobia: miedo). O sea, un miedo irracional, excesivo y persistente al dolor físico o emocional que tiende a incapacitarnos y buscamos “pócimas” mágicas para evadirnos del dolor de vivir. Parecería que estamos obligados a estar en el “Mundo Feliz” de A. Huxley en donde está prohibido el dolor y la mágica de la pastilla “soma”, que aparece en ese libro, es el remedio del vivir.
La cocaína con alcohol y presos de las redes digitales las “caravanas” surgen como la huida ante el vacío y la falta de presencias significativas en su vida y esto los introduce en el mundo de la soberbia del Ego y es ahí cuando la omnipotencia parece ser el “sarcófago” de los seres humanos.
El hombre en sus excesos, y máxime en la posmodernidad actual, busca superar todo límite, inmerso en un vértigo frenético, y la naturaleza nos recuerda su pequeñez y sus límites y/o fronteras y todo esto puede llevar a la muerte o a la invalidez psíquica y/o física. La clínica diaria nos confronta con el dolor de los que solo pueden sobrevivir rozando el límite de la muerte permanentemente. Escuchar al paciente nos enseña todos los días.
El "consumo prolongado" o "maratones de consumo” puede ser el fin de una persona anunciando su deterioro final o también puede significar el inicio de una vida diferente si se inicia un tratamiento.
El fenómeno de la renuncia a las sustancias y despejar personas, situaciones y lugares ligados al consumo parecen ser parte de una vida sana, porque como se dice en Alcohólicos anónimos “una copa es mucha (una dosis también) y cien son pocas”. Así podremos ser los sobrevivientes de estas maratones mortíferas.