"No solo hay que ser honrado, sino también parecerlo" es un principio clásico que destaca la importancia de cuidar tanto la conducta privada como la imagen pública.
Comúnmente, entendemos por ‘honor’ al valor interno y la integridad moral de una persona, mientras que denominamos ‘honra’ al reconocimiento y respeto que la sociedad otorga a alguien por actos moralmente buenos.
Hace unos años escribimos en esta columna que “el honor se cimenta en una conciencia bien formada e implica coincidencia entre el deber y el hacer, por eso quien resguarda su buen nombre y honor ofrece a los demás su testimonio de rectitud y coherencia”. Nuevamente, ser y parecer van de la mano. Tiene que ver con la coherencia de vida.
Así los trabajos ad honorem se realizan por la honra, el prestigio o la satisfacción personal de la tarea. Es una pena que en muchos casos termine significando simplemente que no son remunerados.
LA SILLA ‘O’
La Real Academia Española, como es graciosamente lógico, utiliza las letras del alfabeto, mayúsculas y minúsculas, en lugar de números para identificar el lugar que ocupa cada uno de sus miembros de forma vitalicia.
Este mes, el escritor y periodista Álex Grijelmo tuvo el honor de ser elegido para ocupar la silla ‘O’ que dejó vacante el arquitecto Antonio Fernández de Alba tras su fallecimiento. Durante su presidencia en la Agencia EFE, entre 2004 y 2012, Grijelmo fue quien fundó FundeuRAE (Fundación para el español urgente), un consultorio lingüístico para escritores, periodistas y público general cuyo objetivo principal es promover el buen uso del idioma español en los medios de comunicación e internet. Entre los varios libros de su autoría se encuentra ‘Defensa apasionada del idioma español’. En él defiende la tesis de que la riqueza del idioma favorece la riqueza de pensamiento, ya que pensamos con palabras. Y elogiando la abundancia de nuestro espléndido español establece un paralelo interesante con el idioma inglés, hace un aporte interesante al tema que nos incumbe. “El presidente Bill Clinton vio cuestionada su honestidad en 1998 con el caso Lewinsky, pero no su honradez si nos expresamos en correcto español. En inglés, los dos conceptos forman parte de la palabra honesty porque los hablantes de ese idioma han querido poner en el mismo saco al que mantiene relaciones extramaritales y al que se lleva dinero de la Hacienda pública; algo que el idioma español ha querido separar porque hemos heredado con la genética del idioma los matices que definen las dos conductas. La influencia del inglés, no obstante, está arruinando esa diferencia (en español lo honesto se aplica de la cintura para abajo, y lo honrado de la cintura para arriba) y hay quien resalta la cualidad de un político “honesto” cuando a nuestra cultura lo que más le preocupa es que sea “honrado”. Quizás esa sea una de las razones por las cuales la vida disoluta de algunos políticos no incide en mayor medida en sus votantes.
NADIE ESTA SOLO
Aunque estemos en una época en la que se valora, quizás excesivamente, el individualismo y la autonomía, somos parte de un entramado de vínculos familiares. Para quienes valoramos y llevamos con orgullo el apellido que poseemos y nos reconocemos como integrantes de una historia común y una estirpe familiar, es sumamente importante cuidarlo y defenderlo.
Es así que a veces nos cuesta entender cómo ciertas personalidades públicas: políticos, funcionarios, artistas por nombrar algunas de las actividades más mediáticas, protagonizan escándalos (deshonrosos o deshonestos) y pareciera que no les interesa proteger o salvaguardar la pertenencia y la honra familiar.
Imaginamos que sus hijos y familiares directos, seguramente sufrirán ciertas consecuencias al ver su apellido relacionado con delitos o con actos indecorosos. Si bien, uno puede ser inocente respecto de las inconveniencias que hagan sus ancestros o sus descendientes, a la larga o a la corta, siempre se los termina asociando y cargando con culpas ajenas. Si se trata de personas con exposición pública, la portación de apellido es difícil de ocultar.
La frase con que iniciamos la columna de hoy encierra una profunda sabiduría. Nadie vive únicamente para sí mismo y aunque no lo quiera, lo que muestre trasciende lo individual y salpica a quienes comparten su historia, su nombre y sus afectos.
Hablar de honra pública y de honor personal puede sentirse pasado de moda, pero no está de más recordar que la verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en vivir de tal manera que nuestros actos no avergüencen a quienes nos precedieron ni perjudiquen a quienes vendrán después de nosotros.
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