La tendencia que atraviesa estos tiempos es detenerse en las formas y no en el fondo. En aquello que hace ruido ahora, pero deja muy poco para después. En pocos días se concentran varios ejemplos que muestran esta realidad. Desde la apertura de sesiones ordinarias en el Congreso de la Nación hasta la polémica generada por el viaje de la esposa de Manuel Adorni en el avión presidencial rumbo a Nueva York.
La discusión se posa sobre esas acciones y no permite auscultar el rumbo que está tomando la Argentina en un contexto internacional tan convulsionado. Las oportunidades que se abren y las dificultades internas que aparecen configuran un mapa enchastrado por minucias que desvían la atención de la discusión política. Pero que, al mismo tiempo, son descriptivas de la época.
Se equivoca el gobierno de Javier Milei en insistir con el relato de su pelea contra la casta. La moral como política de Estado pierde fuerza cuando el discurso no puede sostenerse con las actitudes, por más pequeñas que parezcan. Ser político implica caer en la tentación de los “beneficios de la casta”. ¿Para qué negarlo si es inherente a la condición humana? ¿Cuántos serían capaces de escapar a las ventajas que otorga ocupar lugares de poder que antes quizá eran inimaginables?
En épocas del llano, decir y criticar lo que después se convierte en una realidad palpable suele ser un error habitual. El árbol no debe tapar el bosque. Y Argentina está inmersa en un proceso político global al que vale la pena prestarle más atención que al pasaje de la esposa de Manuel Adorni.
En la apertura de sesiones, Javier Milei trazó un rumbo que expone su propia doctrina: Argentina como actor clave en la cadena de suministro global.
DISCURSO VS. REALIDAD
En ese punto aparece una de las mayores contradicciones de la política contemporánea: el discurso suele proyectar un horizonte estratégico mientras la realidad cotidiana se mueve en otra dirección.
La Argentina que describe el Gobierno es un país que se inserta en la nueva arquitectura económica global. Un proveedor confiable de energía, minerales estratégicos y alimentos en un mundo que reorganiza sus cadenas de suministro. Esa narrativa tiene lógica en el plano internacional. El planeta atraviesa una etapa de fragmentación geopolítica, relocalización productiva y búsqueda de recursos críticos. En ese tablero, Argentina tiene activos evidentes: Vaca Muerta, el litio, el potencial agroindustrial y una posición geográfica relevante en el mapa energético del hemisferio sur.
Sin embargo, ese proyecto de inserción global convive con una economía doméstica que todavía atraviesa tensiones profundas. Empresas que operan con márgenes cada vez más ajustados, consumo debilitado, sectores productivos que enfrentan costos elevados y una estructura impositiva que sigue siendo una de las más pesadas de la región. Allí aparece el verdadero choque entre el relato estratégico y la experiencia cotidiana.
La política suele moverse con tiempos discursivos. La economía, en cambio, responde a los tiempos de la realidad. Mientras el Gobierno plantea una transformación estructural que podría posicionar al país en el nuevo orden económico internacional, buena parte del entramado productivo todavía lidia con problemas que llevan décadas: presión fiscal, burocracia, falta de financiamiento y volatilidad macroeconómica.
La paradoja es evidente. Se habla de una Argentina integrada al mundo mientras, puertas adentro, muchos actores económicos siguen intentando sobrevivir al día a día.
En ese contraste también se reflejan las contradicciones de la política. No solo de este gobierno. De casi todos los que pasaron por el poder en las últimas décadas.
La política argentina suele formular grandes diagnósticos sobre el futuro del país, pero muchas veces queda atrapada en comportamientos que responden a lógicas más pequeñas: disputas internas, gestos simbólicos, escándalos coyunturales o discusiones que consumen energía pública sin alterar el rumbo de fondo.
Por eso el debate sobre las formas termina ocupando el centro de la escena. Porque es más inmediato, más visible y más sencillo de discutir que los procesos estructurales.
Sin embargo, el verdadero desafío está en otro lugar: lograr que el rumbo estratégico que se plantea desde el poder político pueda dialogar con la realidad concreta de una economía que todavía busca estabilizarse.
Si esa brecha no se reduce, el riesgo es que el proyecto de país termine siendo percibido como una narrativa lejana, desconectada de la experiencia cotidiana de empresas, trabajadores y consumidores. Y allí aparece otra lección recurrente de la historia argentina: cuando la política habla en un idioma y la economía vive en otro, la confianza se erosiona rápidamente.
El Gobierno puede mostrar indicadores de estabilización macroeconómica, baja de la inflación respecto de los picos del año pasado y una recomposición gradual de algunas variables financieras. Sin embargo, para amplios sectores de la clase media la sensación es otra. El consumo todavía no logra recuperarse plenamente, los salarios siguen corriendo detrás de los precios acumulados y muchas actividades comerciales funcionan en una lógica defensiva, más enfocadas en sostenerse que en crecer.
Ese contraste entre los números macro y la percepción social es uno de los desafíos más complejos que enfrenta la administración de Javier Milei.
Mientras el Gobierno intenta construir un relato de transformación estructural -Argentina integrada al mundo y convertida en proveedor estratégico de energía y recursos naturales- la experiencia cotidiana de buena parte de la sociedad todavía está marcada por la prudencia económica y la incertidumbre.
TENSIONES INTERNAS
Incluso dentro del oficialismo empiezan a aparecer señales de fricción que reflejan que el armado de poder todavía está lejos de consolidarse. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, quedó en suspenso una jugada que parecía encaminada: la llegada del intendente de Tres de Febrero, Diego Valenzuela, a la conducción de la Dirección Nacional de Migraciones.
El movimiento, que se leía como parte del proceso de expansión territorial de La Libertad Avanza en el distrito más grande del país, terminó frenándose en medio de las tensiones internas que atraviesan al espacio libertario bonaerense.
El dato no es menor. La construcción política en la provincia sigue siendo uno de los grandes desafíos del oficialismo, donde conviven dirigentes provenientes del PRO, del liberalismo clásico y de sectores que llegaron al poder al calor del fenómeno Milei. Esa mezcla, por ahora, no termina de encontrar una estructura ordenada.
Del otro lado del tablero político, el peronismo tampoco logra escapar a sus propias disputas. Este domingo, la interna del PJ en varios distritos de la provincia de Buenos Aires volverá a poner en evidencia la fragmentación del espacio. El caso de San Miguel es particularmente ilustrativo. Allí competirán tres listas en una contienda que, lejos de fortalecer al peronismo local, termina mostrando sus divisiones en un distrito donde el oficialismo municipal observa la escena con relativa comodidad.
Denuncias de clientelismo surgen en las últimas horas con el involucramiento de uno de los candidatos que compiten: Santiago Fidanza, actual viceministro de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires y hombre de Andrés “Cuervo” Larroque.
Las cifras que se manejan impactan. Se gastarán alrededor de 500 mil pesos por vehículo para movilizar autos que lleven a votar al menos a 3.000 afiliados de un padrón de 25 mil.
Cuando Axel Kicillof le reclama el recorte de fondos a Milei, debería darse vuelta y explicar todo esto. Una vez más, ser y parecer.
DEL GRUPO DE LOS 8 AL GRUPO DE LOS 4
Los atisbos para construir una alternativa a Milei desde la provincia de Buenos Aires ya están a la orden del día. Vale la pena prestarle atención al grupo de cuatro intendentes que se mueven en conjunto por estas horas: Federico Otermín (Lomas de Zamora), Nicolás Mantegazza (San Vicente), Gastón Granados (Ezeiza) y Federico Achával (Pilar).
Los memoriosos suelen recordar que la irrupción de Sergio Massa en 2013 como actor de la renovación política estuvo precedida por la conformación del denominado Grupo de los 8, que nucleaba a intendentes del Gran Buenos Aires con agenda política propia. Fueron los genes del Frente Renovador. A este grupo se le podrían sumar otros jefes comunales con movimientos pendulares entre La Plata y San José 1111.
Lo que ya no parece estar en discusión es algo que los intendentes tienen claro desde hace tiempo: cualquier renovación con posibilidades electorales deberá incorporar algunos consensos de esta época. Uno de ellos es gobernar con equilibrio fiscal.
El tema sobrevoló varias aperturas de sesiones en los Concejos Deliberantes. Entre esos discursos sobresalió el de Leonardo Nardini, cuando afirmó: “Se puede ser peronista y tener superávit fiscal”. Una frase que resume, quizás mejor que ninguna otra, los tiempos que se viven. Y los que vienen.