‘Segunda princesa’. Autoría, dirección y actuación: Alejandro Schiappacasse. Escenografía y vestuario: Paula Molina. Diseño de luces: Lucas Orchesi. Asesoramiento artístico: Carlos Belloso. Ultima función, miércoles 21a las 21 en el teatro Picadero.
La obra pertenece a una poética teatral que podríamos denominar realismo provinciano, que refiere a una corriente que se centra en representar con autenticidad la vida cotidiana, los conflictos sociales y las costumbres de comunidades rurales o pequeñas ciudades. Este enfoque busca capturar la riqueza cultural y emocional de estos entornos, mostrando la manera en que las personas se relacionan, sus creencias y los valores que los atraviesan.
Un claro ejemplo de esta tendencia se encuentra en las obras de las hermanas María y Paula MarulI, quienes supieron plasmar en ‘La Pilarcita’ una atmósfera impregnada de religiosidad popular, magia cotidiana y la esperanza de milagros, elementos que reflejan la manera en que lo espiritual se integra en la vida diaria de los personajes.
Sin embargo, Schiappacasse lleva estos elementos un paso más allá. En su obra, el trasfondo teológico -vale decir, la presencia de creencias religiosas profundas y reflexiones sobre la fe- adquiere un rol central en la construcción del protagonista y en el desarrollo de la trama. Por ejemplo, el personaje principal, conocido como El Polaco, no solo muestra una devoción sincera hacia la Virgencita, sino que basa sus acciones en una interpretación literal de las Sagradas Escrituras. Esta visión teológica guía sus decisiones dentro de la prisión, influye en su manera de vincularse con los demás y, en última instancia, determina su esperanza de liberación.
La dimensión espiritual en la obra se manifiesta como un motor vital: no es un simple contexto, sino el eje que impulsa la historia y transforma la experiencia del protagonista. Por ejemplo, en escenas donde El Polaco enfrenta la adversidad y el encierro, su fe y su esperanza actúan como fuerzas liberadoras, permitiéndole resistir y buscar sentido en medio de la oscuridad y poner el foco en la lucha interior y la búsqueda de trascendencia, conectando los aspectos culturales, emocionales y espirituales en una experiencia teatral que conmueve y hace reflexionar.
PROPUESTA ACTORAL
La técnica actoral de Schiappacasse se fundamenta en el desarrollo y liberación de los potenciales expresivos, vale decir, la capacidad del actor para transmitir emociones y matices personales -sin micrófono- en cada interpretación. En el escenario se refleja su búsqueda constante de distintas formas de expresión escénica orientadas a explorar nuevas maneras de comunicar sentimientos y narrativas al público. Su experiencia abarca el teatro antropológico y los clásicos, además de investigaciones en danza, danza teatro y circo. Todo esto se conjuga en una dramaturgia ágil y contundente que transporta al mar y al entorno pesquero, donde cada recurso artístico enriquece la obra y le aporta profundidad y dinamismo.

El lenguaje de Schiappacasse y su particular forma de narrar hacen dudar de que se trata de una actuación; por momentos se piensa que realmente han trasplantado a un auténtico pescador al oscuro y temible territorio de la escena teatral.
El relato, además, se destaca por una sensibilidad profunda y por un valor sociológico impecable, especialmente en la manera en que pone en primer plano aspectos sociales y culturales del mundo pesquero. No solo describe tradiciones, sino que la representación de la organización comunitaria y los roles familiares dentro de los pescadores permite comprender mejor las dinámicas sociales que configuran la identidad del protagonista.
Así, el espectador puede percibir cómo estos elementos influyen en la vida cotidiana y en los vínculos entre los personajes. La historia, construida cuidadosamente y de manera gradual, mantiene en vilo al espectador y le permite, en tan solo una hora, conocer a fondo la historia social, la vida y la sensibilidad de ese hombre. A su vez, la manera en que el protagonista enfrenta sus desafíos diarios no solo refleja resiliencia, sino que también despierta la compasión y en cierto modo la complicidad del público.
La escenografía de Paula Molina es sencilla pero muy significativa. Con muy pocos elementos logra transmitir el ahogo de un calabozo. Asimismo, la simpleza del vestuario concuerda con la actividad que ejerce el protagonista. El diseño de luces, a cargo de Lucas Ochesi, resulta clave en este unipersonal: va marcando los momentos del relato con gran sutileza. La luz fría de la celda se transforma en cálida a lo largo de la obra, iluminando la escena principalmente con tonos ocres, y generando una inquietante atmósfera teñida de colorado en el momento de celebrar la llegada del amor que el Polaco esperó toda la vida, del mismo modo en que anhela la libertad. Esa transición de la luz fría a la cálida no solo marca los distintos momentos del relato, sino que también refleja la transformación interna del protagonista y sus búsquedas. Él está convencidísimo de que un creyente debe decir siempre la verdad “porque nos hace libres”, y lo hace con una esperanza que no defrauda, más allá de las leyes y de las críticas que un abogado -si lo hubiese contratado-puede esgrimir a sus declaraciones ante la autoridad.
Calificación: Buena