El 16 de julio de 1876 nació el vicealmirante Segundo Rosa Storni, pionero en la creación de una doctrina nacional para defender la soberanía y promover el aprovechamiento estratégico del mar. Con él vieron la luz los intereses marítimos de la Argentina y, por ello, el 16 de julio se conmemora el Día de los Intereses Argentinos en el Mar.
Perteneció a una generación que llevó a la Argentina a ser considerada una potencia mundial entre fines del siglo XIX e inicios del XX. El desarrollo agroexportador derramó un crecimiento tal que ligó al país con un gran futuro.
Storni entendió la importancia del mar para hacer grande a la Nación, definiendo su idea en dos célebres conferencias pronunciadas en 1916 en el diario La Prensa, en el marco del primer Centenario de la Independencia Argentina.
Han pasado 110 años de ese momento, y las evidencias del presente muestran que, lamentablemente, la Argentina ignoró a Storni y decidió que el mar no sirve para nada.
Por ello abandonamos la idea de contar con una flota mercante de bandera.
¿Para qué? Si más del 90% de lo que comercia el país con el mundo se hace por vía fluvial y marítima, y lo pueden transportar otros, llevándose pingües ganancias.
Prescindimos de tener puertos comerciales de aguas profundas en prácticamente todo el litoral marítimo.
Me refiero a puertos con acceso directo al océano, capaces de operar muelles para buques tipo “post-Panamax”. Hoy, queriendo recuperar el tiempo perdido, nos encuentra apurados construyendo Punta Colorada para exportar el petróleo de Vaca Muerta, a través de dos monoboyas a unos 6/7 kilómetros de la costa, operando en aguas muy profundas (40 metros), lo que habilitará la carga de superpetroleros. ¡Y está muy bien!. Pero la Patagonia es fuente de mucho más, lo cual se potencia si la integrásemos al mar y sus recursos, que aún esperan un verdadero desarrollo industrial para su aprovechamiento.
DERECHOS
Durante años hemos considerado suficientes los reclamos diplomáticos ante los foros del mundo respecto a nuestros derechos vulnerados y el de los ambientalistas que se alarman por el descontrol del cuidado del medio ambiente y la fauna marina. Sus esfuerzos se ven solitarios ante la falta de acciones concretas que muestren un decidido interés por nuestro mar.
¿Pensar en el mar? No vale la pena, si podemos llegar del continente a la Isla Grande de Tierra del Fuego a través de otro país.
Es interesante cómo eso también sucede al navegar con un buque con carga desde Rosario a cualquier puerto del litoral marítimo argentino. Por supuesto que, en determinadas situaciones, hasta podríamos ser inspeccionados por autoridades extranjeras. Pero, ¡qué exagerado!, si es sólo un trámite.
Es que tenemos tanta tierra y somos tan apegados a los recursos que ella provee, que nos sobra el mar. Pensar en energías renovables como la mareomotriz (de las mareas), la undimotriz (de las olas), la eólica offshore, la de las corrientes marinas; o en los nódulos polimetálicos, recursos minerales estratégicos muy valiosos, con altas concentraciones de minerales críticos (manganeso, níquel, cobalto, hierro, cobre, etc.), indispensables para las nuevas tecnologías; o en los recursos ictícolas, con más de 100 especies de peces, moluscos y crustáceos con valor comercial, es abrumador. ¿Para qué interesarnos en ellos? Si son temas que requieren tiempo y gestión para su aprovechamiento. No estaremos para disfrutar muchos de ellos.
El mapa bicontinental se ve muy bien y su descripción, con Ushuaia como centro, es una visión patriótica que entusiasma. Pero el 64,9% de la superficie considerada en ese mapa es marítima y es clave para conectar y justificar los espacios terrestres pretendidos. Para ello hace décadas que asignamos uno de los presupuestos más bajos del mundo para su protección.
Nos rasgamos las vestiduras denunciando la depredación inaceptable que hacen las flotas pesqueras china, española, taiwanesa, entre otras, y los proyectos off shore para extraer gas y petróleo en espacios marítimos en litigio, de parte del usurpador británico, pero no somos capaces de desarrollar políticas que generen una mayor presencia y disuasión. ¿Para qué protegerlo? ¿Para qué una Armada Argentina? Es un gasto innecesario. Son problemas que seguro la ONU o, tal vez, un “amigo poderoso” los resolverá.
Si eso es así, entonces no tiene sentido usar el mar. Que lo usen otros: que construyan rompehielos y buques multipropósito, total, nosotros con el nuestro, que ya tiene casi 50 años, y sin ningún buque multipropósito, estamos bien. Hemos sido coherentes en el tiempo, logrando que de una industria naval de primer nivel mundial que supimos tener, sólo nos queden hilachas.
El Astillero Río Santiago (ARS), el más grande de Argentina y uno de los complejos navales de mayor superficie e infraestructura de toda América Latina, no construye un buque de gran envergadura (mercante pesado o buque militar de gran calado) desde hace aproximadamente 30 años.
Hace más de 35 años que decidimos construir un Polo Logístico Antártico, para liderar y controlar la logística en el extremo sur del mundo. Ya tenemos los planos y empezamos muy lento ¡Vamos bien!, aunque nuestra generosidad permite que otros, imitándonos, ya lo hayan hecho realidad, atrayendo a la mayoría de la actividad antártica extranjera, con sus beneficios políticos y económicos.
El poco interés presupuestario queda disimulado por los esfuerzos extraordinarios para desarrollar la Base Petrel y sostener al resto de las bases argentinas. Pero no alcanza para un país que debe demostrar su vocación de liderazgo Sud Atlántico. ¿Hace falta? Es un gasto.
En realidad, ¿para qué pensar en todo esto? Seguramente algún interés extranjero se encargará de salvar nuestra incapacidad. Tanta falta de interés sugiere que eso ya está pensado. En ese caso, bajo una lógica de suma cero, tarde caeremos en la cuenta de que no seremos nosotros los beneficiados. Es que la Realpolitik sólo deja la amistad o afinidad ideológica para la foto.
La ironía me puede llevar a escribir un libro de experiencias acumuladas. Pero el resultado sólo se describe en pocas palabras: no existe una política marítima nacional.
LAS VIRTUDES
El mar no sirve para nada, si no se comprenden sus dos características distintivas: Es conector, porque liga, une, relaciona.
Sin él, Argentina no podría ser lo que es y menos aspirar a ser mucho más. Es el que asegura la unidad geopolítica del país y, con ello, su identidad. Es el que nos vincula al mundo y a su economía y comercio, y con él, en definitiva, es la única manera de crecer y lograr nuestra aspiración de transformarnos en una gran Nación.
Pero también es proveedor ya que, en un mundo tan necesitado de recursos, está allí, esperando ser atendido de manera inteligente, racional y cuidada.
Es nuestro, para nosotros y para nuestra posteridad, por lo que no resulta razonable que queramos ignorarlo o depredarlo. Lo que resulta inadmisible es que toleremos que otros sí lo hagan. En nuestra justicia existe el concepto de complicidad, por acción u omisión. ¿Qué sayo nos cabe?
Las urgencias justifican no pensar más allá de la inmediatez. Y eso es un gran error de quien dirige cualquier institución, en el nivel que sea. También, simultáneamente, se debe trabajar el futuro, es decir, asegurar la continuidad de las acciones más allá de lo que dure el tiempo de gestión. La ausencia de ello es lo que ha postergado y sigue resintiendo el vínculo de la Argentina con el mar.
Argentina no puede demorar más la definición de su visión, y con ella, sus intereses y objetivos estratégicos. Hacerlo le demostrará que el Atlántico Sudoccidental es protagonista en el diseño de su futuro. Para ello, deberá considerar como “ejes de desarrollo integral”, los siguientes:
Un eje vertical, al que denomino “Autopista Marítima”, conector geopolítico y geoeconómico del país, ligándolo de norte a sur, dando continuidad en “latitud” a la Hidrovía, con la Patagonia y hasta la Antártida, brindando servicios en todo el litoral marítimo, a las necesidades propias y del mundo.
Un eje horizontal, definido por la integración tierra-mar, a través de nodos portuarios e industrias vinculadas al mar. Es un eje económico, que debe ser definido por el desarrollo tecnológico-energético de la Patagonia y la competencia por el control de todas las actividades económicas que se desarrollen en el Océano Atlántico Sudoccidental.
Y la definición y desarrollo de una Seguridad Estratégica Nacional que incluya al espacio marítimo y que tenga por finalidad la protección de los intereses estratégicos nacionales, surgidos como consecuencia del diseño de los ejes precedentes, y la contribución a la paz y la preservación del medio ambiente para la humanidad.
Los Intereses Marítimos son parte de los intereses estratégicos nacionales pendientes de definirse.
Ellos son la expresión estratégica de lo que quiere el país del mar. Definidos, permitirá avanzar sobre los objetivos, o sea, los fines. Hechos ley y reglamentados, asegurarán la obligatoriedad para los Gobiernos y sus políticas, sea cual fuere su ideología, de asignar los medios (recursos, presupuesto) para cumplirlos.
Si queremos ser un país serio, con aspiraciones de ser potencia, garantizar nuestra calidad de vida y ser protagonista ante el mundo, el mar sí es muy importante. El desafío ya fue planteado por Storni, nos toca el privilegio de hacerlo realidad.