Opinión
El rincón del historiador

R. J. Cárcano, a 80 años de su muerte

El 2 de junio de 1946 dejaba de existir en Buenos Aires el doctor Ramón J. Cárcano. Tenía 86 años, había visto la luz en Córdoba, hijo de un italiano, don Inocente, al que ni la música ni la filosofía le eran ajenas y que se desempeñaba como destacado profesor en los claustros del histórico Colegio de Monserrat. Su madre, Honoria César, tenía una antigua raigambre en la provincia, y a través de ella emparentaba con reconocidas familias locales que habían tenido gravitación en el desarrollo y el gobierno provincial, como la tendría él mismo en su edad adulta.

La longevidad le permitió ser testigo y, en muchos casos, protagonista de distintas etapas de la vida política argentina. Nació en abril de 1860, poco después de la batalla de Cepeda, que no logró la unión nacional (Buenos Aires estaba separada del resto de la Confederación), unidad que llegaría tras Pavón y quedaría consolidada en 1862, cuando Mitre asumió la presidencia de la República. Ese período previo a su nacimiento y sus primeros años fue, seguramente, tema de conversación que lo llevó a investigar esa etapa; fruto de ello fueron De Caseros al 11 de Septiembre (1918) y Del sitio de Buenos Aires al campo de Cepeda (1922).

Abogado a los 19 años, su talento natural lo colocó al lado de los gobernadores Del Viso y Juárez Celman. Pronto saltó su nombre al ruedo con motivo de su tesis doctoral "De los hijos adulterinos, incestuosos y sacrílegos" (1884), apadrinada por el propio gobernador Miguel Juárez Celman, lo que desató en buena medida el conflicto de la Iglesia cordobesa con el presidente Roca. En 1885 dio a conocer su primer trabajo histórico, dedicado a las figuras de fray Mamerto Esquiú, José Javier Díaz, Rafael García y a su amigo el Pbro. José Gabriel Brochero -primera biografía del santo cura que habría de llegar a los altares-, relación de mutuo afecto sobre la que abundan los testimonios.

Ministro de Gobierno de la provincia y director de Correos durante la presidencia de Juárez Celman, cayó en la Revolución del 90 junto a su coterráneo y abandonó la política, convirtiéndose en “agricultor" al dedicarse por dos décadas a la organización y administración de la estancia adquirida en 1886, ubicada en las cercanías de Villa María, a la que llamó Estancia Ana María en amorosa distinción a su esposa Ana Sáenz de Zumarán, con quien había contraído matrimonio en 1887. A las tareas rurales, en las que se había especializado en Europa -convirtiendo ese establecimiento en un modelo por sus adelantos-, sumó la publicación de estudios sobre historia argentina, medios de comunicación, transporte, sanidad animal e impuestos, entre otros temas.

El 17 de enero de 1910 falleció en su casa de Buenos Aires (Talcahuano 1260, solar donde hoy funciona el Colegio Jesús María) Anita, como él la llamaba. Su pérdida lo llevó a volcarse aún más a la vida pública: diputado nacional, enviado en misión diplomática al Brasil, gobernador de su provincia en dos períodos (1913-1916 y 1925-1928). Su gestión en ambas ocasiones fue decididamente progresista: abrió la primera ruta vial que atravesó la Pampa de Achala para unir las pequeñas villas con la capital provincial, y construyó el Dique Los Sauces.

Cabe destacar que desde siempre le preocupó la educación. En 1901 se refirió a la "Reforma de la enseñanza secundaria" en la Universidad de Córdoba, y como gobernador manifestó al clausurar los cursos escolares en 1914: "Nunca serán sobrados los fondos destinados a la instrucción, y Córdoba nunca pensará que le ha consignado esfuerzos bastantes mientras en la provincia quede un niño sin escuela". Volvería sobre el tema en 1932, al ocupar durante unos meses -en la presidencia del general Justo- la conducción del Consejo Nacional de Educación, donde, impresionado por la insuficiencia alimentaria del alumnado, creó los comedores escolares con una dieta elaborada por los mejores especialistas. Para ello contó con la colaboración del ministro de Guerra, general Manuel Rodríguez, quien aportó personal y cocinas de campaña para preparar almuerzos y colaciones.

Los intervalos los dedicaba a la vida intelectual. Era miembro de la Junta de Historia y Numismática Americana -actual Academia Nacional de la Historia- desde 1901, institución que presidió entre 1919 y 1923, y luego entre 1931 y 1934; de la Academia de Agronomía y Veterinaria desde 1909; de la de Ciencias de Córdoba desde 1915, y de la de Letras desde 1938. A ello se sumaba su condición de miembro correspondiente del Instituto Histórico y Geográfico del Brasil. Entre sus numerosas publicaciones se destacan las biografías de Juan Facundo Quiroga, La Guerra del Paraguay, Urquiza y Alberdi y Mis primeros ochenta años.

Embajador en Brasil durante el gobierno del general Justo y presidente de la Caja de Jubilaciones, don Ramón J. Cárcano fue, como señalamos al comienzo, testigo y protagonista de la vida argentina.

Fue sepultado el 4 de junio de 1946 -el mismo día en que comenzaba el gobierno de Juan Domingo Perón- en la capilla donde reposaban su esposa, sus padres y los hijos fallecidos en la infancia, cercana a la estancia, en la estación y pueblo que lleva su nombre. Se dijo de él que tuvo "entre otros privilegios de su destino, el haber estrechado las manos de Vélez Sarsfield, de Mitre, de Sarmiento, de Avellaneda, y que como hombre de meditado consejo mantuviera relaciones de amistad con veinte presidentes de la República".

Poco antes de la revolución de 1943 escribió Por una Argentina mejor, páginas póstumas, publicado en 1946. Su hijo Miguel Ángel las reprodujo en La Nación en 1957: fruto de largos años de observación y acción, esas lecciones conservan su vigencia, y sería deseable que conformaran un pequeño volumen que se añadiera a su bibliografía, tan valiosa para la Patria.

HOMENAJE

Con motivo del 80º aniversario de la muerte de don Ramón y los 140 años de la Estancia Ana María, se realizó el segundo encuentro en esa localidad el sábado 30 de mayo. Fue organizado por su bisnieta Anne Marie Ward Cárcano, acompañada por su marido Fernando González Lorenzano; también participó otro bisnieto, Carlos Cárcano, con su esposa María Cordero y los tataranietos Ema, León y Mía.

El vecindario, familias de otras localidades e invitados especiales se congregaron a media mañana de un día soleado y fueron agasajados con chocolates y pastafrola.

A las once, Anne abrió las puertas del templo en cuya cripta descansa don Ramón junto a su esposa, sus padres, su hijo Miguel y la esposa de este, Stella Morra Victorica, y su nieta Stella, fallecida allí a los 102 años en la Navidad de 2017.

El Pbro. Diego Zandrino, asistido por el diácono Pedro Olmedo, ofició la misa de la Santísima Trinidad y destacó en su homilía que "la unidad de esas tres personas distintas, de naturaleza única e iguales en dignidad" era precisamente lo que deseaba para los presentes, a fin de fortalecer los lazos comunitarios. Una parte de los asistentes ingresó al templo mientras el resto, sentado en sillas dispuestas en el parque, siguió con recogimiento el oficio religioso.

A continuación se izó la bandera y se entonó el Himno Nacional. La escuela local y establecimientos educativos de la zona, con sus banderas, dieron marco a la ceremonia y se retiraron entre aplausos. Entre el público se encontraban la intendente de Ballesteros, Graciela Sánchez; el presidente del Consejo de Administración de Funesil, Alfredo Granara; la delegada del INTA en Villa María, Mónica Moretto; la presidenta de la comuna Ana Zumarán, Yani Santos, y una delegación de la Biblioteca Ramón J. Cárcano de Bell Ville. Quien suscribe estas líneas realizó una evocación de la figura del patrono de la localidad.

Luego los visitantes se dirigieron al predio de Funesil, donde se disputó un torneo al que León Cárcano dio el puntapié inicial; los miembros de la familia recibieron camisetas con el número 10. Más tarde, en el local del club que con el nombre de "Liga contra el aburrimiento" inaugurara don Ramón J. Cárcano, se inauguró una exposición fotográfica y se sirvió un almuerzo para los invitados. Bailes folklóricos y grupos de danza amenizaron la sobremesa popular, que se prolongó hasta la caída del sol.