La ciudad de Salta hoy día nada tiene ya que ver con esa pequeña aldea pintada en 1851 por Juan Manuel Besnes e Irigoyen. Se ha extendido tanto que pone a prueba el estado físico del visitante o el turista que pretenda acercarse caminando a cualquieras de sus barrios desde su histórica manzana central. No obstante, sea de a pie o con vehículo, vale la pena emprender ese tránsito y descubrir, por ejemplo, a varios kilómetros de la Plaza 9 de Julio, una zona tranquila con nombres de poetas en sus arterias. Allí se encuentra el pasaje Calixto Linares Fowlis, en homenaje al lírico autor del libro Rimando el dolor publicado en 1925.
El poemario -único que dio a conocer en vida dejando inéditos a su muerte los originales de Frutos de otoño-, consta de versos de estructura formal, tono romántico y taciturno, sin llegar al desaliento del colombiano Gregorio Gutiérrez González, como si el verbo de Linares Fowlis estuviera contenido por la virtud teologal de la Esperanza. Tampoco bordeó las exaltaciones amatorias del mexicano Manuel Flores, cuya lectura se advierte en las páginas de Rimando el dolor.
En cambio se ven más próximas algunas de sus páginas al pesimismo desgarrador de fondo cristiano de Amado Nervo en La amada inmóvil y En voz baja.
En el medio salteño de la primera mitad del siglo XX, fue la suya una voz particular: como “pos-romántica” la calificó José Hernán Figueroa Aráoz, en un artículo dado a conocer el 7 de enero de 1967 en el Suplemento Cultural del diario El Intransigente, una sección creada ese mismo año, dirigida por Raúl Aráoz Anzoátegui e ilustrada por el artista plástico Jorge Hugo Román.
Una voz tan alejada del ímpetu civil mixturado con el desgarramiento interior con resabios del decimonónico “mal du siècle” de Joaquín Castellanos del poema “El Borracho” tan elogiado por Lugones, como del telurismo, la reivindicación de las tradiciones y leyendas locales y por momentos hasta el humor que imprimó a parte de su producción poética Juan Carlos Dávalos. Aunque alguno de los romances presentes en Rimando el dolor hace sí referencia a un lugar específico: Río Blanco, en Campo Quijano; pero solo para rodear y pintar el paisaje exterior con su propio estado de ánimo, menos albo que gris, por identificarlo con el título del melancólico libro de Pedro Miguel Obligado de 1918.
DISTANCIA
Naturalmente ese decir lírico perseverante en su asumida preceptiva literaria y ajeno a modas e ismos, lo distanció de la estética de la mayoría de sus jóvenes amigos de las nuevas generaciones del Noroeste, tales los integrantes del grupo La Carpa, nerudianos y vanguardistas como el propio Aráoz Anzoátegui, quien incorporó en su libro Por el ojo de la cerradura de 1999, el “Mensaje lírico a Calixto Linares Fowlis” publicado en El Intransigente en noviembre de 1944, a días de su fallecimiento:
“Nació nuestra amistad con mis primeros balbuceos literarios. Y duró desde entonces, desde que tú alentaste mi romanticismo, hasta cuando me expresaste que ya no te sentías cerca de mi verso. Y ahora, durará hasta siempre. La reacción contra las formas poéticas que considerabas verdaderas, me fue invadiendo. Tú seguiste fiel a tu romanticismo. Mientras más nos separaban gustos puramente estéticos, más cerca te tenía con tu palabra amiga. Mi respeto, era el mismo que me habías despertado al conocerte. Pero el otoño cae sobre cualquier tierra. Viene con flores estrujadas y mariposas muertas. Y el poeta amaba el otoño en sus cerros próximos y en la primera rosa que se marchitaba. Te recuerdo como si estuvieras diciéndome que amabas el otoño. Te recuerdo en alguna tarde. Allí mientras había hojas en el lago y en el parque comenzaba a crecer un musgo lento de lluvia. Entonces simplemente me decías que: ‘en esa estación escuchabas las cosas más hondas’. Luego, tuviste que morir en primavera, cuando los huesos bíblicos del cerro echado junto a tu ciudad alimentaban otros brotes. Cuando las flores estaban nuevas y los pájaros estrenaban ese mismo parque de antaño. Desde la soledad de tu pieza, entre tus libros y tus devocionarios, nos indicabas ese camino justo y estrecho que siempre recorrías con tu bruñida lámpara y tu crucifijo. Y eras auténtico en tu misticismo. Has muerto como Rilke, de tu propia muerte. En Rilke la provocó la espina de una rosa. En ti vino sola. No necesitaba ser provocada, siquiera. Quizá porque toda tu vida habitaste con la muerte. Con una costumbre de muerte que se agazapaba en el fondo de tu alma, hasta hacérsete natural. Y amaste la muerte como amabas el otoño. (…) Hoy estarás en .los prados del cielo, donde la hierba y tus manos se levantarán entre nubes. Ahora, podrás decir tus versos y tus letanías. Pues debes tener en los ojos un ramo de otoño, y en tus rutas azules ha de nacer, a cada martillazo del viento, una estrella solitaria.”
MÚLTIPLES CAMINOS
No obstante y sin renunciar a inspirarse en su propia historia emocional, cultivó la celebración patriótica en 1921 con la composición: “A Güemes en el Primer Centenario de su Muerte”. Con ella ganó ese año los Juegos Florales de Salta, según dato ofrecido en la sección Efemérides de Salta de la revista La Gauchita dirigida por Eduardo Ceballos y en la enciclopedia digital EDI-SALTA a cargo de José de Guardia de Ponté. Incursionó también en la ofrenda amistosa, por ejemplo en el soneto: “Siluetas del Colegio”, incorporado a la Breve Reseña Histórica del Colegio Nacional de Salta en su Cincuentenario, un retrato dedicado a su pariente y amigo Policarpo Romero (1871-1959).
Sin duda vivas en su ánimo las tertulias llevadas a cabo en la casa solariega de la calle Alberdi al 400, próxima a la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria de la Viña del hombre público, periodista y docente Romero y de su esposa Ana María Sosa Dávalos de Romero, donde trató Linares Fowlis al poeta modernista boliviano Ricardo Jaimes Freyre. En cuanto al referido soneto, dice: “Revela su simpático semblante/ ingénita bondad, sana alegría,/ y hermanadas modestia e hidalguía/ la noble sencillez de su talante./ No le ví ni iracundo ni arrogante,/ ni traidor ni servil, un solo día./ Me brindó su amistad: rica ambrosia/ servida en áureo vaso desbordante…/ En pugna siempre con la huraña suerte,/ llegó por fin hasta la meta ansiada/ conservando su honor de caballero:/ Fue excelente mentor y camarada,/ y de su hogar es la columna fuerte/ y el seguro invariable derrotero.”
HOMBRE DE FE
Linares Fowlis fue un católico practicante y dan cuenta de su fe, a un tiempo madura y de carbonero, es decir sin angustias ni cuestionamientos doctrinales asumido aquello de que “Doctores tiene la Iglesia”, sus oraciones rimadas y sus sonetos al Señor y a la Virgen del Milagro. Están recogidos en la Antología del Milagro con motivo de las fiestas jubilares del Señor del Milagro en el 350 aniversario de su llegada a Salta, en edición de gran formato aparecida en la ciudad del cerro San Bernardo en 1942, con prólogo de Juan Carlos García Santillán anticipado por un proemio a cargo del entonces Arzobispo de la arquidiócesis, Monseñor Roberto J. Tavella.
La primera de las entregas suyas incorporadas a la Antología: “Al Señor Crucificado del Milagro”, está elaborada en métrica modernista, algo que le permitió moverse con libertad expresiva a través de estrofas heterométricas de seis versos rimados, donde se intercalan pares consonantes de trece sílabas con uno de seis.
En otra de las composiciones allí presentes, Linares Fowlis más que lamentar al modo rubendariano el ocaso de la “Juventud, divino tesoro”, va a ir más atrás y orar por el reencuentro con la única patria del hombre que es la niñez según la conocida definición de Rilke, amalgamando la tensión religiosa que le inspiraron las imágenes dolientes expuestas en la Catedral salteña, con la nota subjetiva conducente a la reminiscencia de tiempos más felices. Solo que no para idear anudarse en prematuros amores terrenos sino puesto a ansiar la recuperación de la inocencia y la pureza a imitación de su venerado San Luis Gonzaga: “!Oh mi dulce Jesús de rostro exagüe!/ ¡Oh mi pequeña Virgen coronada!/ Para volar hasta la edad primera,/dadme un instante gigantescas alas./ ¡Haced vuestro milagro!/ ¡Devolvedme la aurora de la vida/ un instante ¡nomás! Para adoraros/ con el candor de los primeros días.”
AÑOS Y AFANES
Calixto Linares Fowlis nació en Salta el 23 de mayo de 1884, hijo de Calixto Linares y Sanzetenea y de Florencia Fowlis Calvimonti. Era sobrino del obispo Monseñor Matías Linares y Sanzetenea (1841-1914), titular de la diócesis salteña desde 1898 hasta su muerte y sobre cuya labor pastoral escribió sendos artículos en el periódico católico local El Pueblo.
Ejerció el periodismo y la docencia, curiosamente no como profesor de literatura sino de Ejercicios Físicos. Por de pronto El Monitor de la Educación Común, correspondiente al mes de octubre de 1912, dio cuenta de su renuncia al cargo de profesor de la actividad que cumplía en la Escuela Normal de Rosario de la Frontera.
Se desempeñó como funcionario público y el Boletín Oficial de Salta informa de sus altas funciones en el Poder Ejecutivo en 1922 y su nombramiento como director de la Oficina de Estadística en 1925, esto último durante el gobierno del radical antipersonalista doctor Joaquín Corbalán.
En enero de 1930 fue designado por el gobernador Julio Cornejo, Director en comisión de la Biblioteca Provincial “Doctor Victorino de la Plaza”, de la que era hasta entonces Secretario Tesorero. Esa biblioteca creada en 1920 por Joaquín Castellanos y de la que fue su primer director el escribano Casiano Hoyos con la secretaría de Bernardo González Arrili, resultó ser un ámbito ideal para alguien como Linares Fowlis, quien aunque sin duda debió tener simpatías por el radicalismo, colaboró en el diario El Intransigente, propiedad de David Michel Torino, y su nombre no figura en la membresía del Club 20 de Febrero -un feudo casi exclusivo de los conservadores-, estaba más interesado en la política cultural que en las contiendas comiteriles y en lo personal era un lector ávido y curioso.
Los cambios políticos locales y nacionales lo hicieron recalar en el Archivo provincial con el cargo de Auxiliar. Allí obtuvo en 1943 una jubilación extraordinaria, “por el término de tres años” (SIC) con una asignación de 115,96 pesos, como reza el Decreto Número 1219 H suscripto por el Ministro de Gobierno, Justicia e Instrucción Pública en ejercicio del mando gubernativo de la Provincia, Emilio Jofre, en ausencia transitoria del Interventor Federal General José Morales Bustamante.
TESTIMONIO
Algunos párrafos de una carta fechada el 26 de noviembre de 1943 y dirigida a su sobrino Carlos Gregorio Romero Sosa, para entonces joven autor de trabajos históricos y de los sonetarios: El Cantar del Crepúsculo y Ensueños de Kemal dados a la imprenta en 1941 y 1942 respectivamente, los que mostraban entre exotismos orientales cierta identificación con el estilo poético formal y tradicional de Linares Fowlis, dan cuenta de los cuidados debidos a su cada vez más precaria salud. Ello sumado al relato de los padecimientos burocráticos y de orden previsional que debió soportar como la jubilación extraordinaria “por tres años”, el poeta hoy recordado en un pasaje salteño. Indudablemente lo allí expresado de algún modo preanunciaba su fin ocurrido el 4 de noviembre del año siguiente; cuando tal vez murió entreviendo: “a cada martillazo del viento, una estrella solitaria”, por repetir el final del responso laico de Aráoz Anzoátegui.
Testimonió Linares Fowlis en esa comunicación epistolar cuya caligrafía -que trae a la memoria la característica letra redonda de Enrique Larreta y también la de Manuel Mujica Laínez- así como la cuidada redacción, hablan de refinamiento espiritual y sobre todo de su bondadosa preocupación por los problemas ajenos, ya que el destinatario le había narrado en una anterior correspondencia que por haber sido secretario del Senador Nacional conservador Carlos Serrey, apoyar la candidatura presidencial de Robustiano Patrón Costas y concurrir con asiduidad a almorzar a la casa del igualmente Senador socialista Alfredo Palacios, tuvo al llegar la Revolución del 4 de junio de 1943 serios problemas laborales a cuenta de chismes diseminados por los alcahuetes de siempre:
“Mi querido sobrino Negro: Recibí tu apreciable fecha 20, la que me informas, detalladamente, de tus penurias por el cambio de gobierno. Yo algo de lo que te ocurrió sabía por tus padres, pero nunca creí que llegaran las cosas a tal extremo, lo que lamento de todo corazón, por tratarse de una persona como vos, que tanto aprecio, y a quien no considero de ninguna manera merecedora de semejante trato. Aunque me digas que mal de muchos consuelo de tontos, debes saber que no ha sido el tuyo el único caso. No hay más que, como bien dices vos, tener paciencia hasta conseguir una situación mejor, lo que te será fácil dadas tu preparación, inteligencia e intachable conducta. En cuanto a mi jubilación no me fue acordada de oficio, como por tu carta parece que crees. No obstante de corresponderme un exiguo monto jubilatorio, a causa de ser extraordinaria la pedí yo espontáneamente, marcando razones de salud, porque mi situación en el Archivo se hacía insostenible a causa de habérseme ido eximiendo poco a poco, por mi estado de salud, de todas las tareas que me correspondía desempeñar y que no podía llevar a cabo en debida forma. A esto se agregaron los horarios pesados que nos puso la Intervención: en el invierno siete horas diarias mañana y tarde y ahora desde que empezó el calor un horario continuo desde las 7 horas, que para cumplir hay que levantarse a las cinco de la mañana, porque como vos sabes, con el cambio de la hora, las siete no son las siete sino las seis. A esto se agregó la opinión de mi médico quien, a causa de mis frecuentes congestiones pulmonares, me tiene prohibido las madrugadas en invierno y dice que no debo levantarme, para evitarlas, antes de las 9 horas, todo lo que me decidió a pedir como te digo mi jubilación de la que estoy gozando desde el 15 del actual. Te abraza con el cariño de siempre el tío y sobrino que te quiere. Calixto.”
Sin palabras. O mejor con las suyas presentes en uno de sus poemas: “¡Oh, realidad amarga de la ilusión perdida, cómo aumenta tu peso la carga de la vida!”