Ciencia y Salud

¿Por qué hacemos la guerra? La lección de Astroboy

La generación de los baby boomers muy probablemente haya sido la primera en tomar un claro posicionamiento contra la violencia. Hasta entonces, las generaciones habían asumido el mandato de sus ancestros de tomar parte en los distintos conflictos que los asolaban, sea para invadir a sus vecinos, por cuestiones religiosas (como las cruzadas o las guerras al infiel), para defender la soberanía de su terruño o independizarse del tirano de turno.
Los jóvenes eran entrenados para combatir desde niños, aún en sus juegos. Los señores feudales vivían de la guerra y era imprescindible que sus hijos y los hijos de sus siervos defendiesen sus tierras o respondiesen al rey en caso de necesidad. La guerra era una cuestión de honor.
Sin embargo, esta generación de baby boomers que comenzó después de la Segunda Guerra expresó claramente que prefería: “MAKE LOVE NOT WAR”. El movimiento hippie, las violentas manifestaciones contra la guerra en los campus de las universidades americanas, las canciones de los Beatles, de Bob Dylan y Joan Baez, entre muchos otros, eran un claro mensaje en favor de la paz.
Hasta las Naciones Unidas y otros organismos públicos y privados fueron creados para resolver los conflictos mediante la diplomacia y el diálogo.
Y todo fue un fracaso rotundo.
Para aquellos que ya contamos más de medio siglo de vida, no hemos tenido ni un mes de paz completa en el mundo.
Las guerras tribales en África, el conflicto de Medio Oriente, las guerras entre Pakistán e India, las guerras en Centroamérica y las exacerbaciones del terrorismo (que es la continuidad de un conflicto de baja intensidad, espasmódica e imprevista) asisten a crear esta impresión de inestabilidad.
Encima, la enseñanza de la historia nos hace percibir el desarrollo de la civilización como una sucesión de batallas y revoluciones.
Las guerras púnicas, las romanas, las invasiones bárbaras, los hunos, las cruzadas, las guerras de cien, de treinta y de siete años... Todo eso mostraba que la guerra era parte de nuestra condición humana.
Si bien las guerras son la manifestación de conflictos económicos, étnicos y religiosos, el hombre salía de cada conflicto horrorizado de lo que habían hecho las partes confrontadas. Atrocidades que son raras de ver en tiempo de paz se hacen habituales en la guerra.
Y no es una cuestión de bárbaros y hombres primitivos. Las naciones más adelantadas, pueblos cultivados y civilizados han cometido atrocidades.
Personas que antes de la guerra eran ciudadanos comunes y corrientes se desataban de los cánones sociales y se volvían feroces animales, “como si Dios no los estuviese viendo”. Terminado el conflicto volvían a su vida civilizada: fiel marido, padre ejemplar.
Algo cambiaba en la cabeza de los combatientes con la anuencia de las autoridades, bajo la excusa de finalidades patrióticas o raciales y aún de la misma Iglesia, que no considera que matar en una guerra sea pecado…
UNA RESPUESTA
Un atisbo de respuesta a por qué hacemos la guerra la tuve hace años en un dibujo animado japonés; en realidad fue el primer “animé”: Astroboy.
Algunos lo recordarán vagamente, pero para las generaciones más jóvenes les aclaro que era un niño superhéroe, la versión japonesa de Superboy, un jovencito con superpoderes que peleaba contra los malvados.
Astroboy siempre salía triunfante, aun desde el comienzo de la historieta, hasta que un día le tocó pelear con un vil extraterrestre que vencía con facilidad sus superpoderes. El villano estaba a punto de ultimar a Astroboy cuando otros extraterrestres, aparecidos en el momento justo, lograron reducir al malvado.
Astroboy se dirigió a sus salvadores para agradecerles la ayuda, pero estos se excusan: “Lamentamos lo ocurrido. Este es un peligroso criminal en nuestro planeta que apenas tiene un coeficiente intelectual de 450…”
Vale aclarar que este alienígena villano lucía una gran cabeza, pero los salvadores tenían cabezas más grandes aún.
Para aquellos que lo desconozcan, difícilmente alguno de los lectores supere los 130 de coeficiente intelectual. Lo habitual ronda los 100 puntos; en Argentina el promedio es de 92,5.
HIPÓTESIS
Lo que sigue es una hipótesis aventurada, una opinión, una disquisición casi filosófica, si me permiten: muy probablemente, para poder tener la inteligencia necesaria a fin de superar los problemas que conducen a la guerra y la destrucción, el coeficiente intelectual (CI) de la población deba multiplicarse para poder evitarlos.
En nuestros diez mil años de civilización, probablemente el CI haya avanzado de 50 a 100 gracias a la mejor nutrición y educación. Pero evidentemente no es suficiente.
El CI está estrechamente relacionado con el grosor y volumen de la corteza cerebral, además del número de neuronas en la sustancia gris y las sinapsis entre ellas.
Nuestro encéfalo tardó seis millones de años para pasar de los 600 cm³ de los homínidos (los seres más parecidos a los monos) al actual Homo sapiens sapiens, que tiene 1.500 cm³.
Este crecimiento se caracterizó por el desarrollo de la corteza, lo que nos convierte en seres pensantes.
Pero en los últimos diez mil años esta evolución no es suficiente…
Nuestro cerebro más primitivo, el tálamo, la amígdala y el hipotálamo, son los que dirigen las conductas más primitivas del hombre, que son las de atacar o huir. El sistema más antiguo del encéfalo está hecho para sobrevivir. Todo lo que nos ponga en peligro debe ser eliminado o, en todo caso, puesto a distancia prudencial.
Nuestro sistema hormonal también apunta a mantener un cuerpo activo para esas respuestas. Por tal razón disponemos del cortisol como despertador, de la insulina que regula la glucemia en los músculos para correr o pelear, de la hormona antidiurética para no deshidratarnos y la testosterona para la construcción de músculos más aptos para atacar o defendernos, agregando ese tono de virilidad que empuja a los machos alfa a enfrentarse por el dominio de la manada.
También están las hormonas que promueven el amor a las crías, como la prolactina y la oxitocina, responsable de establecer vínculos afectivos, pero hoy no discutimos el Make Love…
Lo que explica las guerras y la violencia es que, a pesar de su componente irracional, las fuerzas del cerebro primitivo, acompañadas por las hormonas necesarias, terminan dominando nuestra “pobre corteza”.
Necesitamos más circunvoluciones, más sinapsis, más sustancia gris para superar esos impulsos primitivos y llevar nuestras vidas hacia funciones superiores. Entonces LOVE and PEACE no serán expresiones de buenos deseos para convertirse en la realidad que vivimos.
Mientras tanto, este Homo sapiens sapiens deberá lidiar con sus impulsos más primitivos que hacen inútiles todas las instituciones supranacionales, bien intencionadas pero impotentes ante el impulso natural de la violencia.