La revelación de que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) estadounidense espía desde hace años llamadas telefónicas y operaciones con tarjetas de crédito de sus ciudadanos, además del tráfico de Internet originado en el exterior, provocó una razonable alarma en todo el mundo. El caso, destapado por el diario inglés The Guardian a partir de la infidencia del arrepentido Edward Snowden, apareció además en mal momento para el gobierno de Barack Obama, que casi desde el comienzo de su segundo mandato está asediado por denuncias de hostigamiento impositivo a grupos opositores de derecha y presiones a periodistas.
Sin embargo, sería un error circunscribir las revelaciones a la suerte política de Obama. Y no sólo porque el mecanismo de espionaje de la NSA fue inaugurado por su predecesor, George W. Bush, como parte de la omnipresente ‘‘guerra el terrorismo’’ que el demócrata heredó y continuó, si no porque las informaciones filtradas a ciertos medios de prensa desnudan una estructura mucho más vasta de control sobre la que algunos expertos llevan años advirtiendo.
Quizás haya sido una casualidad, pero las revelaciones se conocieron apenas unos días antes de que se cumpliera el 65º aniversario de la publicación de 1984. En esa admirable novela, George Orwell imagina un mundo dominado por un invencible sistema de vigilancia física y mental, y una de sus creaciones más estremecedoras es la del Gran Hermano, figura del líder máximo que todo lo ve, lo escucha y lo sabe gracias a sus servicios secretos y a la tecnología puesta al servicio de la represión. Desde entonces el Gran Hermano ha sido el símbolo de la opresión del Estado sobre el individuo, y su fantasma resurge cada vez que se discute la intromisión de los gobiernos en la vida privada de las personas.
Pero lo preocupante no debería ser tanto este caso concreto de espionaje en Estados Unidos sino la posibilidad, ahora confirmada, de que ese espionaje es posible, algo que ciertos especialistas advertían hace años sin mucho eco.
La digitalización de nuestra vida cotidiana, explicaban esos profetas desoídos, facilita los mecanismos de control. Nuestras compras con tarjetas de crédito dicen mucho de nuestros gustos, ya sean literarios, gastronómicos, cinematográficos, turísticos, etcétera. También revelan nuestros movimientos físicos, algo que en la Argentina logra de manera más completa la tarjeta SUBE que, como se sabe, es personalizada y vinculada al Documento Nacional de Identidad. Por si fuera poco, cámaras de seguridad repartidas por el globo captan todo lo que ocurre en espacios públicos abiertos o cerrados y lo guardan en bases de datos.
Internet perfecciona las posibilidades de control. Es una vidriera y un archivo inagotable, en el que nada se pierde y todo queda almacenado. Facebook nos permite exhibir nuestra vida en fotos y palabras sin límites. Twitter registra en frases mínimas nuestras opiniones sobre todo y todos. YouTube recibe nuestros videos hasta el infinito. Skype facilita la comunicación visual, camarita mediante. La gran mayoría de los habitantes del mundo tiene una o varias de las direcciones de correo electrónico que ofrecen Google, Yahoo! o Hotmail. Y todas estas empresas brindan servicios gratuitos, accesibles a cualquier persona que tenga una computadora (o un teléfono inteligente o una tablet) y conexión a Internet.
Por lo tanto, la pesadilla de Orwell ya no es sólo una lograda ficción literaria. Es algo que está muy cerca de convertirse en realidad, pero en una escala que el autor británico jamás podría haber imaginado. El mundo de 1984 era apenas una extensión de lo que había existido en los regímenes de tipo soviético. La vigilancia obsesiva, el férreo adoctrinamiento ideológico o la reescritura del pasado que hacen inolvidable esa novela eran moneda corriente en la Rusia de Stalin o la China de Mao. Se imponían por la fuerza de un estado policial y quienes se resistían lo pagaban deportados a un campo de concentración o con un tiro en la nuca.
La novedad de hoy es que las estructuras de control son o parecen virtuales y, por lo tanto, resultan menos peligrosas a simple vista. Y cada uno de nosotros, lo sepa o no, colabora con ellas sin que nadie tenga que apuntarle una pistola en la cabeza.