"¡Producción propia!'' La voz gruesa y con un dejo de ronquera atronaba en la redacción. Era un clásico. Jactándose de su capacidad para generar material con recursos personal, Enrique Luis Rodríguez despertaba las risotadas de todos sus compañeros por ese afán de exhibir su hábito de prescindir de los cables de las agencias de noticias. Así era Quique, ese personaje bonachón que por esas ingratitudes del destino nos acaba de dejar demasiado pronto.
Quique pasó más de 20 años en La Prensa. Integró la Sección Deportes, en la que a fuerza de voluntad y determinación se ganó su página de boxeo, actividad que lo apasionaba. Había arrancado como casi todos, cubriendo partidos de fútbol, hasta que con el paso del tiempo hizo del noble deporte de los puños su coto privado. Y lo defendía con esa pasión contagiosa que hasta provocaba las burlas de quienes lo acusábamos de inventar púgiles para darles un espacio en el diario.
"Meta meta'', contestaba cuando le pedíamos que escribiera textos para completar tal o cual página. Siempre bien dispuesto, con esa sonrisa enorme que se confundía con el bigotón que tuvo desde siempre. También se enojaba bastante cuando sentía que no le daban la oportunidad de desplegar su inmenso caudal de trabajo. "¿Qué querés? Soy gallego'', decía cuando intentábamos convencerlo de que entendiera que a veces la nota de 100 líneas que redactaba sin pausa se reducía a la mitad por los designios de la insobornable extensión de las páginas.
Amante del buen fútbol, su corazón latía por Independiente. Idolatraba -cómo no iba a hacerlo- a Ricardo Enrique Bochini. La pasión por el Rojo la heredó de su viejo y la desperdigó por esa familia que amaba con el alma: su esposa Graciela y sus hijos Rocío y Víctor.
Hace sólo unos días le dieron un premio por su destacada labor como cronista de boxeo. El orgullo se escapaba de las fotos. Cabeza dura, le dedicaba muchas horas a su blog y su página web. Llevaba un tiempo comentando boxeo en veladas televisivas con las mismas ganas de siempre. Esas que eran su marca registrada.
Compartimos muchos años. Tejimos miles de anécdotas que seguramente vencerán el paso del tiempo, pero no tendremos la oportunidad de volver a fundirnos en uno de esos "abrazos de oso'' que Quique Rodríguez tenía reservados para aquellos a quienes quería.