Opinión
LA PRENSA CUMPLE 157 AÑOS

¿Quién cuida de la verdad?

Por Hernán Carlos Cisale

Caminar hoy por la Avenida de Mayo es ensayar un diálogo con los fantasmas de la modernidad argentina. Si uno agudiza el oído frente al imponente edificio de La Prensa, casi puede escuchar el crujido del papel recién impreso y el eco de los canillitas que, una tarde de octubre de 1869, conmoverían la modesta fisonomía de la Recova. Allí, en esa única fachada Garnier de la Argentina, no solo se levantó un monumento arquitectónico; se fundó un faro civilizatorio para una nación que apenas empezaba a contarse a sí misma.

Para dimensionar lo que el periodismo significó para Buenos Aires, debemos mirar la crudeza de sus primeras radiografías.

En aquel 1869 del primer Censo Nacional, el país era un territorio extenso habitado por la incertidumbre y un millón de almas iletradas que se hundían en el silencio, marginadas de la cosa pública. Las decisiones políticas eran el coto cerrado de unos pocos caudillos. En ese desierto de participación, el nacimiento del periodismo independiente fue un acto de audacia quirúrgica: traer la palabra escrita era, literalmente, encender la luz en las tinieblas.

La primera imprenta local traída por los jesuitas a Córdoba, quedó olvidada tras la expulsión, el Virrey Vértiz -la puso al cuidado laborioso de los Niños Expósitos- en la Manzana de las Luces. Allí funcionó por décadas, editando textos patrios fundamentales como los primeros periódicos virreinales, los de la Revolución y cientos de impresos.

Sin embargo, en 1824, esta histórica imprenta estatal fue desmantelada y enviada a Salta, dejando lugar a nuevos talleres privados. Uno de ellos, hacia 1860, fue la imprenta Buenos Aires de Estanislao del Campo. Sería precisamente allí, en el año 1869, donde los jóvenes José C. Paz y Cosme Mariño utilizarían las instalaciones para lanzar el primer número del diario La Prensa. Pocos años después, terminarían comprando la imprenta completa, integrando así, definitivamente, el taller a la estructura del diario.

Aquella fundación fue una declaración de principios que resuena hoy con una vigencia que estremece:

“La independencia, el respeto al hombre privado, el ataque razonado al hombre público y no a la personalidad individual”.

Verdad y libertad serían el punto de partida y su credo inquebrantable para convertirse en intérpretes genuinos de la opinión pública. Este compromiso con la verdad nunca estuvo divorciado del compromiso con la vida.

TRINCHERA Y AMPARO

La Prensa nació con vocación de trinchera y amparo, como lo demostraron sus fundadores cuando la fiebre amarilla azotó la ciudad en 1871, diezmando a la población. Ellos transformaron la redacción en una comisión de socorro y cargaron a los enfermos en sus propios hombros. Finalizada la epidemia y restablecida la vida cotidiana, el diario comenzó a publicarse por la mañana. Esto marcó el inicio de su explosivo crecimiento en páginas, calidad y circulación, dejando atrás a esa pequeña hoja vespertina para transformarse en matutino, con el correr de los años, en uno de los diez periódicos más importantes y leídos del mundo.

Tres décadas más tarde, en 1898, la prensita, como la llamaban en aquellos años iniciales, se transformaría en un coloso de la Avenida de Mayo en pleno auge de la Belle Époque, sobre un terreno que ya había sido preparado por el primer intendente de la ciudad, Torcuato de Alvear.

Ocurrió entonces un fenómeno casi poético y esperanzador: el lujo no se utilizó para excluir, sino para abrazar.

José C. Paz y los arquitectos Carlos Agote y Alberto Gainza concibieron un palacio de estilo academicista francés, con un gran patio central de luz y dos subsuelos destinados a las enormes máquinas. La estructura de hierro fue fabricada en París por la firma Moisant, Laurent, Savey et Cie., colaboradora -ni más ni menos- del ingeniero Gustave Eiffel en la Exposición Universal de 1889.

El edificio ostentaba herrerías artísticas, mosaicos venecianos, carpinterías de las mejores casas europeas y bronces ornamentales deslumbrantes. Entre ellos destacaba la Farola, una escultura monumental de casi seis metros de altura y 4,5 toneladas, elevada a más de 50 metros sobre la cúpula. Representaba a Palas Atenea, diosa de la sabiduría, iluminando con su antorcha las tinieblas de la ignorancia. Bajo sus pies, la mítica sirena del edificio estaba provista de mecanismos para dar señales a la ciudad, sonando para convocar al pueblo ante los grandes acontecimientos de la historia. El palacio contaba con instalaciones eléctricas propias y departamentos en el tercer piso destinados a invitados de la talla de Giacomo Puccini o Georges Clemenceau.

Pero debajo de estos bronces pulidos, del célebre Salón Dorado -imágenes que se podrán apreciar en el periódico La Ilustración Sudamericana, mostrando el nivel y arquitectura del diario- inspirado en Versalles, o de su Salón de Conferencias -por donde desfiló el pensamiento de Estanislao Zeballos, Jorge Luis Borges, Ricardo Levene y Ángel Gallardo entre otros-, funcionaba un engranaje de profunda vocación social. La Prensa se convirtió en un refugio para los miles de inmigrantes que llegaban con las manos vacías.

Ofrecía servicios médicos y odontológicos gratuitos, un estudio jurídico sin costo, una escuela de música y una biblioteca pública que llegó a reunir más de ochenta mil volúmenes, con sedes en los barrios porteños y hasta en la ciudad de París.

Estas líneas conmueven y, a la vez, sorprenden, porque aquellos hombres que sostuvieron un ideal, desde Paz y Mariño hasta los redactores que gastaron sus vidas entre el olor a tinta y plomo, demostraron que nunca cambiaron el eje. Mientras el país se transformaba de una joven promesa a una potencia agroexportadora, La Prensa mantuvo sus puertas abiertas de par en par.

La lealtad nunca fue hacia el poder de turno, sino hacia el lector, hacia el trabajador, hacia el desposeído. Ezequiel Paz, Alberto Gainza Paz y Máximo Gainza, para mencionar sólo a los miembros de la familia fundadora, defendieron esencialmente la libertad, y se creó un premio bajo el patrocinio de Alberdi y Sarmiento, que se otorgó a figuras que hicieron de la pluma un arma para preservarla de las ambiciones de todas las marcas.

Hoy, un siglo y medio después, el paisaje cambió de forma pero no de esencia. Las rotativas ya no rugen con la misma frecuencia y las pantallas han reemplazado el aroma de la tinta fresca. Vivimos en la era del cristal líquido, donde los dispositivos electrónicos parecen absorberlo todo. Sin embargo, la pregunta de fondo debe ser la misma que se hacían aquellos pioneros bajo los arcos de la plaza decimonónica: ¿Quién defiende la verdad cuando el ruido, la inmediatez y la conveniencia pretenden adormecer al ciudadano?

Recordar la historia de nuestro periodismo no es un ejercicio de nostalgia estéril. Más allá de la majestuosa arquitectura parisina que aún adorna la Avenida de Mayo, el Palacio de la Prensa nos recuerda que una sociedad que olvida el valor de su palabra libre abdica a su propio futuro. Sin importar si el soporte es una hoja de diario o un teléfono inteligente, la responsabilidad ética con la verdad sigue siendo la misma.

Proteger hoy un periodismo independiente, riguroso y humano es el único antídoto contra los nuevos analfabetismos democráticos. Solo manteniendo viva esa llama moral lograremos que el eco de aquella antorcha siga iluminando los desafíos de nuestro tiempo.