Antony Beevor es uno de los grandes historiadores militares de nuestro tiempo, un especialista en el teatro europeo de la Segunda Guerra Mundial, al que dedicó media docena de libros que ya son clásicos, empezando por La batalla de Creta (1991). Pero sus intereses se fueron ampliando con el paso de los años. Por ejemplo, abordó la guerra civil española, evocó -junto con su esposa, también historiadora, Artemis Cooper- el París posterior a la liberación en 1944, indagó en las raíces militares de la oceánica obra literaria de Vasili Grossman y se internó en la sangrienta Revolución Rusa y la inmediata lucha fratricida que engendró.
Su libro más reciente sigue la huella del último de esos trabajos. En Rasputín y la caída de los Romanov (Crítica, 400 páginas) se propuso desmenuzar a ese personaje siniestro, perverso, carismático, místico y lascivo, que tantas veces fue demonizado o caricaturizado por la historiografía dominante en Occidente.
Se trata de Grigori Yefimovich Rasputín, nacido el 21 de enero de 1869 en un pequeño pueblo de Siberia Occidental llamado Pokróvskoye, que pertenecía entonces a la región de Tobolsk, a unos 300 km al este de los Urales.
Beevor vuelve a transitar un camino que en el último medio siglo ya fue recorrido por autores muy disímiles, para hablar únicamente del ámbito anglofrancés: Robert K. Massie, Hélène Carrère d'Encausse, W. Bruce Lincoln, Henri Troyat, Marc Ferro, Richard Pipes, Orlando Figes, Lindsey Hughes, Helen Rappaport, Dominic Lieven o Simon Sebag Montefiore.
Apelando a documentación en archivos, entrevistas perosnales e interrogatorios no revisados con anterioridad, Beevor quiso analizar en su nuevo libro cómo fue posible que un sujeto en apariencia insignificante contribuyera de manera decisiva a hundir una autocracia de siglos, el Imperio Ruso.
“Resulta tentador decir que Rasputín es un compendio del alma rusa”, afirmó Beevor (Londres, 1946) en una reciente entrevista concedida a la agencia EFE con motivo de la publicación en español de la obra.
A propósito de esa idea, Beevor recuerda la célebre frase de Winston Churchill, tantas veces citada, en la que el primer ministro británico afirmó durante la Segunda Guerra Mundial que “Rusia es un acertijo, envuelto en un misterio que encierra un enigma”.
La menciona para explicar lo que a su juicio es motivo de intriga: que los rusos detesten el modo en que en Occidente ha visto a Rasputín, cuya imagen quedó reducida a la de “un obseso sexual, sucio y borracho”.
JUSTIFICACIONES
Beevor entiende que esa imagen era acertada, aunque aclara que “un historiador ruso de hoy intentaría justificarlo -total o parcialmente- en función de su fuerte espiritualidad”.
Esa espiritualidad de Rasputín, que para Beevor era tan real como su cinismo, actuó a la vez de bálsamo y de caballo de Troya ante la corte imperial a la que accedió en 1905, cuando le presentaron a la zarina Alejandra y al zar Nicolás II.
Para esa fecha Nicolás II entendía que se estaba resquebrajando el orden autocrático absoluto que encarnaba la dinastía de los Romanov, ý que por siglos había regido a Rusia.
El quiebre empezó con la derrota en la guerra con Japón, a la que siguió una revolución fallida (prólogo de la que se desataría en 1917) y el establecimiento de un tímido sistema parlamentario. Y el monarca se sentía culpable de todo ese proceso.
“Era un momento perfecto –afirma Beevor- para que Rasputín pudiera entrar en la corte y calmar al zar, no al país. También logró alimentar en él esa idea bastante fantasiosa de que existía una conexión directa entre el monarca y no ya el pueblo en general, sino el campesinado, que lo veía como un padre, un ‘padrecito’”.
Un elemento adicional determinante en la relación de Rasputín con los zares fue la enfermedad del heredero al trono.
“El heredero del zar, Alexéi, padecía hemofilia, una enfermedad que le provocaba dolores terribles y que impedía que su sangre coagulara de forma correcta -recordó Beevor en otro reportaje, en este caso con el diario español ABC-. En una noche de otoño, en 1911, cuando el niño estaba al borde de la muerte en Polonia, la emperatriz pidió ayuda a Rasputín. Este le respondió diciendo que no dejara que los médicos le tocasen más... y funcionó. El pequeño se salvó”.
LA REVOLUCION
Esa influencia se fue haciendo cada vez más notable, más asfixiante y más incómoda, sobre todo para la aristocracia y la burguesía rusas.
Estos sectores veían con asombro que un advenedizo medio analfabeto oriundo de la lejana Siberia los hubiera desplazado de las inmediaciones y del entorno de la pareja imperial, en particular de la zarina.
Rasputín tuvo un papel indirecto en las causas de la Revolución de 1917 al haber incidido para que se designara al liberal Alexander Protopópov como ministro del Interior, cargo que ocupó entre septiembre de 1916 y marzo de 1917.

Ese funcionario, recordó Beevor, había administrado la red ferroviaria del país y, dado que estaba ligeramente loco por la sífilis que padecía, todo se convirtió en un caos. El grano y la comida no llegaba. Lo cual fue una de las causas de las protestas de febrero de 1917, que en un comienzo no estuvieron dirigidas por los bolcheviques.
“El Comité Central bolchevique, que estaba en Petrogrado (antes San Petersburgo), no creía que aquello fuera una revolución, sino solo una revuelta por el pan -señaló Beevor en entrevista con el diario La Razón de Madrid-. Los bolcheviques lanzaron su golpe de Estado en octubre, que no fue una revolución. La revolución fue en febrero y, en octubre, el golpe de Estado”.
RUMORES
Si a ese contexto de agitación se agregaban los falsos rumores (o ”fake news”, como diríamos hoy, según Beevor) acerca de que Rasputín mantenía relaciones íntimas tanto con la zarina como con las hijas del matrimonio imperial, el camino quedaba despejado para que sus enemigos pudieran eliminarlo.
Eso finalmente sucedió el 29 de diciembre (16 de diciembre de acuerdo con el calendario juliano, vigente entonces en Rusia) de 1916, cuando el “monje negro” del zarismo fue asesinado a tiros como parte de una conspiración encabezada por el príncipe Félix Yusupov junto con otros aristócratas.
“Es totalmente falso que Rasputín se acostara con la zarina, pero ese rumor le hizo tanto daño a la reputación de Nicolás II que se convirtió en algo imparable”, aclaró Beevor.
“Los mitos de corrupción y esa idea falsa de que se acostaba con la emperatriz y con sus hijas (una suerte de fantasía pornográfica), ayudaron a que, cuando llegó la Revolución de Febrero, ningún oficial de la Guardia Imperial desenvainara su espada para defender al zar -abundó el autor en el reportaje con ABC-. Fue un derrumbe total del sistema”.
LA ERA DE PUTIN
Sin temor al anacronismo, y saltándose las épocas y los procesos históricos, el autor plantea que el tema de la influencia de un personaje menor (o de varios) en la política rusa no es algo exclusivo de los tiempos de Nicolás II y Rasputín, sino que perdura hasta nuestros días en la figura del actual presidente de Rusia, Vladimir Putin.
“Putin está muy influenciado por dos ideólogos notables” del nacionalismo ruso más irredentista: Alexander Duguin, filósofo, y Vladimir Medinski, historiador, exministro de Cultura y actual asesor presidencial.
Los dos “justifican el restablecimiento de un imperio ruso”, quizá con otras bases pero con los mismos principios y criterios, consideró Beevor.
Eso va mucho más allá del concepto de lo que fue la antigua Unión Soviética, cuya ideología por un lado se ha quedado obsoleta y, por otro, choca frontalmente contra esa idea de “espiritualidad”.
“Obviamente, no podemos entrar en la cabeza de Putin para saber definitivamente si es un idealista o un pragmático -distinguió el historiador británico-. Pero sí me atrevería a decir que en su modo de actuar hay una pequeña cantidad de idealismo y una gran dosis de cinismo y de oportunismo que se vincula a su afán por recrear la gloria de Rusia que, en definitiva, no sería sino la gloria de Putin”.