Opinión
Páginas de la historia

Orlando Goñi

“Quien mata lo mejor de si, no es asesino. Es víctima”.

Cuando aludimos a grandes figuras de nuestro tango de ayer, surgen famosos directores de orquesta como D’Arienzo, D’Agostino, Canaro, Di Sarli y tantos otros.

También recordamos cantores como Carlos Gardel, Magaldi, Corsini, o Charlo.

Pero solemos olvidar a grandes instrumentistas de nuestra música popular que fueron virtuosos del bandoneón, del piano o del violín.

Y por eso nos referiremos hoy a un grande del piano, siempre dentro de nuestro tango: Orlando Goñi, que tuvo, además de un enorme talento, una serie de facetas, que lo hicieron “diferente”.

¿Por qué decimos distinto?.

En primer lugar por su audacia para crear un estilo propio, dentro de una orquesta de tango.

También por su bohemia total. Por supuesto que no fue el único “bohemio”, obviamente, pero lo define el hecho que ese desorden de su vida lo “gastó” físicamente, de tal manera que a los 30 años ya parecía 50 años o más.

Y falleció teniendo sólo 31 años, un 5 de febrero de 1945.

Goñi estudió piano con un gran maestro: Vicente Scaramuzza, con el que se formaron; Pugliese, Demare, Salgán e incluso Martha Argerich.

Fue Goñi, lo que se definiría en una orquesta como el pianista “estrella”, como lo fue Biaggi con D’Arienzo o Mores con Canaro. Él lo fue con Troilo, con el que debutó teniendo 23 años en “Marabu”.

Joven como era, ya había actuado con Ciriaco Ortíz, con Juan Carlos Cobian, con Aieta, con Miguel Caló, con Alfredo Gobbi.

Goñi era callado, introvertido, un solitario. Un espíritu totalmente independiente, tanto, que faltaba a su tarea en la orquesta muchas veces sin motivo y sin aviso previo. Hasta que Troilo, tan humano y comprensivo, tuvo que decirle:

- Hermano. Hace 6 años que estás en la orquesta. Pero si sumo tus ausencias tengo que restar un año. No podés seguir conmigo.

Orlando Goñi llegó a grabar más de 70 temas con Troilo.

Después de Troilo, tuvo, durante un año, su propia orquesta.

Como compositor hizo solamente la música de una milonga: “Mi Regalo”, que no tuvo mayor difusión.

Este hombre de la noche, alto, delgado, de lacia melena renegrida, rostro pálido y mirada melancólica, era un jugador empedernido, entre otros vicios.

Las carreras eran su pasión.

En una ocasión concurre con Troilo y otros amigos al hipódromo de Palermo.

Orlando se separó unos minutos del grupo para apostar a un caballo, sin mencionarles a ellos a cual había jugado.

Comenzó la carrera y el rostro de Orlando Goñi expresaba mucha preocupación. Terminada la misma, unas lágrimas asomaron a sus ojos.

- ¿Qué te pasa?, le preguntaron sus amigos, ¿perdiste mucho?.

- Perdí todo.

- ¿Cómo que perdiste todo?.

- Sí, mi piano entró sexto.

- ¿Tu piano?.

- Si. Porque lo empeñé para jugarle a este caballo.

Agregaría que, los vicios son como ciénagas. Aunque tengan luces multicolores. O como mares. Pero sin orillas.

Y a esos infiernos, sólo se desciende voluntariamente. Como descendió Orlando Goñi, a quién nadie lo obligo a ello.

Y un aforismo final para este talentoso músico: “Los vicios son como la adulación. Dañan acariciando”.