Opinión
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Pandemia adictiva: psicopatías y descuartizamientos

Por Juan Alberto Yaría *

La sociedad argentina se halla consternada ante el “despedazamiento” de Agostina. Se entremezclan en este fenómeno indudablemente el consumo de drogas (absolutamente silenciado), la rotura del tejido sociofamiliar-cultural y la marginalidad creciente en donde se mezclan “barras bravas”, “puti club”, comercio de sexo usando a menores y, todo esto, al servicio de verdaderos “Patrones” del territorio.
La crónica periodística menciona sucesos que nos sensibilizan por la perversión que está en juego en este caso. El despedazamiento de una menor, los múltiples intereses en juego, los ocultamientos que se vislumbran y que se suceden uno tras otro con la intervención sospechosa de las fuerzas que tendrían que ser, paradójicamente, guardianes de la Ley.
Los que trabajamos en adicciones recibimos frecuentemente situaciones en donde el comercio sexual se unió a las drogas y con la intervención como masa crítica utilizable de menores bajo la conducción férrea de psicópatas que lideran organizaciones criminales y servicios de Internet (Paginas de “onlyfans”) que sacian la perversión de seguidores alimentando el placer pornográfico masturbatorio y recaudando muchos dólares por esto. Esto se está instalando en la sociedad de la mano de la banalización del uso de drogas (negando el daño que ocasionan) y valiéndose de un tejido familiar roto en donde encontramos desde abandonados por sus padres por conflictos familiares severos con violencia, deslealtades entre los miembros y también, en muchos casos, uso de drogas también de los padres.
Así los menores quedan abandonados a su suerte y la calle y sus “Patrones” se encargarán del resto. Hay indudablemente una situación macroeconómica delictiva que opera como un elemento central o sea la cantidad de flujos ilegales que se mueven desde los grandes mercados de producción y los centros económicos que controlan poderes políticos, judiciales y de seguridad y así van surgiendo zonas libres para consumir. Pensemos que solo un país como Colombia cultiva hoy 300.000 hectáreas de cocaína y exporta 3.000 toneladas de ésta a todo el mundo cuando hace unos años esto era ínfimo en relación con la actualidad.
Pero esto es una parte de la problemática ya que el problema roza la complejidad e incluye factores culturales, familiares, educativos y de decadencia de los valores en la postmodernidad actual.

LAS PSICOPATIAS
Las personalidades psicopáticas se hacen su “agosto” en estos circuitos que promueven la marginalidad y decadencia. A menos familia, menos escuela, menos trabajo nos encontramos con mayor marginalidad y consumo de drogas. El gran psiquiatra francés Henry Ey nos enseña que el psicópata hace de la maldad moral un emblema y un modo de vida en donde la falta de empatía con el prójimo, la impulsividad desbocada, la falta de remordimiento y culpa, la escasa capacidad aprender de la experiencia con una tendencia continua a las tendencias antisociales llevan a una veda de la Ley y así finalmente nos encontramos con la maldad moral que enseñaba el maestro francés y ahí el placer morboso por el acto perverso es la finalidad a conseguir.
Indudablemente las personalidades psicopáticas tienen una base genética, de historia familiar y habitualmente hay abandonos precoces pero el consumo de drogas (especialmente la cocaína, el éxtasis y toda la gama de estimulantes) que están surgiendo en nuestra sociedad generan daños en zonas cerebrales que regulan los impulsos, la planificación y anticipación, la regulación emocional con pérdida del juicio moral y social y con menor respuesta emocional ante el sufrimiento ajeno. Entre estas zonas se privilegia el lóbulo frontal llamado también el asiento de la neuro-moral que lleva a la perdida de referencias y a la negación de las consecuencias. La transgresión a las normas sociales es la Ley con la mencionada anteriormente ausencia de culpa y remordimiento.
El ego es ley y no hay otro ni otros más allá de la soberbia megalómana. Precisamente estudios de imágenes cerebrales (estudios de medicina nuclear) de personas consumidoras de drogas muestran la llamada hipo-perfusión con un menor flujo sanguíneo y menor actividad funcional en ciertas zonas claves del cerebro dañadas por la ingesta de drogas. En los consumidores de drogas se observan habitualmente alteraciones funcionales de la corteza prefrontal que es precisamente una estructura que surge en la evolución humana como el plus que nos separa de los simios.
A esto debemos añadir que hoy se consume drogas desde edades precoces (adolescencia) que es precisamente cuando el cerebro está inmaduro (recién termina de madurar alrededor de los 25 años) generando esto un verdadero “secuestro” motivacional que asegura un cliente por muchos años y por ende un deterioro creciente , una detención del desarrollo emocional e intelectual y en muchos habilita el crecimiento de conductas psicopáticas. Uno de los eventos que llevaron al estudio de estas estructuras cerebrales fue lo sucedido a Phineas Gage en donde una grave lesión frontal lo llevo a experimentar profundos cambios de su personalidad y comportamiento social, en un hecho ocurrido en el año 1848. Era un capataz ferroviario estadounidense que sufrió un accidente grave mientras construía una vía férrea en el estado de Vermont y una barra de hierro atravesó su cabeza atravesando el lóbulo frontal. No perdió el conocimiento, pudo hablar después del accidente, conservó el lenguaje, la memoria y muchas capacidades intelectuales, pero tuvo grandes cambios de conducta: impulsividad, cambios morales, poca capacidad de planificar, no respeto de normas sociales. Desde ahí se empezó a estudiar con detenimiento la función del lóbulo frontal.

INSTALACION DEL NARCOTRAFICO
La consagración de este fenómeno se da desde hace alrededor de 15 años en nuestro país, aunque hay zonas más intensas como el AMBA, Cordoba capital, Rosario y Mendoza ciudad. Al mismo tiempo se abandonaron políticas globales de prevención y no se estimuló la creación de centros preventivo-asistenciales. La escuela dejo de ser un elemento preventivo e incluso con la necesidad de formar familiares en esta enfermedad creciente. En algunas provincias se enseñaba a menores el consumo responsable de sustancias adictivas ignorando el daño de esto y la precocidad e inmadurez (incluso cerebral) del niño-adolescente.
Mientras en los barrios la escuela mostraba sus defectos, ahí mismo crecían las bandas de narco-menudeo. Surgen así los proyectos de Poder en los barrios y en los territorios y se delimita una relación entre el tejido social deteriorado y un tejido delictivo cada vez más poderoso. Con esta crisis de los sistemas educativos y familiares y con las drogas a la mano se van estableciendo redes de menores manipulados y de Patrones del territorio con cada vez mayor Poder. Este negocio necesita del narcomenudeo y de la iniciación precoz de niños -adolescentes en el consumo; esto asegura mano de obra y conductas intrépidas en acciones delictivas o en manipulaciones sexuales de menores como se atisba en el caso Agostina. Con la banalización del consumo de drogas, la falta de políticas preventivas y la escasez de centros asistenciales la pandemia reina dentro de un negocio que fomenta la esclavitud de miles.