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“Pedí un cuatro y me trajeron un pomelo”

Un cuatro.

Alguna vez Héctor Rodolfo Veira, el Bambino Veira, en una de sus tantas anécdotas, contó que le pidió a la dirigencia de un club en el que acababa de asumir como DT, que le trajeran un lateral derecho de refuerzo, porque al plantel le faltaba gente idónea en esa zona de la defensa. Y que resultó ser tan malo el tipo que le consiguieron que, más que un cuatro, parecía una gaseosa con sabor a pomelo (cuyo nombre empieza con la letra cu). El Bambino estaba en un equipo de los denominados grandes. “Pedí un cuatro y me trajeron un pomelo”, se lamentó.

Desde esa época, principios de los 90, ocurre algo difícil de entender: los mejores del fútbol argentino, los que tienen más capacidad de convocatoria, los clubes a los que los pibes sueñan llegar, los más grosos, no pueden fabricar un marcador lateral eficiente. Y salen corriendo a gastar cifras astronómicas en busca, por ejemplo, de números 4. O números 3 (que es lo mismo pero del otro lado). No estamos hablando de un distinto. Ni de un Diez ni de buen Nueve goleador, tal vez más difíciles de encontrar… No no, hablamos de un cuatro.

Pero ¿cómo puede ser que River o Boca no puedan fabricar un marcador de punta con tanta mano de obra existente? Enseñarles, moldearlos desde sus entrañas. Si esas tremendas instituciones no son capaces de educar futbolistas con tremendas divisiones inferiores para que puedan aprender el oficio de cerrar el lateral y pasar al ataque con discreción y, tal vez, tirar un centro... algo deben estar haciendo mal.

¿Cuántos chicos hay, en cuántos clubes, en cuántos barrios del país, en cuántos potreros del interior, que la rompen jugando al fútbol desde los 5, 6, 7 años? ¿Cuántos van a probarse año tras año a las cientos de instituciones que está afiliadas a la AFA? ¿Cuántos quedan? ¿Quiénes les enseñan? ¿Desdeñan a los marcadores de punta?

¿Qué hacen en River y en Boca al respecto? Si casi todos los pibes futboleros sueñan con vestir sus camisetas...

Veo seguido partidos de baby fútbol. Mis dos hijos juegan en el Tanque, una especie de sociedad de fomento que está a la vuelta de mi casa, en Morón. Un espacio que amamos con mi familia, un lugar entrañable. Pero ese no es el asunto. El tema es que ahí suelo reconocer a más de un potencial cuatro con futuro. A varios, diría. Ni hablar de los que son habilidosos como Juani, nuestro pequeño Messi. No soy tan pretencioso.

Mis hijos no son defensores. Bianca siempre jugó adelante, le gusta hacer goles. Y Vito va al arco. El más chico es otro de los que se contagió del Dibu Martínez tras la conquista de la tercera y de las atajadas del Pulpo Armani, su ídolo. Ninguno de los míos juega de cuatro pero estoy seguro que, si River los llamara para enseñarles, saldrían corriendo a aprender los gajes de ese oficio: el de marcador de punta, hoy tan caído en desgracia.

Pero en el Tanque ya hay de esos. Hay potenciales cuatros de Primera. Los dos, Bianca y Vito, tienen compañeritos en sus categorías (la 2013 y la 2017) que, si los tomaran a tiempo clubes con ganas de trabajar, seguramente podrían llegar a ser el lateral de un equipo grande con el paso de los años. Juegan bien en serio Mateo, Alejo, Dante, Benito...

El Tanque gana y pierde casi en la misma medida con los equipos vecinos de otros barrios. Nobleza obliga, por supuesto que en nuestros rivales siempre voy descubriendo pibes que también podrían llegar lejos. Y eso que nosotros nos movemos por ahí nomás, en la zona Oeste. No vamos demasiado lejos. Y jugamos en una sola de las innumerables ligas en las que compiten chicos los fines de semana. Hay infinidad. Campeonatos más fuertes, más débiles. Hay partidos de pibes por todos lados, todos los días. Futsal…

Bianca también juega futsal… Y Vito va a querer sumarse dentro de un par de años. Por eso me pregunto ¿cuántos cuatros en potencia ya existen al alcance de la mano?

Desesperado por lo malos resultados de los últimos tiempos, River rompió el mercado. Gastó una fortuna y, en esa bolsa de compras que se trajo del súper, metió a Giovanni González. Uruguayo, 31 años. Viene del fútbol ruso. De defender la camisera del... Krasnodar. Antes, el bueno de Gio pasó por River de Uruguay, Peñarol y Mallorca, de España. No jugó en el seleccionado charrúa ni mucho menos. Desde Núñez pagaron medio millón de dólares para que sea suplente de Gonzalo Montiel. Capaz que el hombre la termina rompiendo, en el fútbol todo puede suceder. Pero decime si River no pude sacar un cuatro de las inferiores y ahorrarse esa plata. ¿O es mucho mejor pedir un cuatro y que te traigan un pomelo?