Por Fernando Adrián Bermúdez *
El tema de la vocación es uno de los tópicos más apremiantes y urgentes que todo ser humano debe plantearse seriamente en algún momento de su vida. Cuál debería ser el principal motivo o intención de ese llamado es lo que marca la diferencia entre aquellos que eligen solo por un interés económico, de orden utilitario, como una mera ocupación a cumplir, y otros que interpelan a una razón más profunda, de carácter espiritual, moral y honesta, buscando un motivo último y radical de nuestra existencia, es decir, algo inexorable e intransferible. Indudablemente, las dos dimensiones están en la reflexión, evaluación y determinación de ese llamado, pero el problema es: ¿cuál debería tener prioridad?
LA VOCACION ARTISTICA
Ahora bien, en el caso de la vocación artística o de las letras, el tema adquiere mayor gravedad por diversas razones, pero fundamentalmente por las carencias económicas que generalmente acompañan estas vocaciones, que, si bien no son en todos los casos iguales, en los inicios, por lo menos, es muy duro afrontar el sustento económico de aquellos que optaron por ella.
En este sentido, Stevenson, en uno de sus ensayos titulado “La moral y la profesión de las letras” de 1881, deja planteado el problema, anticipando su postura: “El tema de las ganancias no es la única cuestión ni tampoco la principal en cualquier actividad que se desarrolle bajo el firmamento. Que debamos seguir existiendo es algo que sólo nos concierne a nosotros, pero que nuestra actividad sea en principio honesta y en segundo lugar útil son puntos en los que están implicados el honor y la moral”.
El problema que ve el escritor inglés en poner el eje únicamente en lo económico y en la manutención es que deberemos esperar que las obras que producirán serán, según sus propias palabras, de una literatura desaliñada, baja, falsa y vacía. Recordando que el primer deber de un escritor es tratar todos los temas con el espíritu más elevado, más honorable y más profundo, que resulte coherente con los hechos narrados. Si además está bien remunerado, mucho mejor, pero no podría estar este subordinado al primer deber.
Existen dos razones para elegir cualquier forma de vida, dirá: la primera se basa en el gusto innato del elector; la segunda, en alguna utilidad importante de la actividad seleccionada. “La literatura es singularmente interesante para el artista y, en un grado peculiar propio entre los demás artes, es útil a la humanidad”. Estas son justificaciones suficientes para cualquier mujer u hombre joven que la adopte como la actividad principal de su vida.
Por esto, un escritor puede vivir de su oficio, porque es tan significativa la naturaleza del trabajo que realiza todo el día que influirá más sobre su felicidad y plenitud que la calidad de los alimentos de la cena de sus noches.
Por esto, Stevenson insiste en que la preocupación de caer en pobreza no debe ser la consideración cuando elegimos nuestra vocación, cuya ocupación y justificación darán plenitud a mi existencia por el valor que ella tiene en sí misma para el propio artista y la humanidad que atesorará sus productos y obras artísticas. Por eso, la vocación es el núcleo más profundo de la moralidad. Al cumplir con ese llamado en su más íntima fidelidad, el escritor podrá: “…contar los elementos amables, edificantes y bellos de nuestra vida, ocuparse con la mayor amplitud de los males y penas del presente, conmovernos con situaciones, hablar de los seres buenos y sabios del pasado, estimulándonos con el ejemplo, y hacerlo sobria y sinceramente, sin comentar los defectos, enseñándonos que no debemos desalentarnos a nosotros mismos ni ensañarnos con nuestro prójimo”. De esta manera, el escritor y la literatura cumplirán su fin de sumergirnos en las fuentes del pensamiento y en la bondad de los hombres, estimulando nuestro camino hacia lo bello, lo bueno y lo verdadero.
LA VOCACION Y LA PROVIDENCIA
El tema de la vocación artística se ve en uno de sus cuentos titulado “La providencia y la guitarra”, que cuenta la historia de Monsieur León Berthelini, artista itinerante que cantaba en los pueblos que visitaba con su mujer, Madame Berthelini, quien lo acompañaba cantando y además era compositora. El artista era de un corazón amable, de naturaleza alegre y vivaz, con un espíritu infatigable. Iba por la vida como un muchacho en plena interpretación dramática y disfrutaba de la compensación del artista, que, si bien no era uno de renombre y reconocido, era tan feliz como si lo fuera.
La historia transcurre en un lugar donde los artistas no son bienvenidos, incluso con actitudes denigrantes hacia ellos y sus actuaciones. En cada espectáculo, además de no recibir ningún reconocimiento económico, eran maltratados con actitudes de desprecio e indignidad. Una noche, incluso no les permiten entrar al hotel, lo que llevó a que estuvieran a la buena de Dios. Mientras caminaban, la mujer le reprochaba a León que se encontraban en la intemperie de la noche, con frío y sin tener dónde dormir; él le respondía que sentía el arte en la médula de los huesos e incluso le proponía cantar.
Mientras caminaban por la noche, aparece un joven estudiante que también viajaba a pie, sin dinero, y empieza un diálogo entre ellos. Como el joven dijo que le gustaba el aire libre y las estrellas, inmediatamente León le dijo que era un artista, lo cual fue negado por el joven. León afirma: “…es evidente que tenéis alma de artista, y espero que me concedáis cierto olfato en estas cuestiones. Confío en que no traicionéis vuestros instintos, y os imploro que sigáis una carrera consagrada al arte.” A lo que el joven responde: “Gracias. Pero pienso ser banquero”. León continúa: “No. No digáis eso. Un hombre con vuestras aptitudes no debería caer tan bajo. ¿Qué son unas pocas privaciones con tal de servir a un ideal noble y elevado?”.
Siguen camino los tres para ver si podían encontrar cobijo en alguna casa. Y justo pasan por un hogar donde un matrimonio estaba discutiendo en el portal de la vivienda. Se acercaron y vieron que el hombre era un pintor. Se presentaron y los invitaron a ingresar a la casa. Al entrar el dueño les mostraba orgulloso sus obras colgadas en la pared. Cuando ya se habían instalado y estaban sentados, la mujer del pintor les dice: “¡Podrán creer, Monsieur y madame, que este desdichado, un pintamonas, un incompetente, indigno de llamarse a sí mismo pintor, ha recibido esta mañana una oferta estupenda de un tío mío, hermano de mi madre, y muy querido, además, de un empleo de oficinista con un sueldo de casi ciento cincuenta libras al año y lo ha rechazado? ¿Y por qué? ¡En nombre del Arte, dice! Y mirad su arte… Miradlo. ¿Vale la pena?”
EL ARTE COMO FORMA DE VIDA
En ese momento, es donde León, fiel a su vocación, a pesar de las precarias circunstancias económicas narradas en el cuento, le responde: “El Arte es el Arte. Yo me inclino ante él. Es todo lo bello, lo divino, es el espíritu del mundo y el orgullo de la vida… Es una forma de vida”. De esta manera, Stevenson nos interpela a través del ensayo y del cuento a ser fieles a nuestra vocación y a reivindicar aquellas vocaciones artísticas que definen nuestras vidas individuales y colectivas, al mostrarnos quiénes somos y, por, sobre todo, quiénes podemos ser o debemos ser. Todo ello teniendo como meta nuestra mayor plenitud como seres humanos y no solamente nuestra dimensión fisiológica como seres biológicos con sus necesidades alimenticias.
* Docente Universitario UM – UNCuyo.