En la ciudad sureña de Las Flores, en la Provincia de Buenos Aires, nace un 10 de mayo de 1884, quien sería uno de los más célebres directores de orquesta típica de nuestro país.
Tuvo no menos prestigio que Francisco Canaro, que Lomuto, que Juan de Dios Filiberto. Roberto Firpo fue un compositor de alto vuelo.
Si hubiese compuesto solamente ese himno tanguero que es “Alma de Bohemio”, habría logrado sin duda la inmortalidad. Pero además fue autor de “El Amanecer”, “Fuegos Artificiales”, con Eduardo Arolas, “La Madrugada”, y docena de otros títulos de singular valía.
Pero acerquémonos a su infancia, en ese pueblito provinciano de Las Flores, donde sus raíces quedaron para siempre.
A los 15 años decide alejarse de su pueblo natal. Destino: Buenos Aires.
Su padre cede a regañadientes, pero diciéndole: - Te ayudaré materialmente sólo el primer mes. Te equivocas al dejar la seguridad pueblerina, por las luces y la incertidumbre de la gran ciudad.
Nuestro hombre, trabaja inicialmente en tareas muy modestas, como fundador de una empresa metalúrgica, como pintor de letras, apuntador en el puerto de Ingeniero White, en Bahía Blanca.
Y una breve anécdota.
En una función de circo ve a un excéntrico musical que con botellas de agua extrae música. El sonido parece una especie de rudimentario timbal o xilofón.
Lo es, al día siguiente –imitando al artista circense- arma su propio instrumento musical con botellas. Es que ya tenía el Piano –su instrumento futuro- en el alma.
En la empresa metalúrgica donde trabajaba, hace amistad con un compañero que comienza a estudiar música con Bevilacqua, un maestro de piano que lo toma como alumno también a él. Tiene 19 años.
A los 21 años ya es un aceptable pianista. Y forma un trío que actúa en lugares nocturnos.
Pero en esa primera época del siglo, el tango se ejecutaba en lugares sórdidos, con público compuesto en su mayoría por gente de baja extracción, guapos de cuchillos, delincuentes, prostitutas.
Y nuestra figura de hoy era un espíritu delicado. Pero su amor a la música le atenuaba la sensación de desagrado que ese ambiente le producía.
Y va escalando peldaños y el café de Hansen y el Armenonville, con un público ya más diversificado en lo moral –lo ven actuar noche a noche-. Y finalizamos con dos anécdotas que alude a dos famosos tangos en los que Roberto Firpo, fue figura principalísima. Aunque fue autor de sólo uno de esos tangos.
La primera anécdota se refiere a “La Cumparsita”. Es muy conocido el hecho. Una noche, actuando en el Uruguay, un joven uruguayo, de 18 años, se le acerca: - Maestro Firpo, soy estudiante de arquitectura. Hace varios meses que he compuesto una marcha para un conjunto musical que está formado por estudiantes de mi facultad.
La adapté luego en tiempo de tango, porque me pareció más adecuada. ¿No podría Ud. observar la partitura y si le agrada incluso ejecutarla?.
Firpo, con esa dósis de humanidad que da la noble condición humana la leyo con detenimiento. Ejecutó algunos compases y le pareció admirable. Le hizo algún retoque y con su cuarteto la estrenó pocos días después en la confitería “La Giralda” de Montevideo, donde actuaba.
Luego la estrenó también en Buenos Aires, en un café de la calle Corrientes. El tango se titulaba “La Cumparsita”. Su autor: ese joven de 18 años, era Matos Rodríguez.
Prometimos otra anécdota, alude esta sí a una obra de firpo: “Alma de Bohemio”. Año 1913. Firpo tiene 29 años.
Integra como pianista la típica de Genaro Spósito, el gran bandoneonista. Y ganan ubn concurso de orquestas típicas en el cabaret Armenonville. Ganó la orquesta que integra Firpo, repito.
El jurado era simplemente el público. Esa noche entre los votantes está el famoso actor Florencio Parravicino, que se acerca a Firpo.
Lo felicita y le pide que improvise al piano, como el lo sienta, un pequeño pasaje de una comedia que está por estrenar Parravicini y que se llamará “Alma de Bohemio”.
Firpo crea esas notas –que el aplauso fervoroso del público que aún perdura, a mas de un siglo del estreno- como una joya única en el panorama tanguero argentino.
Y llegamos a junio de 1969. A los 85 años de edad, muere Roberto Firpo, un ser de intachable conducta, honesto, cristalino.
Un periodista, pocas semanas antes de morir, le preguntó: - ¿Cuál consideraba su mejor creación?.
Firpo respondió: - Mi mejor creación es mi hijo Roberto. Roberto Firpo (hijo). Es un digno escribano y también músico, al que tengo el honor de conocer.
Y así se apagó un faro de luz espiritual que iluminará para siempre el panorama de nuestra música popular.
Para Roberto Firpo y su arte singular, un aforismo final: “El arte hace visible lo invisible”.