El mundo

Olvidada convalecencia

Pocas palabras tan olvidadas como “convalecencia” en el mundo de la salud, ya que son hoy mayoría quienes creen que el arreglo de los trastornos humanos siguen la lógica de los desperfectos mecánicos: se repara o se cambia una pieza y ya sale la máquina del taller marchando de nuevo. Por desgracia, las cosas no son así: la biología se toma su tiempo.

Es más, hasta he sido testigo de la desilusión de algún colega clínico cuando, luego de que los cirujanos hubiéramos por ejemplo resuelto un empiema -pus en la pleura- consecuente a una neumonía, los estudios radiológicos ulteriores tardasen en mostrar la recuperación completa del tejido pulmonar enfermo. Es que los tejidos tienen su propio ritmo de reparación después de que los antibióticos han frenado la agresión bacteriana; o de que se han mejorado médicamente las condiciones de evolución de una herida. Y nada más claro al respecto que el seguimiento anátomo-patológico para conocer los pasos del llamado proceso de “curación”.

Pero, claro, eso menosprecia en algo la función del médico: no es él quien cura, es el enfermo quien se cura. Lo que hace el galeno, en el mejor de los casos, equivale a colocar un tutor a un árbol que crece torcido, o podar una rama seca, o fumigar una parasitosis. Pero la reparación corre por cuenta de los tejidos del enfermo y a ese fenómeno hay que darle adecuadas condiciones y tiempo.

Al respecto recuerdo con frecuencia la sorpresa que me causó comprobar, a comienzos de este siglo mientras disfrutaba de una generosa invitación de tres meses en el hospital universitario de Marsella, que el sistema sanitario estatal francés contaba con casas de convalecencia en la Costa Azul para los pacientes que las necesitaran. No sé si eso continúa. Pero creo que quien ha sufrido la resección de parte de un pulmón merece un tiempo suficiente de reposo para facilitar la mejor restitución cardio-pulmonar. Y eso incluye al Santo Padre.