POR PEDRO R. DABIN
Al cumplirse el centenario del nacimiento de Monseñor León Kruk Manulac (1926 - 1991), la revisión histórica de su figura invita a trascender los relatos simplificados.
Frente a las lecturas contrapuestas -aquellas de la historiografía sociológica que suelen encuadrar su labor pastoral como un simple fenómeno de neoconservadurismo eclesial, y las narrativas estrictamente confesionales que lo presentan de forma idealizada-, el análisis documental revela una realidad más compleja.
De esta manera, emerge la trayectoria de un prelado con profunda visión de gobierno, una notable capacidad para responder a la escasez de clero, un firme compromiso social con su tiempo y una entrega impostergable a la comunidad de San Rafael.
RAICES Y VOCACION
Nacido el 30 de noviembre de 1926 en Concepción de la Sierra, Misiones, hijo de inmigrantes de Galitzia (hoy Polonia y Ucrania), Kruk se crio en un hogar de sólida fe y marcada austeridad, bautizado en el rito bizantino greco-católico. Tras formarse en el Seminario Menor de Corrientes y en el Seminario Metropolitano de Devoto en Buenos Aires, fue ordenado sacerdote en 1954.
Durante sus años de ministerio en Corrientes, donde llegó a ser Vicario General bajo la guía de Monseñor Francisco Vicentín, afianzó un estilo marcado por la disciplina eclesiástica, la atención de la religiosidad campesina y una estricta fidelidad al Magisterio Romano. Esas cualidades llevaron al Papa Pablo VI a designarlo, en enero de 1973, como el cuarto obispo de San Rafael.
Al asumir la sede sanrafaelina, que abarca los departamentos de San Rafael, General Alvear y Malargüe, enfrentó el escepticismo de una comunidad acostumbrada a obispos de paso efímero. Frente a la incertidumbre local, pronunció una frase que sellaría su destino: “Yo he venido para quedarme”. Cumplió su promesa a lo largo de casi dos décadas de gobierno ininterrumpido hasta su trágico fallecimiento en un accidente de tránsito en septiembre de 1991.
Durante su episcopado, impulsó una amplia articulación territorial. Creó parroquias y capillas en zonas de frontera agrícola y minera, integró congregaciones religiosas en lugares apartados como Malargüe y fomentó devociones populares como la de la Virgen de Lourdes y la Divina Misericordia. Asimismo, procuró mantener un contacto cercano con la feligresía mediante la publicación semanal del boletín Comunidad.
En el plano público, durante la transición democrática de los años ochenta, se convirtió en una de las voces episcopales más firmes en defensa de la familia tradicional y la indisolubilidad del matrimonio frente a la sanción de la Ley de Divorcio Vincular en 1987.
EL SEMINARIO
El hito más determinante de su episcopado ocurrió el 25 de marzo de 1984 con la fundación del Seminario Diocesano “Santa María Madre de Dios”. La iniciativa surgió para responder a una crisis apremiante, ya que la diócesis contaba apenas con 12 sacerdotes para 300.000 habitantes.
A diferencia de la orientación prevaleciente en otros seminarios de la época, el proyecto de Kruk apostó por una sólida formación tomista, ascetismo, vida comunitaria, estudio de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia. Esta propuesta generó un inédito florecimiento vocacional que convocó a jóvenes de todo el país -el denominado “efecto San Rafael”- y transformó a la diócesis en un polo de atracción tanto en el ámbito nacional como en países limítrofes.
Aunque el vertiginoso crecimiento del seminario provocó tensiones con sectores de la Conferencia Episcopal Argentina, en mayo de 1987, favorecido por su cercanía espiritual y cultural con Juan Pablo II, Monseñor Kruk presentó en Roma la realidad pastoral de San Rafael y su proyecto formativo, impresiones registradas luego en la prensa (Benson, 1987).
Tras el viaje, definió la casa de estudios como “eucarística, mariana y abierta al hombre de hoy” (Benson, 14 de junio de 1987), atribuyendo a la gracia divina el florecimiento de 130 seminaristas de todo el país. La clave de este crecimiento radicó en la oración comunitaria, el apoyo familiar y los ejercicios espirituales mensuales.
Bajo la “Ratio Fundamentalis” adaptada al ámbito local, el seminario combinó un clima de alegre fervor y rigor académico -orientado a licenciaturas y doctorados- para preparar sacerdotes no solo abocados a la atención parroquial, sino también a la proyección misionera en el país y el exterior, como en Perú. Pese a las estrecheces económicas, la propuesta contó con la explícita valoración del Vaticano.
Sin embargo, las constantes tensiones y el aislamiento desgastaron profundamente al prelado, quien presentó su renuncia en 1991, rechazada por el propio Papa.
La carta hallada en su maletín tras el trágico accidente vial en Cruz Negra -departamento de Tupungato, en el límite con Tunuyán, Mendoza- que le costó la vida el 7 de septiembre de 1991 testimoniaría el dramático impacto humano de este conflicto.
Sus restos descansan en la Catedral diocesana, dejando como legado una institución consolidada que ha formado a más de 150 sacerdotes y ha marcado indeleblemente el perfil doctrinal del clero regional.
LEMA Y LEGADO
Para comprender en su totalidad la acción pastoral y el proyecto institucional de Monseñor León Kruk en el sur mendocino, resulta indispensable examinar las bases de su vida espiritual.
Su ministerio estuvo cimentado en la centralidad de la Eucaristía, la práctica constante de la oración y un marcado fervor mariano. Esta impronta se tradujo en el fomento del rezo del Santo Rosario, la consolidación de la devoción a la Patrona diocesana, la Virgen de Lourdes, y la consagración de la casa de formación bajo el amparo de Santa María Madre de Dios. Asimismo, su itinerario personal se distinguió por una filial adhesión a la figura del Papa, un apego estricto a la ortodoxia doctrinal y un estilo de vida sobrio que mantuvo de manera inalterable hasta el término de sus días.
Esa misma convicción teológica motivó su celo por el florecimiento vocacional, impregnando al Seminario Diocesano de una pedagogía basada en el recogimiento, el rigor académico tomista, la templanza y el celo pastoral.
Bajo su lema episcopal Dominus fortitudo mea (“Dios es mi fortaleza”) Kruk vertebró su labor pastoral desde la confianza providencial y la fidelidad a la Iglesia.
A cien años de su nacimiento, su impronta perdura no solo en la infraestructura parroquial y educativa erigida en la región, sino principalmente en la autonomía vocacional alcanzada por la diócesis, configurando un capítulo determinante en la historia de la Iglesia argentina contemporánea.
Referencias:
Benson, J. (14 de junio de 1987). “Mons. Kruk habla de su diócesis y de su seminario. Eucarístico, mariano y abierto al hombre de hoy”, Revista Esquiú-Color, Buenos Aires.