Opinión
Mirador político

Para el señor Galuccio

Apagados los fuegos de artificio, barrido el cotillón patriótico/oficialista, ¿qué dejó el debate de la expropiación a Repsol en el Congreso? En primer lugar puso en evidencia la trampa en la que se encuentra el sistema político. El 90% de apoyo a la ley más importante desde la confiscación de los fondos de los jubilados demostró que votar en octubre pasado por la señora Fernández, el señor Binner o el señor Alfonsín no hubiese significado mayor diferencia a la hora de las decisiones de peso.

A lo que hay que agregar el hecho de que los diputados "Pino" Solanas y Ricardo Gil Lavedra voten del mismo lado demuestra que no existe una alternativa real a la única ideología aceptada masivamente por los votantes argentinos: el populismo. Si ha de creerse a las encuestas -y en este caso el escepticismo no parece justificado- la mayoría de ellos profesa abierta o tácitamente el anticapitalismo, algo entendible en un país que arrastra una decadencia económica de más de seis décadas.

Más allá del anticapitalismo nativo y de sus causas, el populismo representa la última chance histórica del socialismo, el único socialismo posible, el que vuelve superflua en los hechos la distinción entre derecha e izquierda, porque, aun cuando critica al capitalismo, comparte con él el sometimiento a la dura realidad (fiscal).

Es, ante nada, una forma de pragmatismo a ultranza, de aceptación del "statu quo". Sólo en esto último difiere del capitalismo que ha sido y sigue siendo el sistema más transformador de la Historia, el más proclive, aunque suene paradójico, a la utopía.

Más aún, la historia más reciente y la actualidad internacional demuestran que el capitalismo es el sistema más eficiente a la hora de producir la mayor cantidad, variedad y calidad de bienes al menor costo. Por eso el anticapitalismo criollo no es radical, sino selectivo.

Los dirigentes políticos practican el socialismo con los bienes públicos, pero con los privados son furiosamente capitalistas y privilegian el lucro con excelentes resultados (no es necesario hacer nombres).

También tienen un doble patrón de medida cuando denuncian, por ejemplo, como lacra capitalista el descontrol financiero (al que dicho sea de paso dejan siempre intacto), pero no al consumismo, al que explotan en términos electorales, a pesar de que el consumismo es la cara más inmoral de la democracia, porque si se acepta el voto universal, resulta absurdo creer que la voluntad de la mayoría de los votantes estará disociada de su deseo de mejora material por encima de cualquier otra consideración.

En resumen, el tránsito de la ley sobre YPF por ambas alas del parlamento dejó en evidencia la disfuncionalidad del sistema político y de partidos, la distancia cada vez mayor entre los políticos profesionales y los ciudadanos de a pie (el 90% de los votantes no aprueba la expropiación) y el encubrimiento del espíritu anticapitalista mediante un discurso patriotero/populista que pretendió ocultar, además, la verdadera finalidad de la expropiación: hacerse de fondos ante la delicada situación fiscal y del sector externo.

Quedó en claro que la única racionalidad aceptada y llevada a la práctica es la de la supremacía de la política, a la que la economía debe someterse sin miramientos por las consecuencias, algo que el señor Galuccio debería ir anotando.