Política

Rosas y la crueldad sobre los animales

La historiadora Luciana Sabina publicó en La Nación (suplemento Ideas, 24/1/26) un artículo, “Los próceres y los animales, en un siglo XIX áspero y cruel”, donde afirma que Juan Manuel de Rosas mostró desde la niñez “una inclinación inquietante hacia la tortura animal”.

Inventar tormentos para martirizarlos, desollar a un perro vivo, bañar en alquitrán a un gato y prenderle fuego o arrancar los ojos de las aves y divertirse viéndolas estrellarse contra los muros de su casa habrían sido algunos de los ejercicios con los que amenizaba sus primeros años.

La fuente de estas afirmaciones, según la autora, es “Francisco Ramos Mejía, en una de las primeras biografías del Restaurador”. No fue Francisco sino José María Ramos Mejía, quien formuló esos asertos, y no en una biografía sino en el primer volumen de su libro “Las neurosis de los hombres célebres”, publicado en 1878 y dedicado íntegramente a Juan Manuel de Rosas.

ENSAÑAMIENTO Y ATROCIDADES

No sólo encontramos en la obra ensañamiento de un párvulo hacia los animales, sino un constante elenco de atrocidades desarrolladas a lo largo de la vida del personaje.

Rosas mataba habitualmente “con desesperante tranquilidad y como si se tratase del acto más natural de la vida ordinaria”. O castigaba a la peonada con argollazos en la cabeza, echaba excrementos en la comida de las pobres gentes que sentaba a su mesa o incendiaba parvas de trigo para gozar con los estragos del fuego. Muerta su esposa

Encarnación, ordenó a uno de sus bufones que se situase debajo de la cama y moviese el cuerpo para dar la impresión que el cadáver estaba vivo, a fin de engañar al sacerdote llamado a darle la extremaunción: horrorizado, el clérigo escapó. Mientras tanto, las cabezas de sus enemigos eran paseada en carro ofreciéndolas como duraznos a la venta.

“El crimen era…algo así como una válvula de escape a las fuerzas patológicas que lo dominaban”, ya en germen desde su nacimiento. El joven Ramos Mejía, que todavía no estaba graduado como médico, diagnosticaba en el Restaurador una neuropatía manifestada en una “locura moral” con atrofia de todo límite y que desembocaba en el culmen de la alienación.

El autor fue el primero en utilizar entre nosotros de modo sistemático el término de “neurosis”y por más de una década fue reconocido como el máximo especialista en enfermedades nerviosas.

GRUESO ERROR

Sus conclusiones, sin embargo, partían de un grueso error, sobre el que la medicina europea ya estaba de vuelta. Confundía la neuropatía con la alienación, sin percibir la autonomía como morbo de la primera, y dificultar su tratamiento, que en la segunda llevaba a la internación en un manicomio y en el otro caso requería medicación específica. Por ello, Mauro S. Vallejo afirma que la obra, célebre en su tiempo, “envejeció antes de nacer”.

Desde aquel temprano trabajo, Ramos Mejía siguió interpretando las neurosis como patologías que no se diferenciaban de cualitativamente de las locuras y que reclamaban, por lo tanto, otras terapias. Un discurso, dice Vallejo, “desacoplado del lenguaje y de las prácticas que llevaban adelante los médicos porteños de esa dolencia (los trastornos neuróticos)”.

El mismo autor califica el aporte de Ramos Mejía como “un malentendido célebre” y le otorga un acierto por defecto, ya que acentuó la consideración autónoma de los trastornos nerviosos respecto de la demencia.

Para ilustrar su tesis de la neurosis conducente a una “locura moral” como estadio culminante de la demencia, el joven Ramos Mejía, en el último tramo de su carrera, se sirvió de la figura de Juan Manuel de Rosas, adjudicándole una mente criminal desde la más tierna infancia, endosándole todas las calumnias que, en el fragor de la lucha con los unitarios de Montevideo se le habían imputado.

Las toma, mayormente, de los panfletos de Rivera Indarte, que cita (cuyas falsedades serían puestas de manifiesto más tarde por Alberto Ezcurra Medrano en Las Otras Tablas de Sangre). Hay una referencia, también al Facundo de Sarmiento. Para ser justos con el sanjuanino, cabe recordar lo que le escribió al general Paz: “era (el Facundo) una obra improvisada. Llena por necesidad de inexactitudes a designio, a veces, no tiene otra importancia que la de ser uno de los tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno”.

Y leyendo los dislates históricos de Ramos Mejía, le manifestó desde su diario “prevendríamos al joven autor que no reciba como moneda de buena ley todas aquellas acusaciones que se han hecho a Rosas en aquellos tiempos de combate y lucha”.

Bartolomé Mitre, reseñando la obra manifestó: “su fondo histórico carece de solidez y originalidad, y su caudal científico es de mera asimilación o reflejo”. Una opinión anónima aparecida en la “Revista Médico Quirúrgica” expresaba igual decepción. Algo habrán hecho mella estas críticas en Ramos Mejía que, como señala Vallejo en su excelente trabajo, se negó siempre a una reedición de su obra de 1878.

MALENTENDIDO CELEBRE

Los años transcurridos y el intenso debate historiográfico levantado por el revisionismo histórico en su momento, más los aportes de nuevas generaciones de historiadores han vuelto anécdotas casi olvidadas los elencos de crímenes seriales atribuidos a la “locura moral” del Restaurador.

Y, a pesar de aquel “malentendido célebre”, no se enturbia la fama de José María Ramos Mejía, creador de la Asistencia Pública y director del Consejo Nacional de Educación. Lo extraño, y que llama la atención, es que un artículo de una historiadora traiga a colación aquellas “tablas de sangre”, otorgándoles veracidad, ya entrado el siglo XXI.