Lo que se llama con toda benevolencia “el estilo del Presidente” dio un salto de calidad en los últimos días (Hacia abajo). El proceso se inició con el discurso que en el stand de venta de Argentina en Estados Unidos pronunció el mandatario, o mejor dicho con el discurso de la hermana presidencial en ese foro.
Quienes tienen algún conocimiento los mecanismos decisionales de los inversores y empresas internacionales, sabrán que la palabra de un mero funcionario administrativo explicando con lenguaje precario que los argentinos “somos buenos y humanos” es tomada casi risueñamente, y hasta produce una sensación de poca fortaleza institucional, uno de los componentes básicos de la confianza.
Varios miembros del gabinete y otros funcionarios de primer nivel deben haberse sentido postergados y hasta invisibilizados por esa actuación, aunque por supuesto se deben haber cuidado de manifestarlo, preocupados como están de que no les llegue el rayo de la venganza si osaran siquiera esbozar una mínima diferencia con el relato que les ha sido ordenado, bajo el descalificador mote de traidores. Como se recordará, la lealtad es una prédica política muy apreciada desde Perón en adelante.
No se trata de un asunto menor, como dicen a cada paso los troles virtuales y de carne y hueso que usan el insulto como argumento y repiten consignas que dan por válidas, sin darse cuenta de que se trata de consignas de uso interno, que son creídas sólo por la mitad de la sociedad y defendidas aun contra toda lógica por varios pensadores que gozan de alguna ventaja concedida. Siempre sucede que los mismos que adulan y tientan a los funcionarios para conseguir prebendas, son quienes menos los respetan y confían en ellos, por razones obvias. El empresario, local e internacional se comporta en todas partes del mismo modo. Las focas aplaudidoras, como dicen los mismos políticos, son una raza universal. Son la claque de la casta.
El discurso de Javier Milei ofrece mucho material para el análisis. Ya se ha dicho repetidamente que el tono y el lenguaje fue de barricada y de consumo interno, más bien de bajo nivel, además, que no es exactamente el más efectivo en estos casos. El Presidente ratificó la nueva visión de su gobierno, al proclamar su causa moral, la revolución de conductas y procederes, un cambio sobre su objetivo anterior de hacer una Argentina grande de nuevo. En esa línea insultó y acusó a un par de empresarios argentinos de tropelías diversas.
Alguien debería haberle explicado al mandatario que lo que en estos casos cualquier potencial inversor interpreta es que tarde o temprano también merecerá el mismo calificativo. Además, es evidente que los demás empresarios que rodean al binomio fraterno presidencial, algunos de los cuáles los acompañaron en esta ocasión, son impolutos.
Es curioso que ninguna de las prácticas por los que se critica a los empresarios demonizados haya sido prohibida todavía; al contrario, el RIGI no es más que un mecanismo de subsidio, que termina beneficiando a los teóricamente buenos empresarios (que son los empresarios amigos). Y la industria nacional sigue sufriendo los mismos o más embates que en el kirchnerismo.
Habría sido más contundente anunciar la eliminación de las retenciones, o del impuesto a los débitos bancarios, del que no se puede acusar a las administraciones provinciales, un tributo tan absurdo como los que se critican a las provincias, acaso peor, y que también se cobra sobre todas las etapas de producción y comercialización, con lo que se multiplica su alícuota varias veces. Es cierto que el Gobierno ha explicado -y lo han repetido sus troles calificando de impacientes a quienes no lo entienden- que se debe ir paso a paso y “a medida que se pueda” en esa tarea. Lo que también se contradice con lo dicho por el Presidente cuando su lucha no era por la moral sino por el crecimiento.
En las condiciones actuales, que se ratifican con ese discurso, que en concreto no dice nada, el inversor muestra simpatía, pero espera. Un círculo vicioso complicado.
El cambio de paradigma de una revolución productiva a una revolución moral también puede esconder un intento de no tener que hablar de sus promesas económicas, o una vuelta al gradualismo, del que el mandatario era defensor durante el gobierno de Macri, antes de convertirse en apóstol del libertarismo rothbariano, a menos en el relato. La reciente incorporación de Ernesto Talvi, de ideas contradictorias que poco coinciden con las voceadas hasta ayer por Milei, y de triste actuación en su último intento político en Uruguay, parece confirmar esa tendencia, o al menos el síntoma de una línea confusa de pensamiento gubernamental.
Estas acusaciones, no diferentes a la que Perón hiciera contra los “especuladores y agiotistas”, buscan un culpable externo. Está claro que el mecanismo de considerar traidor a todo el que hace una observación termina convenciendo al gobernante de que siempre tiene razón, y eso lo lleva, por convicción o por conveniencia, a echar la culpa sobre el resto del mundo que no lo comprende. También Milei les ha explicado a los norteamericanos que se trata de un complot de los kukas, algo que seguramente ha satisfecho todas las dudas que pudieran haber existido.
Resulta incomprensible -o comprensible- que tantos periodistas, expertos e inversores salvadores de la patria locales consideren que se trató de una acción positiva que promoverá la radicación de empresas en el país. LLA no ha cambiado un ápice la telaraña de corrupción que carcome a Argentina.
Mientras se inaugura oficialmente la revolución moral se destapa, por “una sucia operación kirchnerista” según el relato oficial, el caso Adorni. Seguramente mucho menos significativo y relevante que cualquier caso de corrupción anterior incluyendo algunos que han ocurrido en este gobierno. Pero que estalla justamente a continuación de que el presidente levantara el estandarte de la moral, algo coreado hasta el cansancio por sus troles.
La defensa del gobierno y del propio Adorni son casi ofensas a la inteligencia de la sociedad, que siempre tiene derecho a pensar que estos hechos pueden ser indicadores de otros mayores y más graves, por lo cual hay que ser capaces de explicarlos y demostrar la honestidad de procederes. La ya famosa expresión de “me deslomaba en NY” es simplemente ridícula, más allá de que luego el ministro se haya disculpado por usarla.
La defensa de Milei descalificando a los críticos porque “si hubieran leído sabrían que el costo marginal en este caso es cero”, intenta considerar a la moral como un bien transable, y tal vez eso represente su pensamiento sobre ese aspecto. Tratar de mensurar una transgresión de principios con un planteo sobre su costo económico evidencia un enorme vacío moral. Esa contradicción de quien se ha proclamado líder de la revolución moral es lo grave. Incidentalmente, tampoco hace falta leer a Rothbard ni pasarse tres años en la London School of Economics para entender lo que es el costo marginal y a qué aplica. Se enseña en cuarto año de secundaria. No da ni para alardear de erudito.
Por otra parte, es vox populi que la exposición de la avivada no se trata de un complot de los kukas y el periodismo ensobrado, sino que es fruto de las rencillas de conventillo que caracterizan al actual gobierno, o a la actual secretaria, lo que también ha quedado expuesto. El hecho de que hace un año el propio ministro haya anunciado enfáticamente el decreto que excomulgaba y prohibía justamente lo que acaba de hacer ahora es otro insulto a la inteligencia y un torpedo a la credibilidad. San Martín lo hubiera mandado al calabozo.
Otra parte del “complot kuka” fue la revelación que el ministro viajó con su esposa a Punta del Este en un avión privado a un costo que le consumió en teoría un cuarto del patrimonio informado en su declaración de bienes, reducción que seguramente se mostrará en su próxima actualización de ese documento. Aunque cualquiera debe comprender que hacer un viaje tan largo y complicado para alguien que se ha deslomado en su tarea justifica alquilar un avión privado. En cuanto a la ayuda de un amigo, como menciona el Jefe de Gabinete, recuerda al amigo de Alberto Fernández, cuyo amigo le prestó con gran generosidad un departamento por varios años.
Y en la línea de complots, seguramente también se le quitará importancia, “por ser un tema menor”, que hayan aparecido ayer ocho llamadas del presidente con los inventores de $Libra, algo que se contradice con su afirmación de que no había hablado con ellos un momento antes de retirar su posteo en X. Dramas de definirse como el catón de la moral. ¿Otra operación kuka?
Hay muchos otros indicios y situaciones no explicadas que llevan a preguntarse si en vez de una revolución de la moral, no se está ante una rebelión en la granja, como en la novela en la que, se recordará, los cerditos rebeldes terminan bailando en dos patas imitando a los humanos que, según ellos, habían sido desplazados ser una casta de corruptos y explotadores.