Hasta fines de la década pasada, la crítica rigurosa podría haber catalogado a Paul Auster (Newark, 1947 - Nueva York, 2024) como un escritor entretenido del pelotón del medio. Pero en 2017 entregó a la imprenta 4321, una novela sublime de casi mil páginas, compuesta en clave tolstoiana, aunque con una singular arquitectura narrativa que incluye cuatro universos paralelos. Cuatro años más tarde, Auster publicó otra producción oceánica que nos vuelve a dejar con la boca abierta de admiración. Aquí venimos a recomendar La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral, 1.040 páginas).
Se trata de una minuciosa biografía de un meteoro literario que cruzó los cielos de Estados Unidos a fines del siglo XIX. El fenómeno se apagó muy pronto: Crane murió de tuberculosis y arruinado a los 28 años. El añoso escritor, maravillado por el genio de un autor joven, lo cubre de alabanzas. Lo llama “el primer modernista norteamericano”, creador del “estilo cinemático antes de la invención del cinematógrafo”, autor de “la primera novela posmoderna de la que se tenga registro”, precursor “del mismo efecto distanciador que encontramos en las obras primerizas de Joyce y Hemingway”, e incluso lo eleva al Olimpo: habría sido “la respuesta del Nuevo Continente a Shelley y Keats, a Schubert y Mozart”. A 120 años de su muerte, la llama de Stephen Crane sigue ardiendo, intenta persuadirnos Auster. ¿Exagera? Ya veremos.
Digamos que el libro es extraordinario y seductor no solo por la investigación académica y la crítica literaria, sino porque reconstruye el paisaje de la costa este de Estados Unidos tal como aparecía entre 1871 y 1900. Prácticamente, Auster no ha dejado nada afuera. Hizo un análisis meticuloso de las cartas y de cada uno de los escritos de Crane -hay que ser muy paciente para leerlos todos-, sean novelas, crónicas periodísticas, relatos y poemas, y de los testimonios de terceros. Nos lleva a los arduos escenarios que fatigó un escritor que se ganaba el mendrugo de pan como periodista (vivió endeudado hasta el cuello): los bajos fondos de Nueva York y la Ciudad de México, un naufragio en Florida, la guerra hispanoestadounidense por Cuba, la guerra por la independencia de Grecia, la cofradía de literatos americanos en el Reino Unido (Crane fue amigo de Conrad, Wells y James). Incluso se entromete con esa gran ausente en el fondo de casi toda biografía: la sexualidad.
Una de las conclusiones de Auster debería ser tomada en cuenta por todo aquel que se lanza a comentar un libro (o para hablar del Indio Solari, llegado el caso):
“El hombre y el artista no son la misma persona aun cuando habiten el mismo cuerpo”.
Así pues, estamos aquí ante una experiencia híbrida (mitad ensayo, mitad literatura) de tono torrencial, aunque precisa en los datos. “Solo lo exhaustivo es interesante”, estableció Thomas Mann.

Ahora bien, la pregunta ineludible es: ¿Fue realmente Crane alguien tan importante en términos artísticos como para merecer semejante acto de amor?
Responde, de manera indirecta, el propio Paul Auster:
“...una historia sobre algo insignificante puede estar impulsada por una oleada de frases tan maravillosamente construidas que al leerlas uno se queda estupefacto de placer, lo mismo que al oír a un cantante que a pleno pulmón ejecuta de forma impecable un aria por demás ramplona”.
Es decir, en el universo de la Alta Literatura el factor decisivo no es el qué (el tema), sino el cómo (la manera de escribirlo). Es un ejercicio de estilo más que de sustancia, dicho de otro modo. Concordamos con el dictum.
¿Y qué decir de este otro párrafo indiscutible de Auster?:
“Escribir bien es ser inconfundible. Todo lo relacionado con la literatura representa un gran esfuerzo. En el arte no hay nada que respetar salvo la propia opinión”.
El mensaje de este artículo es que Auster ha dejado a la posteridad, al menos, dos obras imprescindibles para el lector exigente. La llama inmortal de Stephen Crane es una de ellas. Podríamos ubicarla en un estante con muchos lugares vacíos: Mitologías Literarias.
“La biografía se lee, por momentos, como si Crane fuera un personaje nacido de la propia imaginación de Auster”, ha sentenciado con absoluta precisión el avispado autor de la reseña de la contratapa.