En las últimas semanas se produjo una abrumadora lluvia de denuncias por corrupción. Valijeros arrepentidos, secretarias infidentes, empresarios y políticos que son socios y ganan tantos euros que no los cuentan, los pesan, bolsos llenos de billetes en jets privados, investigadores (periodistas y fiscales) amenazados, una ley aprobada en tiempo récord para someter a los jueces a la voluntad de los políticos y, como si todo esto fuera poco, otra ley que permite blanquear dinero mal habido.
Semejante desastre hace que la década infame parezca un modelo de probidad republicana y exige otro Enrique Santos Discépolo para describirlo porque con el Grupo Clarín y la diputada Carrió ya no alcanza. Alguien que cuente cómo se llegó a este cambalache de dirigentes que exhiben impúdicamente sus propiedades y aviones, testaferros que entran al concesionario de Ferrari y dicen "deme dos", millonarios enriquecidos gracias al Estado que compran canales de TV y empresas petroleras como si fueran pastelitos, jueces que exhiben sus joyas ante la prensa farandulera y procuradores que vuelan por los aires apenas amagan con investigar a algún protegido del oficialismo.
En la llamada década infame por la cuarta parte de esto se hubieran suicidado por lo menos dos docenas de funcionarios, políticos y legisladores. Hoy ni siquiera hay uno preocupado por que le puedan quitar su lucrativo cargo.
Pero, ¿cómo se llegó a esto? Por el camino de la impunidad. Una impunidad con aprobación social mayoritaria, ratificada en las urnas cada dos años. También porque hay dirigentes que junto con el pudor perdieron el rumbo. Que creen que para luchar por el poder con alguna chance de éxito, hay que disponer de dinero y que para disponer de dinero hay que transar con lo ilegal.
Casi tan grave, sin embargo, como la pérdida de la decencia es la del liderazgo. Porque los honestos son inmediatamente aislados (por ejemplo, Carrió) por el grueso de la sociedad que les facilita la tarea a los corruptos. Aislados y ridiculizados en este reino del revés donde "Es lo mismo el que labura/ noche y día como un buey,/ que el que vive de los otros,/ que el que mata, que el que cura/ o está fuera de la ley".
Los votantes les piden a los que reclaman honestidad en el manejo de la cosa pública que no sean "apocalípticos", porque "todos roban", pero hay algunos que además "hacen". Conclusión: el candidato que insiste con denunciar el latrocinio recibe el 2% de los votos. Así queda en evidencia que la regeneración no la podrán hacer los políticos bajo las actuales circunstancias, porque su liderazgo es incapaz de cambiar los valores morales (o inmorales) aceptados con el corazón ligero por las mayorías.
En lugar de liderazgo lo que se hace falta, entonces, es crear conciencia. Alguien que pinte persuasivamente la anomia moral que está en la base de la decadencia argentina de los últimos 70 años y, que con ese cuadro a la vista, sus pares se convenzan de una vez por todas de que tolerar a los corruptos es la causa principal de nuestros peores males. Que las crisis sucesivas que han empobrecido a más del 30% de la población vienen de esa lacra.