Opinión
EL RINCON DE LOS SENSATOS

Otra vez el ruido

Los patrones del sindicalismo de la Universidad pública han vuelto a anunciar una movilización en nombre de mejorar el presupuesto. Como éste es un canto conocido que no se sacia nunca, vale la pena recordar historias sabidas para imaginar dónde van a ir a parar los resultados de tales reclamos, si se consiguen. 

Cuando hace ya alrededor de un cuarto de siglo el rector Oscar Shuberoff, bombos y barrabravas mediante, logró la renuncia por hartazgo del lúcido decano de la Facultad de Medicina y de todo el equipo del primero y único director por impecable concurso del Hospital de Clínicas de la U.B.A., pudo oirse la estentórea proclama del mandamás de APUBA, el sindicato no docente. El entoces morocho como uno y después rubio como el oro, eterno dirigente en ascenso hasta hoy, declamó ante la asamblea hospitalaria: “¡Ahora van a ver lo que va a ser el Hospital dirigido por el pueblo!”.

Es cierto que el Clínicas, heredero del primer hospital del país y asociado luego a la Universidad desde 1881, venía castigado desde poco después de su mudanza al nuevo edificio, a comienzos de los años setenta del siglo XX. Porque, en efecto, desde que reformistas, montoneros y erpianos en progresista cofradía se apropiaron de la Universidad hacia el final del decadente gobierno militar, el Hospital inició un descenso cuyo signo más evidemte y grotesco fue el desastre de los ascensores -de los primeros que hablaban en el país=- que empezaron a negarse al traslado de enfermos, médicos y visitas a través de sus trece pisos. 

Cuando, de tumbo en tumbo y gracias a unos cuantos buenos profesores que entonces se sometían a concursos, el Hospital empezaba a enderezarse a finales del siglo, el inteligente decano Salomón Schachter cometió un pecado mortal: pretendió suprimir el ingreso irrestricto luego un estudio serio y detallado de la capacidad docente de la Facultad. Y a partir de allí se fomentó el aquelarre con bombos y platillos hasta el triunfo de los gremialistas y de los eternos maestros de la pequeña política que los azuzaban, desde el Rectorado para abajo.

El resultado es conocido y visible: el Hospital se viene físicamente abajo, acosado por una burocracia administrativa cada vez más poderosa y menos trabajadora. La Facultad de Medicina que fuera cabeza indiscutida de Iberomérica hasta hace cincuenta años  es hoy la que acepta más ingresos pero en la que menor porcentaje de estudiantes se recibe. Y el Hospital univrsitario sólo se sostiene por la calidad de sus médicos que -lo reconozcan o no- abrevan de una tradición que todavía sobrevive.

El anterior es un ejemplo singular de lo que se repite en la mayor parte de los ámbitos de la Universidad pública. Pedir más presupuesto, que va a ir a parar a las insaciables manos de la burocracia gremial, no harå sino mantener vivo el problema. La verdadera solución requiere una seriedad y un orden que no se avizoran