Un nuevo marco sostiene que el cerebro en desarrollo integra las experiencias hasta los veinticinco años, con consecuencias profundas para la enfermedad mental. Se trata del “criticoma”, un registro completo de la experiencia integrada durante los periodos críticos, que puede reformular el entendimiento actual del autismo, la esquizofrenia, la depresión y el trauma como trastornos del desarrollo.
En una nueva revisión revisada por pares, publicada en Brain Health dentro de la serie ‘Thought Leaders’, sostiene que a la neurociencia le faltaba la palabra para nombrar aquello que las pantallas tocan. El trabajo, firmado por Michel Cuenod y Kim Q. Do, del Centro de Neurociencia Psiquiátrica de la Universidad de Lausana, junto con Julio Licinio, de la Universidad Médica Upstate de la State University of New York, le pone nombre: el criticoma. El registro completo de la experiencia sensorial, motora, social, cultural y ambiental que el cerebro integra durante los periodos críticos de plasticidad sináptica, desde antes de nacer hasta los veinticinco años aproximadamente.
Lo que entra durante esas ventanas se vuelve estructura portante. Lo que no entra, o entra mal, no se deja añadir después con facilidad. Los autores desconocen qué producen las infancias saturadas de pantalla. Ofrecen algo más útil para un campo que llevaba tiempo buscando a tientas la pregunta: un marco lo bastante preciso para estudiarla. ¿Qué criticoma se está ensamblando ahora, y con qué método podría medirse? La pregunta queda planteada, ya no como alarma sino como problema.
DEL TRASTORNO ADULTO AL TRASTORNO DEL DESARROLLO
La síntesis alcanza su mayor calado cuando dirige el marco hacia la psiquiatría. Los trastornos del espectro autista, la esquizofrenia, el estrés postraumático, el trastorno depresivo mayor y los síndromes ligados a la cultura quedan reformulados como cuadros del desarrollo y no como cuadros puramente sinápticos. La pregunta clínica se desplaza. Ya no es solo qué está roto en el cerebro adulto. Es qué no pudo integrarse, o se integró de forma equivocada, durante las ventanas en que la integración era posible.
La esquizofrenia, bajo esta luz, se vincula con la maduración alterada de las interneuronas positivas para parvalbúmina en la corteza prefrontal durante la ventana de la adolescencia tardía. El autismo refleja una alteración del calendario de los periodos críticos en múltiples sistemas sensoriales y de asociación. El trauma temprano altera de por vida la respuesta al estrés.
“Los datos llevan años diciéndonos que la esquizofrenia es un trastorno del desarrollo, no un trastorno de la sinapsis adulta”, afirmó el doctor Michel Cuenod, coautor en el Centro de Neurociencia Psiquiátrica de la Universidad de Lausana. “La dificultad siempre fue articular qué se torció, y cuándo. El criticoma nos da un marco para esa pregunta”.
La depresión mayor recibe el argumento más cuidadosamente construido de la revisión, apoyado en un experimento natural notable de Kenneth Kendler y Lindon Halberstadt. Ambos entrevistaron a catorce parejas de gemelos monocigóticos criados juntos, pero rigurosamente discordantes para la depresión mayor a lo largo de la vida. Con un genotipo idéntico y la familia de crianza compartida, el gemelo afectado casi siempre cargaba con el peso de una ruptura en algún vínculo, a veces por azar, a veces empujado hacia ella por un temperamento algo más impulsivo que, a lo largo de décadas, endureció en una vida divergente. Kendler y Halberstadt llamaron a esa lenta amplificación continuidad acumulativa. La lente del criticoma sitúa el hallazgo en un marco mecanicista: el andamiaje social integrado durante la prolongada ventana prefrontal de la adolescencia tardía es, en sí mismo, estructura portante para la regulación del estado de ánimo en la edad adulta.
SEIS MECANISMOS, UNA SOLA MAQUINARIA
Seis mecanismos neurobiológicos sostienen el marco: la regulación gabaérgica a través de las interneuronas positivas para parvalbúmina, las redes perineuronales que envuelven a las células de disparo rápido, la mielinización progresiva de los circuitos corticales, la regulación epigenética dependiente de la experiencia, la maduración neuromoduladora y la poda sináptica del desarrollo.
Los autores tratan la poda como un sexto pilar y no como un apéndice. Hasta la mitad de las sinapsis corticales se elimina a lo largo de la infancia y la adolescencia, y gran parte de ese trabajo recae en la microglía y en el marcaje mediado por el complemento. Lo que se poda no se recupera. Lo que se preserva se convierte en el sustrato de la cognición adulta.
Hay un viejo refrán brasileño al que la sabiduría popular llegó mucho antes que los biólogos moleculares: “Papagaio velho não aprende a falar” (Loro viejo no aprende a hablar). Hubel y Wiesel lo demostraron en el sistema visual del gato. La adquisición del lenguaje, el canto de los pájaros, el apego, la geografía áspera del sentimiento moral: la misma lógica recorre todos estos territorios. Una ventana se abre. Se absorbe un código. La ventana se cierra. Después, adquirir cuesta y queda incompleto.
LA MISMA PLASTICIDAD, EN DOS DIRECCIONES
Los periodos críticos tienen doble filo. La misma maquinaria que permitió que Mozart surgiera de una infancia empapada en relación armónica es la maquinaria que produjo los retrasos del desarrollo documentados en los orfanatos rumanos. El recorrido que va de los primeros pasos de un niño hasta Roger Federer en la pista central descansa sobre la experiencia motora integrada durante las ventanas plásticas.
Lo mismo ocurre con la arquitectura contemplativa que se fijó cuando Lhamo Dhondup fue reconocido como Dalai Lama a los dos años e iniciado desde la primera infancia en el adiestramiento meditativo. La revisión también nombra los usos oscuros sin pestañear. Las “Hitlerjugend” nazis explotaron la plasticidad de los periodos críticos de manera deliberada. Los conflictos actuales están integrando la violencia y el desplazamiento en los criticomas de niños en tiempo real, con consecuencias que sobrevivirán a sus causas.
LA CUESTIÓN DE LAS PANTALLAS
La revisión trata la cuestión de las pantallas como el problema abierto central de su marco. Los niños y los adolescentes de hoy absorben experiencia mediada por pantallas a una escala que ninguna generación anterior conoció, justo durante las ventanas en que el criticoma es más maleable. Los autores desconocen aún qué clase de criticoma se ensambla bajo esas condiciones. Sostienen, de forma persuasiva, que la pregunta es ya urgente y que el marco da a los investigadores una manera de formularla como problema empírico contrastable, y no como pánico moral. ¿Modifica la pantalla el calendario mismo de las ventanas, o solo lo que se integra dentro de ellas? Ahí queda la línea de trabajo.
“Lo escribimos para el clínico que hace las preguntas correctas sin tener del todo el vocabulario”, afirmó el doctor Julio Licinio, coautor, SUNY Profesor Dinstinguido en la State University of New York, Upstate Medical University, y editor de Genomic Press. “También es para el educador que se pregunta por qué la enseñanza de una segunda lengua funciona tanto mejor a los cinco años que a los quince, y para el responsable de políticas públicas que intenta entender por qué la inversión en la primera infancia rinde lo que rinde. Son la misma pregunta”.
AL FONDO DEL MISMO RIO
Uno de los pasajes más evocadores de la revisión es también uno de los más útiles en la clínica. Los autores colocan una frase de Finnegans Wake junto a una frase de las cartas de Lucia Joyce, hija de James Joyce, diagnosticada de esquizofrenia. En la superficie, las dos se leen igual: sintaxis rota, palabras inventadas, asociaciones que se salen de los raíles de la lógica ordinaria. Una de las dos personas figura entre los novelistas más celebrados del siglo veinte. La otra era una paciente. Carl Jung, que trató brevemente a Lucia en 1934, dio la respuesta más certera que consta por escrito. Padre e hija, dijo, eran como dos personas que bajan al fondo de un río, una cayendo y la otra zambulléndose. El criticoma ofrece una lectura neurobiológica de esa asimetría. Joyce compuso desde un criticoma integrado bajo una regulación intacta de los periodos críticos y eligió luego, ya adulto, navegar sus profundidades. La ventana prefrontal de la adolescencia tardía de Lucia se cerró sobre una integración trastornada, y las mismas profundidades la arrastraron hacia abajo sin su consentimiento.
LIMITACIONES
Los autores son explícitos respecto a los límites. El criticoma es un marco conceptual, no un instrumento de medida. No entrega un método para cuantificar el contenido integrado en un cerebro vivo. Los cuadros que reformula son heterogéneos, y la lente del desarrollo se ofrece como fértil antes que como completa. Traducir la síntesis a intervenciones contrastables exigirá métodos de medida que todavía no existen, y los autores lo dicen sin rodeos.
“No buscábamos un término nuevo. Buscábamos una manera de hablar de algo que no lográbamos nombrar”, afirmó la doctora Kim Q. Do, autora del Centro de Neurociencia Psiquiátrica de la Universidad de Lausana. “Los estudiantes nos preguntaban qué integra de verdad el cerebro durante un periodo crítico, y echábamos mano de la memoria, o del aprendizaje cultural, o del marcaje epigenético, y ninguna de esas palabras encajaba del todo. El criticoma es nuestro intento de encajar”.
El marco no resolverá todas las disputas que toca. Tampoco pretende hacerlo. Lo que hace es convertir una literatura dispersa en un vocabulario lo bastante preciso para sostener la próxima tanda de experimentos. Décadas de trabajo sobre los periodos críticos le han dado a la neurociencia las piezas. El criticoma ofrece un nombre para el conjunto, concluyen los autores.
La revisión completa de Brain Health, titulada “The criticome as the window of becoming: Toward a novel and comprehensive framework for understanding the critical period of information integration in human development”, está disponible en: https://doi.org/10.61373/bh026i.0021.