El Museo de l'Orangerie refleja la pasión del maestro impresionista por registrar el paso del tiempo. La exposición en el Museo Marmottan Monet se concentra en la etapa final del artista, con sus pinturas en serie y la obsesión por los nenúfares.
Nadie en la historia del arte inmortalizó el tiempo y congeló el instante como Claude Monet, el gran maestro del impresionismo.
En vísperas del centenario de su muerte, que se cumple en diciembre, la eternidad fugaz de sus lienzos ha suscitado homenajes, evocaciones, coloquios, lecturas públicas y dos grandes muestras.
La primera de ellas es la que desde fines de septiembre se apoderó del Museo de l'Orangerie de París, hogar de su última gran creación, los murales monumentales de Los Nenúfares.
Aunque el Museo d'Orsay es el lugar más frecuentado por los turistas para ver las estampas más famosas del impresionismo, basta con cruzar el Sena para encontrar esta pinacoteca, ubicada en el Jardín de las Tullerías, que es famosa precisamente por albergar ese ciclo (en francés Les Nymphéas) que Monet obsequió al Estado francés con motivo del Armisticio tras la Primera Guerra Mundial.
Se ha llegado a decir de esa obra, símbolo de paz y meditación, que es la “Capilla Sixtina del impresionismo”, además de ser considerada unánimemente como el canto de cisne de Monet, quien falleció en Giverny el 5 de diciembre de 1926, a la edad de 86 años.
Por eso, este antiguo invernadero imperial construido durante el reinado de Napoleón III era el lugar idóneo para albergar la exposición más importante que se podrá ver en París con motivo de este centenario, el proyecto bautizado Monet, peindre le temps (Monet, pintar el tiempo).
"Es una temática que va a seguir durante toda su carrera. Monet no es solo el momento impresionista, son 60 años de pintura", indicó Cécile Girardeau, conservadora del Museo de l'Orangerie y curadora de esta exposición junto a Sophie Eloy, durante la presentación para la prensa de la muestra, que abrió sus puertas el pasado 30 de septiembre.
Monet, peindre le temps, que se podrá ver hasta el 25 de enero, agrupa una cuarentena de lienzos que hablan de distintas etapas temáticas de su obra, pero que tienen en común la fascinación del artista nacido en París en 1840 por reflejar el paso del tiempo, sobre todo a través de los cambios de luz.
Lo hizo a través de series como las de los trenes en la estación parisina de Saint-Lazare de 1877 -que hablaban de un tiempo que se aceleraba con las transformaciones de la modernidad- o más particularmente en los cuadros de los Almiares, simples pilas de paja en medio del campo que le sirvieron para estudiar los efectos de la luz, y lo llevaron a encontrar variaciones infinitas.
"Es interesante volver a poner a Monet en su tiempo. Es un hombre del siglo XIX que es contemporáneo, por ejemplo, de la invención de la fotografía. Nunca quiso competir con la fotografía pero creo que, aun así, su visión quizá se viera un poco modificada por este invento y también por los grabados japoneses, de los que era un gran coleccionista", destacó a la prensa la curadora de la exposición.
A partir de 1892 Monet pasó hasta tres años pintando las distintas vistas de la catedral de Ruán, que también pueden verse en esta exposición, junto otras obras emblemáticas como las del Parlamento británico en Londres sumido en la niebla.
Pero como no podía ser de otra forma, Monet, peindre le temps se vuelca en particular a su obsesión en la recta final de su vida por los paisajes de su estanque de Giverny, con las vistas de su puente de estilo japonés y con sus nenúfares, que poco a poco hicieron desaparecer el cielo de sus cuadros, reducido a poco más que el reflejo de las nubes en el agua.
Esa pérdida del horizonte lo puso en relación con los artistas posteriores de las vanguardias, considera Girardeau. Por eso Monet, más allá de ser "el jefe de filas del movimiento impresionista" (que debe su nombre a uno de sus cuadros, Impresión, sol naciente), es también mucho más: un "puente" entre el siglo XIX y el XX.
Además de la exposición de l'Orangerie, el centenario de la muerte de Monet se recordará este otoño boreal con una experiencia de realidad virtual, con coloquios y sesiones de lectura encargados a la prestigiosa Comédie Française.
Previamente, entre marzo y julio, el Museo del Impresionismo Giverny (junto al caserío donde habitó en la recta final de su vida) ya había celebrado el centenario con otra exposición, titulada Antes de los nenúfares.
El Museo d'Orsay ha reorganizado sus cuadros para ofrecer un recorrido especial y en el Museo Marmottan Monet -fundación privada bajo la tutela de la Académie des Beaux-Arts que alberga la mayor colección del mundo de obras de Monet- otra muestra temporal repasa su influencia en la representación del paisaje, rastreable en la obra de artistas muy disímiles como Piet Mondrian, Yves Tanguy o David Hockney.
Bautizada Historias de paisajes. De Monet a Hockney (1890-2026), la exposición podrá verse hasta el 31 de enero en el distrito XVII parisino, ubicado en la zona este de la capital.
Comprende casi un centenar de obras, firmadas por unos sesenta artistas modernos y contemporáneos.
El punto de partida es, desde luego, Monet. Todos los creadores seleccionados hacen a la vez un estudio de su legado indeleble y de cómo la representación del paisaje se ha ido relacionando con la historia, desde la devastación de las guerras a los efectos del cambio climático.
En concreto, para el historiador del arte Pierre Wat, catedrático de la Sorbona y curador de esta exposición, fue sobre todo el último Monet, el que se instaló en el caserío de Giverny a partir de 1890, el que revolucionó la historia del arte y de la representación del paisaje, en especial con sus Nenúfares.
"Inventa una manera de pintar en serie y se concentra de manera obsesiva en los estanques de nenúfares", explicó Wat durante la presentación para la prensa de la muestra.
Esa serialidad, plasmada en formatos monumentales, habla del espacio, pero también de la temporalidad.
"El tiempo es la sola cuestión humana que todos compartimos, es la cuestión que resume todas las cuestiones metafísicas. Y Monet nos la responde en la pintura y es fundamental hasta el día de hoy", abundó el experto.
Por eso la muestra arranca con un puñado de ejemplos de las numerosas escenas de nenúfares que Monet pintó en Giverny y que su hijo menor, Michel, legó al Museo Marmottan Monet en 1966.
Son obras que también apoyan la tesis del vínculo de la representación del paisaje con la historia, porque su famoso ciclo de ocho murales de nenúfares monumentales -que se expone de manera permanente en el Museo de la Orangerie, en el centro de París- fue una donación de Monet al Estado francés tras la Primera Guerra Mundial, en un gesto de significación política y patriótica.
En segundo lugar, Wat destaca la revolución del pintor impresionista hacia una abstracción creciente, con "momentos absolutamente extraordinarios de descomposición" que se pueden leer como precedentes de la visión de artistas como Nicolas de Staël, Edvard Munch, Chaïm Soutine o Per Kirkeby.
Pero su influencia no solo está presente en la pintura. La muestra también teje vínculos con la fotografía, gracias a autores como el francés Éric Antoine, en su búsqueda de la fuga del tiempo en blanco y negro, o a su compatriota Alexis Cordesse, presente con una fotografía de los bosques de Ruanda extraída de un trabajo en serie que habla de las ausencias tras el genocidio perpetrado en 1994.
"La exposición se llama Historias de paisajes, en plural, porque también me interrogo sobre qué es el paisaje en el siglo XX", razonó Wat.
Su conclusión: si en algún momento el paisaje y la representación histórica se pudieron considerar como "géneros autónomos", a partir del siglo pasado definitivamente se apoyaron el uno en el otro "para afrontar el mundo que viene".
Por eso, quien se acerque al Marmottan Monet en busca de paisajes y con la esperanza de encontrar exclusivamente vistas de la naturaleza, en el sentido más clásico, se sorprenderá con una reflexión que indaga en algunas de las cuestiones más pregonadas de nuestro tiempo atravesado por las alarmas del ecologismo, como las que denuncian la destrucción de los polos o la desaparición a un ritmo alarmante del Mar Muerto.