Inmediatamente después de la victoria electoral oficialista de octubre pasado señalábamos en esta columna que Javier Milei parecía desoír los consejos que administraban los, sí se quiere, artífices de su triunfo: Donald Trump y su secretario de Tesoro, Scott Bessent, que insistían en la necesidad de que el gobierno libertario “ampliara su base de sustentación y abriera el diálogo convocando a otros actores políticos”.
En rigor, el Presidente invitó a Mauricio Macri pero ese gesto no implicó nada que tuviera el aire de familia de un gobierno compartido, con lo que el jefe del PRO decidió que los legisladores de su partido no unificaran bloque con La Libertad Avanza, aunque aseguró que apoyarían el programa de reformas del gobierno.
Tampoco hubo mayores gestos presidenciales de diálogo con gobernadores abiertos a colaborar, que demostrarían su peso respaldando la ofensiva legislativa que abrió el nuevo año parlamentario. En la Semana de Negocios en Nueva York –donde empezó a desenvolverse el affaire Adorni-, fue el ministro de Economía, Luis Caputo, el que subrayó ante empresarios y potenciales inversores la importante presencia de gobernadores no oficialistas que acompañaban el rumbo del oficialismo libertario. Milei no dedicó a ese apuntalamiento de los gobernadores ni un minuto para una foto de prensa.
El Gobierno parecía ensimismado en la fuerza propia emanada de la victoria electoral -subsidiada por el oportuno apalancamiento financiero de la Casa Blanca y el Tesoro de Estados Unidos y la dispersión y anonadamiento de la oposición-. Esto, apuntamos entonces, “constituye un riesgo; al no contar con una oposición vigorosa y políticamente viable, probablemente los conflictos sociales y las diferencias tenderán a internalizarse, aunque eso demande algún tiempo de maduración”.
En verdad, las diferencias ya venían creciendo y no necesitaron tanto tiempo para exteriorizarse explosivamente. El choque que tomó estado público esta semana y que involucró al Presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, y al muy empoderado asesor presidencial Santiago Caputo se extendió rápidamente a otros exponentes de las facciones que responden a Karina Milei (a la que está adscripto Menem) o a las “fuerzas del cielo” que se encolumnan tras Caputo y terminó empujando al propio Milei a una incómoda situación de mediador forzado que habilitó el comentario de Carlos Pagni desde su columna de La Nación: “Sale a la luz un problema de liderazgo, la incapacidad que viene exhibiendo Javier Milei para disciplinar a las figuras más relevantes de su entorno”.
Sin una conducción firme que discipline y canalice orgánicamente las diferencias, lo más probable es que estás sigan desplegándose y desborden el orden que necesita el gobierno. Y que requiere el objetivo reelectoralista que tanto Milei como las fracciones enfrentadas invocan.
Como suele ocurrir, las discrepancias tienen un fondo de disputa por posiciones de control del maldito aparato del estado. Después de la victoria electoral de octubre, cuyo mérito se acreditó Karina Milei como estratega partidaria (asistida por Martín Menem y su primo Eduardo, conocido como Lule), Caputo perdió influencia en beneficio de la corriente karinista, que se quedó con el ministerio de Justicia y designó allí a Juan Bautista Mahiques.También sintió la presión karinista para arrebatarle su influencia sobre la SIDE, a cuyo frente Caputo ubicó al contador de su familia, y ARCA, la agencia de recaudación y control aduanero, vigía de los bienes e ingresos de los argentinos.
En la cinchada por manejar porciones del maldito estado –con todas las responsabilidades, oportunidades de empleo y sospechados privilegios que ellas suponen- cada una de las fracciones atribuye a operaciones de la otra las desgracias políticas que debe afrontar. Desde el karinismo se ha conjeturado que la inteligencia que opera a la sombra de Caputo filtró las grabaciones de Diego Spagnuolo, el entonces director de la Agencia Nacional de Discpacidad, que dispararon una campaña contaminante contra la secretaria general de la Presidencia y contra su entorno Menem.
El superasesor, a quien el Presidente llamó esta semana “mi hermano”, está convencido de que Martín Menem, a través de una cuenta de X a nombre de @Periodista Rufus ha hostigado su tarea gubernamental y se ha despachado con sospechas sobre los negocios de los empresarios Juan y Patricio Neuss, a quienes vinculó con él. El Presidente prefirió creer y sostener que a Menem lo habían “operado” (¿pero quién?) y un jerarquizado cuadro del caputismo aseguró que tenía pruebas de la responsabilidad de Menem y que al Presidente “le han mentido”.
¿Cómo sigue esto?¿Cómo se endereza?
También suele ocurrir que las disputas por posiciones se acompañan con divergencias, digamos, programáticas. En notas anteriores dibujamos esas diferencias políticas. Una línea se muestra preparada para adoptar los consejos que en octubre acompañaron la ayuda financiera norteamericana y propone ampliar el sistema de alianzas del gobierno para reconstruir –e incluso ensanchar- la base que llevó a Milei en 2023. La otra se inclina por insistir en la táctica de fortalecimiento individual partidario que permitió construir una fuerza libertaria nacional y alcanzar una representación numerosa en el Congreso. La primera, que se puede atribuir a Caputo, insiste en llegar a acuerdos con gobernadores provinciales dialoguistas y con fuerzas políticas que no discuten el rumbo general emprendido por el gobierno,entre ellas el Pro de Mauricio Macri y considera que hay que permitir que esos gobernadores no se sientan acosados localmente por una competencia apalancada en el gobierno nacional.
La otra corriente –que se puede asignar al ala karinista- subordina las alianzas y los acuerdos políticos a la condición previa de disciplinamiento bajo la hegemonía libertaria, tanto a nivel nacional como en los órdenes locales.
Las divergencias evocan lejanamente las tensiones entre “celestes” y “rojos punzó” que se desarrollaron durante los dos períodos que presidió Carlos Menem. El liderazgo de éste consiguió mantener ordenada su interna y aprovechó las virtudes de cada una de las tendencias. Milei juega la continuidad de su gobierno en el tiempo en esta asignatura.