El 11 de agosto de 1956, Jackson Pollock murió en un accidente automovilístico apenas a un kilómetro de su casa, en East Hampton, Nueva York.
Pollock conducía alcoholizado su Oldsmobile 50 cuando se estrelló contra un árbol y murió decapitado. Una de sus acompañantes, Edith Metzger, falleció en el acto; su amante, Ruth Kligman, sobrevivió al accidente. Pocos días antes, Ruth se había peleado con Lee Krasner, la esposa de Pollock. Esta había decidido viajar a Europa. Aprovechando su ausencia, Pollock invitó a su amante, que llegó acompañada por Metzger. Los tres se dirigían a una fiesta cuando sobrevino el accidente.
Pollock tenía un problema de alcoholismo que agravaba su cuadro maníaco-depresivo. Por esta razón, había hecho terapia con el doctor Joseph Henderson (1903-2007), un discípulo de Carl Jung, quien lo interiorizó en la teoría del inconsciente colectivo, los impulsos ancestrales heredados que pueden manifestarse de diversas formas.
Al momento de su muerte, a los 44 años, Pollock era el pintor más famoso, controvertido y cotizado de los Estados Unidos, aunque hasta los 35 años fue un artista casi desconocido que tuvo distintos trabajos para sobrevivir. Fue Peggy Guggenheim, la mecenas del arte americano, quien se interesó en su trabajo y le encomendó un lienzo de 2,5 × 6 metros que llamó Mural.
Al conocer esta obra, el crítico Clement Greenberg lo consagró como un artista extraordinario, pero su verdadero salto a la fama lo dio en 1949, cuando la revista Life publicó un artículo sobre Pollock titulado: «¿Acaso el pintor más grande de los Estados Unidos?».
Al día siguiente, Pollock recibió más de quinientas cartas, aunque solo doce de ellas alababan su obra. Las demás cuestionaban cómo un artista que pintaba como un niño de 5 años merecía ser el «más grande» del país. La respuesta la dio Pablo Picasso: «Me tomó cuatro años pintar como Rafael y toda una vida pintar como un niño».
La abstracción expresionista rítmica que lograba Pollock con su action painting and dripping —pintura en acción y goteo— lo había convertido en una leyenda viviente cuya obra era analizada desde distintas perspectivas, aun desde el punto de vista matemático, ya que distintos estudios demostraron que sus trazos tienen una dimensión fractal similar a la complejidad visual de los elementos naturales, como árboles y nubes —artículo publicado en Science—. Su frecuencia es tan constante que la Universidad de Oregón utiliza esta variable numérica para certificar la legitimidad de sus obras.
Jackson Pollock había nacido en tierra de cowboys, más precisamente en Cody, Wyoming, nombre del famoso Buffalo Bill. Su vida en el Lejano Oeste lo puso en contacto con el arte nativo americano, que a veces irrumpía en las obras de su primera época.
Tuvo una adolescencia turbulenta. Acompañó a su padre, que era agrimensor, por distintas partes del país y fue expulsado de varios colegios, incluida la Escuela de Arte de Los Ángeles.
Pollock era un seguidor del muralista mexicano David Alfaro Siqueiros (1896-1974) y se interesó en la obra de los surrealistas y su automatismo como una forma de dejar fluir el inconsciente.
A los treinta años se casó con la artista Lee Krasner, con quien mantuvo una relación tormentosa que supo de momentos difíciles, engaños y separaciones, aunque fue ella la responsable de poner en valor su legado.
La obra completa de Pollock es escasa; apenas se cuentan 400 lienzos y 500 dibujos, debido a los largos períodos de «bloqueo emocional» del artista, escasez que justifica las cifras extraordinarias que logran en el mercado y que requieren un cuidadoso análisis, ya que son frecuentes las falsificaciones. Para certificar su autenticidad, además del análisis fractal que hace la Universidad de Oregón, se analiza la química de los pigmentos, porque hay varios colores que han cambiado su composición desde que fueron pintados.
La mayor parte de las obras de su último período no llevan nombre, solo se las conoce por un número.
Pollock se ha convertido en un hito; su trágica y precoz desaparición lo inscribe en la tradición del artista innovador y rebelde cuya desaparición física solo aumenta su fama, como en los casos de Vincent van Gogh, muerto a los 37 años; Aubrey Beardsley, a los 25; Eva Hesse, a los 34; Egon Schiele, a los 28, y Basquiat, a los 27.
Andy Warhol quedó profundamente impresionado por la muerte de Pollock. Este trauma, Warhol lo canalizó a través de una de sus series más controvertidas, unas intervenciones de fotos de automóviles siniestrados que llamó Green Disaster.
De esta forma, la desaparición física de Pollock se convirtió en arte en sí misma, respetando su consigna: la creatividad no respeta límites ni reglas.
Y Jackson Pollock no las tuvo.