Opinión
Pekín, Kiev y Ormuz: Un mundo que cambia
La atención pública suele concentrarse en los acontecimientos inmediatos. Un ataque ruso sobre Kiev, el ataque ucraniano en San Petesburgo, una nueva crisis en el estrecho de Ormuz o una reunión diplomática en Pekín parecen episodios independientes, desconectados entre sí. Sin embargo, observados desde una perspectiva estratégica más amplia, forman parte de un mismo fenómeno histórico: la transición desde el orden internacional unipolar surgido tras la Guerra Fría hacia un sistema multipolar todavía en construcción.
Durante las últimas semanas, tres hechos han captado la atención internacional. El primero fue la visita del presidente estadounidense Donald Trump a Pekín y el posterior encuentro entre Xi Jinping y Vladimir Putin. El segundo, la escalada militar en Ucrania, marcada por los ataques rusos sobre Kiev y los drones ucranianos en San Petesbrugo, sumados a la aparición nuevamente en escena de los misiles hipersónicos Oreshnik. El tercero, la persistente inestabilidad en el Golfo Pérsico y la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz, uno de los principales cuellos de botella energéticos del planeta.
RELACION MOSCU-PEKIN
A primera vista podrían parecer acontecimientos diferentes. No lo son.
La reunión de Pekín reveló una realidad que muchos observadores todavía se resisten a aceptar. China ya no actúa como una potencia emergente que aspira a ingresar al sistema internacional existente. Se comporta como una potencia que comienza a moldearlo. Su peso industrial, tecnológico, financiero y comercial le permite proyectar una influencia global que pocos países pueden igualar.
En ese contexto, la relación estratégica entre Moscú y Pekín adquiere una importancia decisiva. Más allá de las diferencias históricas o de los intereses particulares de cada actor, ambos comparten una visión común: la necesidad de reemplazar el orden unipolar dominado por Estados Unidos por una arquitectura internacional más distribuida.
OTRA DIMENSION
Mientras tanto, en Europa se desarrolla otra dimensión del problema.
La guerra en Ucrania no debe interpretarse únicamente como un conflicto territorial. Constituye también la manifestación más reciente de una fractura histórica mucho más profunda: la separación entre Europa y Rusia.
Durante siglos, Rusia formó parte de la historia europea, aunque siempre ocupando una posición singular. Ni plenamente occidental ni completamente oriental, desarrolló una identidad propia basada en una combinación de tradición imperial, espiritualidad ortodoxa y conciencia civilizacional. Esa tensión entre pertenencia y diferencia marcó toda la historia del continente.
La Guerra Fría transformó esa frontera cultural en una barrera política. El colapso soviético pareció ofrecer una oportunidad para reconstruir puentes. Sin embargo, la crisis ucraniana terminó consolidando nuevamente un muro entre ambas partes de Europa.
Hoy asistimos a una situación paradójica. Europa y Rusia continúan perteneciendo al mismo espacio histórico y cultural, pero actúan como adversarios estratégicos. El resultado es un continente cada vez más fragmentado y dependiente de dinámicas externas.
ESCALADA MILITAR
La escalada militar reciente confirma esa tendencia. La semana pasada, el ataque ucraniano contra la residencia estudiantil en Starobelsk, Donbass, que Kiev desestimó como noticia falsa (aunque los videos son inequívocos), dejó 21 estudiantes muertos. Según los rusos, el ataque se llevó a cabo mediante una técnica de doble ataque, (la técnica del doble ataque o doble tap es una técnica terrorista que consiste primero en atacar un objetivo civil para luego lanzar un segundo ataque para maximizar las víctimas debido a la concurencia de equipos de rescate, bomberos, curiosos asegurandose además su difución por la llegada de los medios de comunicación).
El ataque irritó a Putin, quien no pudo ignorar la indignación popular. Anunció una dura respuesta, advirtiendo a los extranjeros que abandonaran Kiev y a los residentes de la capital que se mantuvieran alejados de objetivos estratégicos. Sin embargo, este duro ataque se está demorando: o bien se ha reconsiderado la estrategia, algo improbable, o bien están seleccionando objetivos y preparando planes de ataque.
Pocos días después, un dron se estrelló contra un edificio en Galati, Rumania, hiriendo a dos personas. El ataque fue atribuido a Rusia, a pesar de que el presidente rumano explicó que el dron iba dirigido contra objetivos ucranianos en Odesa y que, tras ser alcanzado por la artillería antiaérea, fue desviado hacia territorio rumano. Los ataques rusos sobre Kiev, incluyendo el empleo de capacidades hipersónicas avanzadas, poseen una dimensión que trasciende el campo de batalla. No buscan únicamente destruir objetivos militares. También transmiten mensajes políticos, psicológicos y estratégicos.
Posteriormente se produce el ataque ucraniano en San Petesburgo. Para Scott Ritter y Douglas Macgregor, los ataques ucranianos de largo alcance contra San Petersburgo representan una escalada peligrosa de la OTAN en territorio ruso, argumentando que Ucrania carece de la tecnología independiente para coordinar incursiones a más de 1.100 km. de sus fronteras. Ambos analistas sostienen que estas operaciones dependen directamente de la inteligencia, los satélites y la asistencia técnica de Occidente, lo que convierte la situación en una confrontación directa entre potencias. Si bien Macgregor señala que el impacto militar es limitado y no altera la superioridad industrial rusa en el frente, Ritter advierte que cruzar estas líneas rojas estratégicas solo endurece la postura de Moscú y profundiza una guerra de desgaste con consecuencias impredecibles.
NIEBLA DE LA GUERRA 2.0.
La guerra contemporánea ya no se libra exclusivamente en tierra, mar, aire o espacio. Se desarrolla igualmente en el dominio cognitivo, donde la percepción pública, la información y las narrativas compiten por moldear la realidad política. Es lo que hemos denominado Niebla de la Guerra 2.0.
Las imágenes difundidas por los distintos actores, las cifras contradictorias sobre daños y víctimas, las campañas informativas y las operaciones psicológicas forman parte del mismo conflicto. La batalla por la percepción se ha convertido en una dimensión tan importante como la batalla por el territorio.
Pero existe un escenario aún más peligroso.
Mientras los focos permanecen sobre Ucrania, el Golfo Pérsico continúa acumulando tensiones. El estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los principales puntos neurálgicos de la economía mundial. Una interrupción prolongada del tráfico energético tendría consecuencias económicas globales inmediatas.
La importancia estratégica de Ormuz recuerda una verdad frecuentemente olvidada: las grandes potencias no solo compiten por territorios, sino también por rutas, recursos y nodos críticos de la globalización. En ese sentido, Ucrania y Ormuz forman parte de una misma disputa por el control de espacios estratégicos fundamentales.
Lo que observamos actualmente no es una suma de crisis aisladas. Es una transición sistémica.
Estados Unidos intenta preservar un orden internacional construido durante décadas. China procura administrar el ascenso de Eurasia y consolidar su posición como potencia central del nuevo sistema. Rusia busca garantizar su seguridad estratégica y recuperar influencia en su periferia histórica. Europa, por su parte, enfrenta el desafío de redefinir su lugar en un mundo donde ya no ocupa el centro de gravedad global.
EL NUEVO ORDEN MUNDIAL
La pregunta fundamental ya no es quién ganará una batalla específica en Ucrania o qué ocurrirá mañana en Ormuz. La verdadera cuestión consiste en determinar qué arquitectura internacional surgirá de esta transformación. Pekín, Kiev y Ormuz son apenas tres escenarios distintos de una misma disputa histórica: la construcción del orden mundial que dominará el siglo XXI.
¿Y por casa como andamos?
Mientras el mundo debate entre Washington, Pekín, Moscú, Bruselas o Teherán, la pregunta estratégica argentina sigue siendo esencialmente la misma que formularon las generaciones que construyeron la Nación. ¿Cuál es nuestro interés nacional? En una época marcada por la transición hacia un orden multipolar, la verdadera discusión no consiste en elegir una potencia tutelar, sino en recuperar la capacidad de pensar y actuar como una comunidad política soberana.
El siglo XXI no exige alineamientos automáticos. Exige lucidez estratégica y coraje nacional.