Suplemento Económico

Reflexiones sobre la Historia

Hace pocos días se celebró el día del historiador. El tema que elegí pretende ser una pequeña colaboración en una época donde muchos pseudohistoriadores enseñan en colegios y universidades, con una visión pretendidamente revisionista pero, en realidad, cargada de ideologismo.

Influyen negativamente en quienes en el futuro tendrán la responsabilidad, con sus ideas y acciones, de intentar mejorar la calidad de vida de los argentinos. Para ellos, la objetividad buena es la que induce la ideología adecuada y se halla comprometida con su posición política.

La objetividad no les resulta neutral ya que no importa la verdad histórica sino la utilidad de las ideas. De esa manera se esparcen mentiras, las cuales no permiten ver con fidelidad el presente que sólo existe enhebrado a la historia.

Bien dijo Adolfo Hitler, en Mein Kampf, que una mentira colosal lleva en sí una fuerza que aleja la duda, y que una buena y perseverante propaganda acaba por hacer creer a los pueblos que el cielo no es otra cosa que el infierno, mientras que la más miserable de las existencias es el paraíso. Eso fue lo que él y otros dictadores hicieron realidad en la práctica política. Pocos se preguntan qué sabemos y cómo lo sabemos.

Debemos transmitir que en realidad la historia no es solamente el conocimiento del pasado humano, sino que también es una ciencia, es decir, una forma de pensamiento que consiste en plantear preguntas que se deben responder.

Puede calificarse,  legítimamente,  como científica, y es comparable al nivel en que situamos a las ciencias naturales, sólo que no se ocupa de lo trastemporal y transcultural,  como aquellas,  sino de lo temporal y cultural específico.

 ROLES

El historiador no reproduce el pasado tal cual fue presente, pertenece al tiempo del ayer y no al que es, o habrá de ser. El modelo que construye, como toda teoría, no es idéntico a la realidad a la que se refiere, procura captar acontecimientos específicos, particulares, únicos e irreversibles, éstos son el objeto teórico de la ciencia histórica.

Los enunciados que lo explican contienen como dimensión fundamental al tiempo, no son universales sino particulares y su ubicación en la secuencia cronológica es decisiva.

Los historiadores utilizan técnicas y métodos compartidos imperfectos, pero perfectibles, constituyen los criterios de verdad: censos, carbono 14, tablas estadísticas, testimonios, documentos, historias de vida y muchos otros. Con ellos la contrastación se afina y permite teorías más interesantes y complejas en sus implicaciones.

La estrella fija de un buen historiador es la verdad.

La validez de las teorías, como en toda ciencia, permanece indeterminada hasta que no se recojan los testimonios empíricos adecuados para su contrastación. Los diversos puntos de vista de los historiadores deben basarse en opiniones y en pruebas, excluyendo de los debates afirmaciones puramente arbitrarias. No podemos conocer la realidad de un modo auténtico y real, pero aunque no tengamos la certeza, podemos acercarnos a ella, cada vez más,  con teorías y métodos perfectibles.

La ciencia histórica tiene un valor crucial para las ciencias sociales, necesitan de su aporte para realizar comparaciones y para descubrir principios y leyes. Un ejemplo es la sociología: toma de la historia el material fáctico que necesita, con ese fin.

La historia no se repite, aunque a veces pareciera que sí, esto se debe a que la naturaleza humana es la misma en todo tiempo y lugar;  como decía Voltaire la historia no se repite pero el hombre en circunstancias semejantes tiende a comportarse de manera similar.

Pero no son las regularidades el tema de interés, sino subrayar lo que tienen los hechos de único e irrepetible. O sea,  hay situaciones que se repiten en grado variable,  pero no tienen en común lo histórico sino a los protagonistas de la historia: los hombres y los grupos, lo histórico es lo singular, lo irrepetible.

 EL PASADO

Al pasado no se lo puede conocer si no se han legado documentos: palabras, testimonios, tejas, paisajes, signos, formas del campo, entre muchos otros, son fuentes de información a la que el ingenio del historiador debe acceder.

El pasado nos es asequible a través de documentos y si somos capaces de interpretarlos.

Debe existir una comunión fraterna entre el hombre que se revela a través del documento y el historiador, permite conocer mejor al protagonista de la historia, a sentir sus pasiones, a pensar sus ideas, sin que ello anule el espíritu crítico. Este método de la comprensión, llamado también “verstehen”, no puede considerarse un método científico pero tiene una gran utilidad en el marco de la construcción de hipótesis, lo que Karl Popper llama el contexto de descubrimiento.

Pero la historia no es solo la buena utilización de los documentos, estos no constituyen el punto de partida, la historia es la respuesta elaborada a base de documentos a una pregunta que le hace al pasado la curiosidad y la inteligencia del historiador y en la elección, la delimitación, y la concepción del tema que elige. Puede comenzar con un documento pero, inmediatamente después,  viene la pregunta que el historiador le hace a ese documento.

Muchos se preguntan para qué sirve la Historia. Ella nos enseña lo que el hombre ha hecho y lo que el hombre es. Ayuda a nuestro autoconocimiento. La única pista para saber sobre lo que el hombre es capaz de hacer es conocer lo que ha hecho.

Ortega y Gasset respondió a esta pregunta con una visión más cercana a la historia, como maestra de la vida. Pensaba que si bien la historia no prevé el futuro, nos ayuda a evitar lo que no hay que hacer. Nos sirve, decía, para liberarnos de lo que fue: si al pasado no se lo domina con la memoria, él vuelve siempre contra nosotros y acaba por estrangularnos.

Es importante considerar el tema de la objetividad: el carácter público del conocimiento histórico, como el de las demás ciencias, si bien no garantiza la verdad, permite un ámbito común para la diversidad de ideas, para su discusión y su depuración.

Consiste, también, en un aprendizaje recíproco y por ende una potencializaciòn de la capacidad de conocer, hace posible elaborar mejores teorías, aumentando, de ese modo, la probabilidad de su verdad aunque no nos asegure alcanzarla. El hombre está destinado a vivir dudando,  la aventura de la vida es demasiado terrible y demasiado maravillosa para saber con certeza en qué consiste.

En resumen:  la objetividad científica depende de la competencia de los historiadores, como de las diversas escuelas de pensamiento, de la tradición crítica, de las instituciones sociales, como también de la publicación en revistas opuestas o en editoriales, las discusiones en Congresos, entre las que existe una auténtica competencia. No se debe olvidar el poder del Estado, solo si la opinión pública está institucionalizada existe la tolerancia a la libre discusión.

La ciencia histórica es pública, porque aspira a contener un conocimiento que se exige a sí mismo el historiador: ser corroborado públicamente mediante conocimientos accesibles para todos. Es democrática, porque todos  los sistemas de hipótesis pueden ser examinados y cuestionados  por cualquiera, con independencia total de los títulos o autoridad. Lo que interesa es la consistencia lógica de sus argumentaciones y los apoyos empíricos que se ofrezcan para justificarlos.

Es importante señalar que para el historiador todas las culturas son iguales como objeto de estudio, o sea, toda interpretación es relativa a una cultura o subcultura determinada. Las relaciones que se establezcan de los hechos sociales observados tienen un sentido que surge de las orientaciones de su cultura. De manera que, según la cultura del historiador, es probable que no tuvieran sentido o fueran catalogadas como irracionales.

Ello no impide que el científico social esté impedido de expresar sus evaluaciones éticas o criticas, ya que no lesiona el relativismo cultural, ni quiebra la intrínseca neutralidad afectiva de la ciencia. En este sentido sus apreciaciones no son científicas, las concibe como persona ética. Supone el sustento de alguna filosofía que afirme la existencia de valores supremos y absolutos en las áreas del bien, la verdad y la belleza.

Debe dedicársele especial atención a la libertad académica sin la cual no hay historia que valga.

El historiador debe estar atento a los peligros que amenazan,  no solo a la libertad académica,  sino también a toda la tradición liberal que dio lugar a esa libertad. La libertad académica no es una abstracción, es parte de todo el sistema liberal, de los derechos individuales. Todos esos derechos tienen que ver con la fe sin límite en la libertad del pensamiento humano.

El historiador además de ser un investigador es también un divulgador de ideas, un maestro. Tiene una gran responsabilidad ante la verdad y la humanidad. La histórica es la ciencia fundamental para que los hombres y la sociedad alcancen auge y desarrollo ya que sin un verdadero conocimiento de la historia no podemos comprender nuestra propia vida y  las obligaciones que el presente lleva en sí del pasado.

El hombre, como bien dijo el gran historiador Hans Kohon, es heredero de los siglos, o sea, de la cultura. Para saber de dónde venimos y saber adónde vamos es necesario tener presente el papel de las ideas en la Historia, son las ideas las que determinan el curso de la acción humana.

Por último, el buen historiador es el que ha vivido intensamente, por eso se convierten en mejores historiadores quienes alcanzan la madurez, porque comprenden mejor la vida. La historia es la vida en un nivel más elevado y  consciente, olvidarla es peligroso, lo sabemos en Argentina donde es compulsiva la repetición.

 

* Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia. Miembro del Instituto de Economía  de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas). Autora de “El Crepúsculo Argentino” (Ed. Lumiere, 2006).