Consolidado como una referencia ineludible del thriller contemporáneo español, Mikel Santiago desembarcó en la Argentina en el marco de la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires para presentar su más reciente novela, La chica del lago, un nuevo capítulo en su universo de intrigas donde confluyen memoria, culpa y redención.
Lejos de los recorridos meteóricos, Santiago, a sus 50 años, puede decir que construyó una trayectoria con paciencia. Desde sus primeros pasos como autor independiente, hasta convertirse en uno de los escritores españoles más vendidos del momento. La saga de Illumbe, que marcó un punto de inflexión en su carrera, y títulos como La última noche en Tremore Beach revelan una narrativa que combina tensión, introspección y una arquitectura casi cinematográfica, donde cada escena parece pensada desde la lente de una cámara.
Pero su vida tiene un antes y muy distinto a la literatura. Shows en vivo, pubs en Dublín, atardeceres en Amsterdam y una vida errante entre guitarras y puertos USB. Autodidacta, músico y programador de sistemas, Santiago encontró en Irlanda el germen de su vocación, al comenzar a escribir relatos en un blog que, con el tiempo, se volverían virales y abrirían las puertas del mundo editorial.
-’La chica del lago’ se instala desde el inicio por una escena potente. ¿Cómo surge esa primera imagen?
-Todas mis novelas nacen de un chispazo visual, casi como una secuencia de cine. En este caso fue una noche de 1999, con un grupo de adolescentes en una isla y una travesura que termina en tragedia. Esa imagen conecta con experiencias propias y con otra historia reciente que viví de cerca. A partir de ahí construí un relato donde el pasado irrumpe con fuerza y condiciona todo el presente.
-El año 1999 aparece como un anclaje emocional. ¿Qué lo llevó a elegir esa época?
-Hay una decisión sentimental. A mis 51 años, los noventa se vuelven un territorio casi mítico. Era una época con identidad cultural fuerte con música, televisión y fútbol, todo vivido con una pasión inédita. Ese clima me permitió construir personajes en formación, en un momento donde todo es más intenso. La nostalgia no es solo decorativa, sino una herramienta narrativa que potencia el conflicto.
FRICCION
-La protagonista es una escritora en crisis. ¿Buscó reflejar algo del mundo editorial?
-Sí, me interesaba mostrar ciertas “tripas” del oficio. Después de años en este circuito, con giras, promociones y lectores, tengo una mirada más completa. El personaje atraviesa el éxito, pero también la pérdida, la herencia, la muerte del padre. Es alguien en un momento existencial delicado. Esa fricción entre lo profesional y lo íntimo era clave para sostener la historia.
-La novela introduce un diario como pieza central. ¿Qué función cumple?
-El diario es una cápsula del tiempo. Me permite trasladar al lector al pasado con una voz íntima, creíble. No es una prueba judicial, pero tiene un peso emocional enorme. Nadie escribe para mentir en un diario. En la trama, su aparición lo cambia todo, porque lo que allí se cuenta puede hacerse público y destruir vidas. Ese efecto dominó me resulta muy atractivo.
-Como en muchas de sus novelas, el escenario vuelve a ser un pueblo pequeño, casi perdido. ¿Por qué esa elección?
-Porque me interesan esos espacios donde la información circula de manera orgánica, casi inevitable. En los pueblos, todo se sabe. Ese “radio pasillo” genera una exploración narrativa muy rica. Además, los entornos rurales como un pantano, los climas, el silencio, me ayudan a construir atmósferas. La ciudad, en cambio, me dispersa. El paisaje aquí trabaja a favor del misterio.
-Esa intensidad lo lleva a zonas oscuras. ¿Dónde pone el límite entre lo narrable y lo prohibido?
-El límite es tonal. No me interesa recrearme en la violencia. Creo que la ficción es un gimnasio emocional, un lugar donde experimentar sin caer en lo explícito. Mis novelas tienen oscuridad, pero también esperanza. Me interesa que el lector atraviese el conflicto y salga con una sensación de sentido, no de desesperación.
-Su escritura tiene una impronta visual muy marcada. Una mezcla de guionista y escritor.
-Yo veo la novela antes de escribirla. La imagino como si tuviera una cámara con sus respectivos encuadres, juego de luces, movimientos. El protagonista funciona como ese ojo que observa. Esa forma de narrar me permite ordenar la historia y darle ritmo. No es casual. Muchas escenas las pienso casi como secuencias cinematográficas, con una lógica muy precisa de puesta en escena.
-Antes de la literatura en su vida hubo música, un trabajo en sistemas.
-La música fue mi primera vocación seria, incluso antes que la escritura. Aprendí guitarra de forma autodidacta y tuve una banda en España que, aunque prometía, terminó abruptamente tras una mala experiencia con un productor. Aquello fue un golpe duro, pero también una escuela. Componíamos pop rock con letras introspectivas y muy personales. Aún hoy escucho esas canciones y pienso que había algo valioso allí.
-Esa frustración artística, ¿fue el punto de partida para emigrar y reinventarse?
-Sin duda. Después de ese cierre me fui a vivir a Irlanda por trabajo, vinculado al mundo del software. Fue en Dublín donde todo empezó a transformarse. De día trabajaba y por las noches escribía y tocaba. Armé una banda tributo a los Rolling Stones que tuvo bastante éxito en el circuito local. Allí nació también mi blog de relatos, que fue el germen de todo lo que vino después.
-De ser el Mick Jagger irlandés a uno de los autores españoles más leídos. ¿Cómo vive ese presente?
-Con calma. Con alegría y cierta nostalgia. Disfruté mucho esa época, en la que vivía con mi pareja en Dublin y con mis amigos salíamos a ganarnos la vida. Hoy no podría estar sin mi mujer y mis dos hijas. Pero nada fue un éxito inmediato, sino un proceso de años. Desde 2014 fui publicando una novela por año, construyendo un público. La saga de Illumbe marcó un punto de inflexión. Hoy tengo más herramientas, más experiencia.
SALTO INESPERADO
-Ese blog fue clave en su salto editorial. ¿Cómo se produjo ese pasaje?
-Fue totalmente inesperado. Subí un ebook casi sin pretensiones y me fui de viaje a Australia. Cuando volví, el libro se había viralizado, había llegado a Estados Unidos y empezaron a llamarme editoriales. Fue un punto de inflexión. A partir de un relato que había escrito en Irlanda desarrollé La última noche en Tremore Beach. Ahí empezó realmente mi carrera como novelista.
-Entre la vida de músico y la de escritor hay un cambio de ritmo evidente. ¿Cómo le resultó esa transición?
-Muy exigente. Durante años convivieron en mí esas facetas porque trabajaba en informática, ensayaba con la banda y escribía por las noches. Pero cuando nos mudamos a Holanda, ya sin banda, la escritura tomó el centro. Tenía un trabajo a media jornada y el resto del tiempo lo dedicaba a la novela. Fue una etapa de concentración absoluta, casi monástica, donde se consolidó mi vocación.
-¿Queda algo de aquel músico en el escritor que es hoy?
-Muchísimo. La música me enseñó el ritmo, la cadencia, la importancia de sostener la atención del público. Es algo que traslado directamente a la narrativa. Mis novelas tienen esa impronta, están pensadas para que el lector no pueda soltarlas, como una canción que te atrapa hasta el final. En el fondo, sigo siendo el mismo, solo que cambié los escenarios por los libros.