Ciencia y Salud

Sigmund (I)

Pocos personajes de la historia de la medicina han sido tan respetados y, a su vez, tan discutidos como el doctor Sigmund Freud. Y eso es mucho decir. Por eso esta revisión de la vida y obra de Freud nos ocupará por las próximas semanas.
Sus teorías pocas veces pasaron de una brillante hipótesis, de magníficas metáforas basadas en los clásicos griegos, que llenaron libros, artículos y congresos, pero avaladas por muy pocas estadísticas.
El hombre que sentó los precedentes del complejo de Edipo era el niño mimado de su madre (¿Podría haber sido de otra forma?).
El mismo dogma freudiano (su construcción tiene una base dogmática y sus seguidores la elevaron a un nivel religioso) nos hace sospechar que solo un niño mimado pudo crear este relato psicológico.
No es mucho lo que se sabe de los primeros años del hombre que convirtió la infancia en una sucesión de experiencias eróticas: solo la predilección que le tenía su madre.
Al niño le decían “Sigmund”, aunque fue anotado como “Segismundo” y su padre lo llamaba “Schlomo” o “Salomón”, nombre que jamás usó, quizás porque Freud, un hombre poco religioso, prefería mantener los orígenes de la familia en un segundo plano.
Sigmund fue un estudiante brillante, un lector empedernido, un amante de Shakespeare y de Cervantes que aprendió español para leer el Quijote en su lengua original (según el legendario médico inglés Thomas Sydenham, las aventuras del caballero de la triste figura son, además de una extraordinaria novela, un hermoso tratado de psiquiatría).
Los textos de Freud además deben entenderse también como una expresión literaria: no en vano le fue concedido el Premio Goethe.
Le tocó vivir a este checo (pues Příbor, su ciudad natal, era parte del Imperio austrohúngaro, pero hoy queda en la República Checa) la época más brillante de un Imperio que tenía los días contados. Estudió Filosofía con Franz Brentano, Psicología con Ernst Brücke y Zoología con Carl Friedrich Wilhelm Claus, un ferviente darwiniano. Todos dejaron su influencia en la concepción del psicoanálisis, hasta su maestro de Biología Carl Claus, con quien pasó mucho tiempo disecando anguilas en búsqueda del elusivo aparato reproductor masculino, que al final no encontró. Toda una paradoja para el gran promotor de la sexualidad en el siglo XX.

CHARCOT, PARÍS Y LA COCAÍNA

En 1886 viajó a París para conocer las técnicas de hipnosis del doctor Jean-Martin Charcot, como lo dejó consignado en varios comentarios que calificaban a este profesor como un “gran artista” y hasta, me atrevería a decir, en un gran showman. Los médicos acudían de todas partes del mundo para presenciar sus clases, con escenas de hipnosis, convulsiones histéricas y desmayos teatrales... no en vano el cuadro de Brouillet sobre la clase del Dr. Charcot preside el rectorado de la Universidad de París.
Poco antes de este viaje, Freud había dado a conocer un trabajo sobre los efectos terapéuticos de la cocaína (tanto como anestésico como para el tratamiento de la depresión y adicciones). A este tema se dedicó con un gran entusiasmo y lo llevó a ser poco cauto y hasta generoso en la administración del estimulante. Freud recomendó su uso con exceso y desaprensión. Su amigo Ernst von Fleischl-Marxow fue víctima de este precipitado exitismo, y Freud lamentó de por vida el suicidio de este joven, que de la adicción a la morfina pasó a la adicción a la cocaína y de allí al suicidio.

UNA NOVIA PARA SIGMUND

Después de cuatro años de cortejo y de no menos de novecientas cartas de amor (siempre fue un escritor prolífico), Sigmund se casó con Martha Bernays después de su viaje a Francia. Las familias se conocían: de hecho, un hermano de Martha se casó con una hermana de Sigmund.
Ambas eran de ascendencia judía, pero los Bernays eran mucho más ortodoxos que los Freud (aunque Sigmund también tenía un abuelo rabino). Sigmund no era un observador de los ritos religiosos, lo cual le trajo algún problema conyugal. Profundizar sobre la influencia del judaísmo y las teorías psicoanalíticas, la Kabbalah y los tres niveles de conciencia es un tema largo, apasionante y discutible para esta breve recorrida por la historia de la medicina. El tema no puede soslayarse, porque Freud era un estudioso de los clásicos y, aunque hizo mejor uso de los paradigmas universales grecorromanos y de la literatura de Occidente, las tradiciones judías, la Torah y la Kabbalah afloran como un río subterráneo que recorre su obra.
En los países centroeuropeos había una larga tradición antisemita que de tiempo en tiempo hacía eclosión en brotes violentos. Para Freud, la religión era una expresión primitiva que tenía a la gente anclada en prejuicios y estigmatizaciones; dedicarle tiempo personal a este tema no era de su agrado y quizás (¿inconscientemente?) prefería dejar de lado su condición de judío, que de una forma u otra interfería con su carrera científica y social. Basta ver cómo su amigo Koller, quien usufructuó la brillante observación freudiana sobre la capacidad anestésica de la cocaína, debió dejar su carrera como oftalmólogo en Austria por defender en un duelo su honor hebreo, que consideraba vulnerado por los comentarios antisemitas de un colega. 
Solo cuando fue asediado por las leyes raciales del nazismo, Freud asumió su condición de judío. Lo suyo fue un acto de coraje, un desafío a un orden perverso e irracional de una sociedad alienada.
Al hablar de su familia y especialmente de su esposa, con quien convivió cincuenta y tres largos y armoniosos años, es necesario comentar la relación que unía al matrimonio con una hermana de Martha llamada Minna, vínculo al que “en broma” Freud se refería como un menage à trois (aunque para el psicoanálisis las bromas nunca son casuales). Pasaban mucho tiempo juntos, vacacionaban en los mismos lugares y, según palabras de Ernst Jung (uno de los discípulos de Freud), la relación pasó de ser amistosa y familiar a tener ribetes más íntimos. 
La posibilidad de que Sigmund y Minna se hayan alojado juntos en un hotel hacia 1898 como “Herr Freud und Frau” parece confirmar esta conjetura.
Un sobrino político de Freud, Edward Bernays, aplicó las teorías de su tío y se convirtió en un famoso periodista, publicista e inventor de la teoría de la propaganda. Solía decir que “los deseos humanos son el vapor que hace que la máquina social funcione”.
Y su tío puso en boca de todo el mundo estos misteriosos impulsos que son el deseo, los impulsos sexuales, el inconsciente.
(Continuará…)