Ciencia y Salud

Piojos justicieros

Debo confesarlo, a pesar de la incredulidad de mis hijos, que hasta el cuarto año de la carrera de medicina, allá en 1978, jamás había visto un piojo. En esos años, su presencia era una situación reservada para aquellos enemistados con el jabón, que merecía el peyorativo epíteto de “piojoso”.
Esto ya no es así. Pocos niños escapan a los piojos y, desde tiempo inmemorial, estos ácaros tuvieron el dudoso honor de posarse sobre regios pelambres y, en más de una oportunidad, conducir a rapaces tiranos hasta su correspondiente tumba.
¿Cómo podrían estos insignificantes hemípteros anopluros ocasionar tal desventura en personajes encumbrados, si hoy día apenas producen algún escozor? En la antigüedad se creía que estos insectos podían atravesar la piel y acumularse en el subcutáneo, donde se reproducían haciendo tumores no purulentos. Dejados a su libre evolución, llevaban a la víctima hacia una horrible muerte.
Esta forma clínica era conocida como Phthiaris horrenda species -nombre de por sí intimidatorio- para diferenciarla de la forma común y benigna llamada vulgaris (que en nuestros tiempos se ha convertido en muy vulgar).
Todos los sabios de la antigüedad -Aristóteles, Galeno, Hipócrates, Pitágoras- se explayaron sobre la complejidad de esta afección, discutiendo entre ellos su origen: si nacía de la sangre de la víctima, gracias a la “generación espontánea”, o si las dietas influían en su accionar, o si los climas tórridos ayudaban a irritar a los piojos, incentivando su apetito voraz.
Lo cierto es que estos hemípteros se ensañaron con algunos monarcas conocidos por sus transgresiones. Morir por ptiriasis (conocida también como “la enfermedad asquerosa”) era una sanción divina. Herodes Agrippa murió, según los Hechos de los Apóstoles, “comido por los gusanos”, pagando así su ignominia.
También es bíblico el relato sobre la muerte del rey de Siria, Antíoco IV (Libro de los Macabeos), por no cumplir la promesa de convertirse al judaísmo y enriquecer a Jerusalén. Su cuerpo fue carcomido por los parásitos, despidiendo un olor tan nauseabundo que su ejército debió abandonarlo a su suerte (por otro lado, ya echada).
La lista de víctimas célebres continúa con Calístenes, el traicionero secuaz de Alejandro Magno; Acastos, enemigo del padre de Aquiles; Quintus Pliminius -saqueador del Templo de Proserpina-, y los emperadores perseguidores de cristianos, Galenius y Maximino Daria.
La historia más detallada de esta enfermedad la ofrece Plutarco al contar la muerte del tirano Sila. Su cuerpo fue invadido por liendres que se multiplicaron a tal ritmo que todo tratamiento estaba destinado al fracaso. A pesar de los esfuerzos de las sirvientes para extraer los parásitos, estos vencieron al tirano.
Como vemos, los personajes notables implicados en estos dramas eran individuos odiados, lo que nos hace suponer alguna suerte de vendetta política, un ignominioso final para culminar sus deleznables andanzas por esta vida.
Reyes vándalos conocidos por sus excesos, apóstatas que orinaban sobre los altares, políticos asesinos, nobles desleales, reyezuelos tiránicos y monarcas violentos murieron víctimas de la voracidad de los piojos, que de esta forma se volvían justicieros.
Más hacia nuestros días, algunos autores señalan que el rey Felipe IV de España murió afectado por ptiriasis, enfermedad que precipitó el final de este monarca gotoso. Se dice que el rey Carlos XV de Suecia fue salvado de una muerte segura al ser tratado por una curandera con un baño de sangre fresca de buey, único tratamiento posible para este mal.
Sobre el líder parlamentario y sostenedor de Oliver Cromwell, John Pyn, los realistas diseminaron el rumor de esta muerte deshonrosa. Para desalentar estos comentarios, sus seguidores exhibieron el cuerpo de Pyn por cuatro días en Westminster Abbey. Sin embargo, las paredes de Londres se llenaron de grafitis: “Les poules ont mangé Maître Pyn”. Los comentarios maliciosos son más creíbles que las realidades tangibles, especialmente si están escritos en francés...
Durante los siguientes doscientos años aparecen casos esporádicos de esta ptiriasis en personajes de menor alcurnia y desde 1850 no se conocieron más casos, echando un velo de dudas sobre la real existencia de esta enfermedad. Fue desterrada de los libros de texto después de prolongadas discusiones científicas, encabezadas por uno de los más grandes dermatólogos de todos los tiempos, el profesor von Hebra, de Viena.
Sin embargo, en 1940, cuando todos creían que esta era una enfermedad imaginada por nuestros ancestros científicos para amedrentar a gobernantes corruptos, un distinguido entomólogo especializado en ácaros, A. Oudemans, propuso que, después de todo, la “asquerosa enfermedad” bien podía haber existido. Describió a un piojo que parasita los pájaros, llamado Harpyrhynchus tabescentium, generador en las aves de una enfermedad mortal semejante a la ptiriasis. ¿Entonces por qué no se conocieron más casos? ¿Error diagnóstico? ¿Cambios en los hábitos higiénicos? ¿Alguna variación genética en el parásito disminuyó su patogenicidad? ¿O será que este castigo divino se esconde agazapado en algún rincón del universo, esperando para atacar a nuestros deshonestos funcionarios, sancionando su desidia con esta espantosa enfermedad?
En el ínterin, continuaremos pacientemente removiendo las liendres de las testas de nuestros hijos e hijas, mientras les contamos alguna historia de estos villanos atormentados por los piojos, suerte que ellos podrían sufrir en caso de no usar con mayor asiduidad la dichosa permetrina y el peine fino.

ACLARACION
En este texto utilizamos la antigua acepción de la palabra phthiriasis -del griego phtheir, que quiere decir piojo-. Actualmente, a la contaminación por piojos se la llama pediculosis (de pediculus = piojo en latín), que reconoce su raíz en pes/pedis = pie. Desconozco por qué razón asociaban los romanos a este ácaro con los pies (podría ser por poseer éste muchas patitas).
Actualmente, la pitiriasis versicolor es una afección dermatológica producida por un hongo que ocasiona manchas blancuzcas en la piel, especialmente al broncearnos.
La sarna es otra afección ocasionada por ácaros. En este caso, el Sarcoptes scabiei, que, en lugar de alojarse en cabellos y pubis, infecta la piel en las muñecas, codos, axilas y genitales.
El término “enfermedad asquerosa” es una interpretación propia del inglés lousy. Se traduce como “asquerosa”, pero su raíz es la palabra louse (piojo), por lo que también podría llamarse “enfermedad piojosa”, término que no utilicé por sonar redundante.
No debemos confundir esta última afección con el tifus exantémico, grave enfermedad originada por partículas microscópicas llamadas rickettsias. Transmitida por la picadura de los piojos, es de muy frecuente aparición durante los conflictos bélicos, donde el tifus producía tantos muertos como los cañones.
Enumerar su deletérea acción durante las campañas napoleónicas, la Primera y la Segunda Guerra Mundial es solo redundar sobre las miserias humanas. Las pulgas y los piojos se encargaban de inocular los gérmenes con sus picaduras, produciendo fiebre acompañada por erupciones cutáneas. Su mortalidad, que en tiempos de paz apenas pasa del 20%, trepaba durante los conflictos al 70%.
El DDT, descubierto por el profesor Müller -luego premio Nobel-, fue por décadas el remedio efectivo para deshacerse de estos ácaros. Pero cada vez creó más resistencia en los ácaros y fue cada día más tóxico para los humanos. Por lo que los ácaros subsisten victoriosos y el DDT fue dado de baja deshonrosamente, acusado de venenoso y antiecológico (piojos 1 – DDT 0).
Con respecto a los piojos, rescato una anécdota del inca Túpac Yupanqui, amo de un gran imperio, con grandes desniveles en altura y socioeconómicos. Del rico altiplano descendía al mísero desierto de Antofagasta. Todos los súbditos debían pagar impuestos. Pero estas zonas eran tan pobres que cualquier imposición era condenarlos a penurias mayores.
En una decisión salomónica, el inca, sin recurrir a enojosas excepciones, impuso a sus pauperizados súbditos una contribución en piojos, que ellos gustosamente remitían en canastos rebosantes.
Mi única duda para implementar este impuesto es: ¿habrá suficiente espacio en el Arca para guardar tantos piojos?

IVERMECTINA

Por último, dos palabras sobre una droga usada para el tratamiento de la pediculosis de la que hemos hablado en estas páginas. Me refiero a la ivermectina, que además de ser piojicida es un antiparasitario usado en veterinaria y en humanos, especialmente para el tratamiento de la oncocercosis, o ceguera de los ríos. Cada año, 100 millones de africanos reciben su dosis.
La ivermectina fue noticia controvertida durante la pandemia de COVID por su capacidad viricida al inhibir al virus de ingresar al núcleo celular.
Ante la aparición del nuevo virus de la gripe H3N2, una vez más se ha vuelto a mencionar a la ivermectina por su capacidad viricida y efecto estimulante del sistema inmunológico. Veremos qué dicen los estudios.