Opinión
Una reflexión sobre la batalla cultural
Pinochet o Fidel Castro, la opción en los setenta
El presidente Javier Milei tiene todo el mérito de habernos salvado de una hiperinflación y de que el país no haya caído en una suerte de deriva venezolana de país fallido, monitoreado por Rusia, Cuba o Irán. Presumible destino de haber ganado el kirchnerismo con Sergio Massa. No hay más que escuchar a los ideólogos oficiosos K (Víctor Hugo Morales, Atilio Borón, Roberto Santucho hijo, Jorge Elbaum, etc.) para hacerse esa idea.
El cambio de rumbo de 180 grados en política económica y política exterior es de similar magnitud al celebrado por la Generación del 80 a fines del siglo pasado; el que nos llevó a ser el país más rico del mundo en PBI per cápita en los años 1895/6. Respecto a la política económica y social, se podrán discutir las formas de Milei: no así los resultados. Entre tanto, la calle ahora es de los argentinos y no de los piqueteros.
Ahora bien, en lo que atañe a la batalla cultural contra la ideología criminal comunista, sus resultados son bastante insatisfactorios. Pero no solo los suyos, sino también los del conjunto de personalidades liberales que ocupan importantes espacios en los medios de comunicación. Claro está, más responsabilidad tiene el que está en el poder.
LA PLAZA FUERTE
La batalla cultural en Argentina (y en otros países, también) tiene un núcleo central, una plaza fuerte, un castillo que, según quién se haga de él, definirá quién gane y quién pierda la reyerta. Este núcleo es el conflicto antagónico sobre lo sucedido en los años 70. A saber: ¿Fue una guerra o un genocidio la represión del Estado contra el Ejército Montonero y el Ejército Revolucionario del Pueblo?
Si fue un genocidio, como dicen ahora los que en dicha época decían lo contrario (que se trataba de una guerra), entonces la persecución judicial a los represores se justifica hasta cierto punto. Ello porque, como si las puertas del averno se hubieran abierto recién el 24 de marzo de 1976, no avanza a por los responsables peronistas del “genocidio”.
Sí, señores jueces y fiscales, porque ese “genocidio” lo inició el mismo Perón con la creación de la Triple A para desaparecer y apretar a los zurdos. Y, luego, la presidente María Martínez de Perón junto a sus ministros, el día que le ordenaron a las Fuerzas Armadas el aniquilamiento de los subversivos.
Se cargaron, entre otros cientos, a un exgobernador y a un exvicegobernador (Miguel Ragone y Atilio López, respectivamente). De allí que sea escandaloso y no lógico, justo y/o moral que el peronismo no solo salga indemne como autor del genocidio, sino que, además, se asuma como víctima de dicho genocidio.
PREMISA RIDICULA
Si fue una guerra, entonces los jueces y fiscales argentinos están cometiendo crímenes de lesa humanidad. Ello así porque, en todas las sentencias que juzgan a militares, policías, sacerdotes y civiles por crímenes de lesa humanidad, parten de la premisa mayor de que los imputados participaron de un Plan Sistemático de Exterminio de la Población Civil instrumentado a partir del 24 de marzo de 1976.
Premisa que deviene ridícula, por ejemplo, si contemplamos que los soldados que combatían a la subversión en Tucumán por orden del gobierno peronista, el 23 de marzo se acostaron defensores de la democracia para despertarse el 24 como genocidas.
A los jueces esto no les mueve un pelo. Pero tampoco al presidente Milei y a sus funcionarios.
Luego, de hecho y por omisión, el gobierno nacional hace suyo el relato de los terroristas del ERP y Montoneros de que fue un genocidio. Luego, la batalla cultural no es más que una batallita de morondanga.
Los principios liberales primero tienen que ver más con lo moral; lo económico es una consecuencia de lo anterior. La propiedad privada debe entenderse primero como la propiedad de la propia vida del individuo para disponer de ella libremente. Que el Estado, como en Venezuela, la cercene inventando causas que no son, es un crimen (y de lesa humanidad).
A fines del pasado año, la notable periodista Pilar Rahola entrevistó al destacado liberal chileno Axel Kaiser. Un tema desató la polémica entre ambos. Kaiser sostuvo, en contra de Rahola, que no todas las dictaduras son iguales. En ese trajín, la española le aplicó un golpe bajo cuando le espetó: “No sé por qué me parece que quieres blanquear a Pinochet”.
La respuesta del chileno fue fulminante. Sostuvo que comparar un gobierno autoritario real con la democracia ideal constituye una deshonestidad intelectual. Y tiene razón porque la disyuntiva política de Chile en el año 1973 no pasaba por Pinochet o Jesucristo sino, más bien, por Pinochet o Fidel Castro. El tirano cubano (como lo hizo con gran éxito en Venezuela) ya había permeado al gobierno del socialista Salvador Allende.
Lo que con valentía hace Axel Kaiser, señores de La Libertad Avanza, no es “batallita”; eso, es lo que con propiedad se llama batalla cultural.