Después de volver de Francia, Sigmund se puso en contacto con el profesor Theodor Meynert (1833-1892), un eminente anatomista y psiquiatra que atribuía el origen de las enfermedades mentales a un conflicto entre la corteza cerebral y el espacio subcortical, influenciados por una serie de factores entre los que se contaba la “nutrición cerebral”, relacionada con la funcionalidad vasomotora.
Estas ideas, más los principios aprendidos de Brentano sobre la “percepción engañosa” y las clases del doctor Charcot en la Salpêtrière de París, con las espectaculares sesiones de hipnosis que conmocionaban a la sociedad francesa, le abrieron la mente a Freud sobre los nuevos rumbos que se abrían en el estudio de la psiquiatría.
Junto a su amigo Josef Breuer (cuya influencia sobre Freud se ha minimizado), comenzó a estudiar la histeria o los procesos llamados de conversión. Fue Breuer quien llevó a Freud al terreno del método catártico, reemplazando la hipnosis por la asociación libre y la interpretación de los sueños. La célebre Anna O. (pseudónimo de Bertha Pappenheim) era paciente de Breuer. Esta había presentado un cuadro proteiforme después de haber asistido a su padre durante los últimos meses de vida.
Breuer creyó haberla curado por hipnosis... pero esto no fue así. Muy por el contrario, Bertha tuvo una feroz crisis en la que dijo haber dado a luz al hijo que tenía con Breuer, un producto de su imaginación, pero que le trajo al doctor serios problemas conyugales. Breuer decidió emplear esta “cura del habla”, como había sugerido Freud.
A medida que Anna O. relataba sus problemas, Breuer tomó nota de sus síntomas (anorexia, parálisis, perturbaciones del lenguaje) y de cómo estos se aliviaban a medida que ella verbalizaba sin censura lo primero que le venía a la mente. Estos detalles clínicos le fueron contados por Breuer a Freud, quien descubrió que en estos relatos de “libre asociación” los pacientes frecuentemente se referían a sus sueños.
Hacia 1896, Freud dejó de lado la hipnosis y acuñó el término “psicoanálisis”. Ese mismo año murió su padre, y Sigmund atravesó un período de turbulencias emocionales, con sintomatología cardíaca, trastorno del sueño y depresión. Muy probablemente haya experimentado los primeros síntomas de una fibromialgia que complicó la salud del Dr. Freud.
Analizando sus sentimientos, Sigmund descubrió la hostilidad que sentía por su progenitor y atribuyó este encono a una rivalidad que lo enfrentaba por el afecto de su adorada madre. Esta experiencia personal lo llevó a evocar la tragedia griega y elaboró el llamado complejo de Edipo, donde se presupone una sexualidad infantil autónoma, sin necesidad de que medie un trauma sexual.
Freud y Breuer describieron su método psicoanalítico en ‘Estudios sobre la histeria’, libro seguido por ‘La interpretación de los sueños’, donde Sigmund lanzó su modelo teórico sobre el inconsciente, el preconsciente y la consciencia.
Las teorías freudianas generaron adhesiones y rechazos; fueron aplaudidas y abucheadas. Muchos seguidores expresaron sus diferencias, y el primero en abandonar la nave psicoanalítica fue el mismo Breuer, su gran amigo, quien discrepaba con el énfasis que Freud ponía en la sexualidad infantil.
Conviene detenerse un momento para analizar cómo Freud llegaba a estas conclusiones sin un aval estadístico que respaldara sus hipótesis, carentes de validación experimental empírica y alejadas de la neurociencia. Si bien en esa época no existían los medios diagnósticos con los que contamos ahora ni la psicocirugía, y faltaban 50 años para la aparición de los psicofármacos, bien podrían haberse seguido estos casos para verificar su mejoría.
En el caso de Anna O., Freud nunca conoció a la paciente y toda la descripción del cuadro fue a través de Breuer.
Lo que no cuentan es que, al finalizar la terapia catártica, Anna O. tuvo una recaída y pasó meses internada, y demoró años en recuperarse. A la larga se mudó a Frankfurt, donde se convirtió en una líder feminista, fundadora de la Liga de Mujeres Judías, y dirigió un orfanato.
Su cura, en caso de haber sido curada, ¿se debió al psicoanálisis, a los tratamientos ulteriores o simplemente al paso del tiempo?
Un grupo de seguidores de Freud, entre los que se contaban Alfred Adler, Rudolf Reitler y Karl Jung, comenzó a juntarse los miércoles para discutir las ideas de Freud. Entre tazas de café, vasos de ajenjo o absinthe (un poderoso psicotrópico), masas vienesas, muchos cigarros y, según versiones no siempre bien intencionadas, algunas líneas de cocaína, Sigmund llevaba la voz cantante. Adler, Jung y Bleuler (a quien le debemos el término “esquizofrenia” y que prologó el libro de Freud sobre la histeria) fueron distanciándose del Dr. Freud a lo largo de esos años porque, de una forma u otra, el psicoanálisis se estaba convirtiendo en una religión. El dogmatismo freudiano no podía pasar desapercibido, a pesar de disfrazarlo con alusiones más literarias que científicas, ya que carecían de base evidencial.
Karl Popper señaló que el psicoanálisis no realiza predicciones precisas que puedan ser sometidas a pruebas empíricas y que, gracias a su flexibilidad, puede explicar cualquier conducta humana, sin necesidad de una demostración objetiva, y así adquiere características de pseudociencia.
El primer congreso de psicoanálisis, al que asistieron cuarenta y dos profesionales, se reunió en Salzburgo el 27 de abril de 1908. De allí en más fue expandiéndose por el mundo. Freud estaba especialmente interesado en que el psicoanálisis se diseminase por los países de habla inglesa y, a tal fin, contó con el apoyo de Abraham Brill, conocido psiquiatra de New York.
Cuando en 1909 Freud viajó a Estados Unidos para dictar conferencias sobre sus investigaciones, bromeó cuando fueron a recibirlo: “No se dan cuenta de que les estamos llevando la plaga”, bromeó... Vale la pena repetir que Sigmund no creía en la inocencia de los chistes.
La Universidad Clark de Massachusetts le otorgó el Doctor Honoris Causa y el Dr. James Putnam lo invitó a visitar la Universidad de Harvard. El mismo Putnam fundó la American Psychoanalytic Association en 1911 y comenzó con la traducción de las obras de Freud. En realidad, los discípulos rusos de Freud fueron los primeros en traducir sus textos, once años antes que lo hicieran los americanos. Curiosamente, también Rusia fue el primer país donde se prohibió la difusión de las obras de Freud en 1924, cuando Stalin se apropió del poder.
Ese mismo año comenzó el prolongado tormento de Freud al declararse un cáncer de lengua, secundario a su condición de fumador. De entonces y hasta su muerte sería sometido a 36 intervenciones, que deformaron su rostro (por eso llevaba barba y estaba obligado a prolongados silencios).
En 1930 recibió el Premio Goethe por su contribución a la cultura literaria germana. Es un hecho significativo que su discurso haya sido premiado por los escritores que de aquí en más abrevarían en esta corriente psicoanalítica. Paradójicamente, tres años más tarde sus libros fueron quemados por los nazis. Entonces ironizó: “Nadie podrá discutir que estamos progresando. En la Edad Media me hubiesen quemado a mí; ahora se contentan con quemar mis libros”. En realidad, se salvó por poco de que lo quemasen en los crematorios montados por las autoridades nazis; solo su prestigio mundial evitó este desenlace.
Como muchos intelectuales de su tiempo, Freud consideró al nazismo como una moda transitoria; no creía que el pueblo alemán tomase seriamente a ese hombrecito de bigotes, que mostraba signos de alteración mental. Como tantos otros, demostró estar equivocado. En 1938 Austria fue anexada a Alemania, y entonces la situación de Freud se vio seriamente amenazada. Su hija Anna, un miembro prominente de la sociedad psicoanalítica, fue detenida e interrogada por la Gestapo. Su amigo y colega Ernest Jones viajó desde Inglaterra a rescatarlo. También su discípula Marie Bonaparte lo asistió para que pudiese viajar a Londres. Los bienes de Freud fueron decomisados y debió partir casi con lo puesto. Al irse, la Gestapo lo instó a firmar un documento donde declaraba haber sido tratado correctamente. Sin hesitar, Freud lo firmó y agregó de su puño y letra: “Recomiendo a la Gestapo fervientemente”.
Vale aclarar que el jefe de la Gestapo en Viena era amigo de un amigo, quien fue condescendiente con el doctor Freud. De hecho, después de la guerra, la hija de Freud declaró a favor de este hombre durante los juicios de Núremberg.
Con la ayuda de sus amigos trató de sacar también a sus hermanas del país, pero no tuvo suerte. Murieron en un campo de concentración.
El estado físico de Freud se deterioró marcadamente en el exilio. Su amigo y médico tratante, Max Schur, también exiliado, constató el avance del cáncer. A pedido de Freud, Schur le administró una generosa dosis de morfina.
Tres días más tarde, su cuerpo fue cremado y las cenizas guardadas en una antigua urna griega que la princesa Bonaparte le había regalado.