“Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor,
siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.”
Viktor Frankl
No deja de ser significativo que el caso de Noelia y la eutanasia en España irrumpa en tiempo de Pascua de resurrección. No por el aspecto confesional, sino porque estas fechas nos siguen recordando, aun en estos tiempos secularizados, que la vida, el sufrimiento y la muerte van mucho más allá de la existencia física, de lo biológico. El ritual de la pasión, la caída, el dolor y la eventual resurrección ofrecieron un marco simbólico para pensar lo humano, desde tiempos inmemoriales por diversas creencias y que en el cristianismo celebramos en estos días. Hoy, de manera progresiva se abraza a otros dioses, la tecnología por ejemplo, vemos a la existencia en el lenguaje de la gestión, del procedimiento y de la decisión administrable… de la eficiencia en definitiva.
La muerte de Noelia Castillo obliga justamente a pensar más allá de la impostada sentimentalidad mediática y de la consigna jurídica. Su caso presenta varias aristas que, en el momento del final de la vida, nos muestran la increíble diversidad y complejidad de lo que es la existencia, el ser. Los relatos parciales tocaban un aspecto particular sin relacionarlo con este marco existencial, pero donde la espiritualidad quedaba de lado. La pregunta: ¿Quién era Noelia? Abre el paréntesis de toda la existencia humana. Una de las lecturas podría ser que fue una joven de 25 años, parapléjica desde 2022 por una lesión lumbar, tras una tentativa de suicidio, sometida a dolor, incapacidades diversas y sufrimiento persistentes, cuya solicitud de eutanasia fue aprobada en Cataluña en 2024 y ejecutada finalmente tras 601 días de espera, después de una larga guerra judicial promovida por su padre. Aquí comienzan en su historia los avatares de la existencia: según diversos datos, los padres perdieron la custodia cuando Noelia tenía 13 años, en un contexto de ruptura familiar, problemas de salud mental y graves problemas económicos; desde entonces pasó por el sistema de protección y por centros de menores. Años más tarde, el padre presentaría el recurso que generó una nueva ruptura con su hija que lo acusó de no estar a su lado. En medio de esta disputa familiar, judicial, intervienen los intereses en traccionarlo al lado de la política, incluso en nuestro medio. El tema Noelia se transformó en un campo de batalla y uno no puede evitar la sensación de un nuevo “Vía Crucis”, con fariseos incluidos. Así se usó todo tipo opinión y referencias, “autonomía”, “muerte digna”, “eutanasia psiquiátrica”, cuando no fue la causal por la cual fue otorgado el recurso, y en estos días sin dejar de participar por si faltara un ingrediente, el gobierno de Estados Unidos, que solicita investigar las políticas de derechos humanos en España. Quizás este aquelarre nos muestra de manera obscena, cómo a pesar de la desacralización de la sociedad moderna, el tema de la vida y la muerte, nos sigue inquietando en lo más profundo. Nadie queda ajeno al hecho y su forma de manifestarlo es acorde a los tiempos actuales, esbozando una crítica en sentido opuesto a su miedos internos, a la muerte. Una narrativa atemporal sobre la existencia en la que se muestra cómo en el límite, cuando las palabras, las etiquetas, pierden sentido, las cuestiones fundamentales a la existencia resurgen con fuerza y se entrecruzan cuerpo, alma, derecho, trauma, vulnerabilidad, capacidad, familia, Estado y opinión pública. Pero fundamentalmente la vida y la muerte.
Este caso tiene la particularidad que toca todas las aristas. No es el caso puro del paciente terminal, tampoco el del trastorno mental aislado como fundamento principal más acorde a las normativas al respecto en Holanda, Bélgica o Canadá, país que publicita la opción de la eutanasia de una manera que deja varios interrogantes en el camino.
En este caso, es algo más inquietante: una vida herida en varios planos, empujada al centro de una batalla donde ya no se discute sólo quién sufre, sino quién tiene autoridad para declarar qué sufrimiento sigue siendo humano, qué sufrimiento se ha vuelto intolerable y qué existencia puede considerarse agotada. Dicho de otro modo: ya no se debate solamente sobre el derecho a morir, sino sobre el poder de nombrar cuándo una vida ha dejado de ser vivible. En ese debate, entran las redes sociales, los partidos políticos y hasta un gobierno extranjero. Quizás valga la pena hacer un alto para mirar con perspectiva esta situación. Los paralelos con la historia del cristianismo, en que aún hoy en una guerra se discuten puntos centrales son evidentes.
Y aquí empieza el problema filosófico serio. La bioética contemporánea suele ordenar estos dilemas con un puñado de principios: autonomía, beneficencia, no maleficencia, dignidad. Pero cuando el paciente arrastra trauma, sufrimiento psíquico, agotamiento y una historia de devastación, la palabra autonomía deja de ser una llave simple. Ya no alcanza con decir: “lo pidió, por lo tanto, debe respetarse”. Tampoco basta con responder: “sufre, por lo tanto, no está en condiciones de decidir”. La cuestión es más trágica: cuándo una voluntad expresa una libertad genuina y cuándo se ha vuelto inseparable del propio proceso de destrucción subjetiva. Finalmente, qué es la libertad en este contexto, ¿es la de la persona, o es una facultad delegada a otros, y especialmente quiénes son los otros?
No hay que desconocer que esto ocurre en épocas postpandemia donde se nos inoculó que nuestra vida no dependía de nosotros sino que era algo a decidir en otras esferas. Ya el individuo no debía ser declarado incapaz sino que era incapaz por oponerse a la narrativa instalada.
En el caso del debate sobre la eutanasia en pacientes con dimensión psiquiátrica la cuestión es aún más compleja. No puede resolverse con planteos binarios, con moralina religiosa o con liberalismo automático. La pregunta no es sólo si el individuo es dueño de sí, sino qué significa ser dueño de sí cuando el yo está perforado por la desesperación, la humillación, la lesión, la dependencia o la pérdida radical de horizonte. En psiquiatría, el problema nunca fue simplemente el deseo, sino la estructura del deseo. No cualquier voluntad de morir tiene el mismo estatuto. Hay deseos que son una decisión. Y hay deseos que son una forma clínica del derrumbe.
Respecto a esto están las legislaciones de los diferentes países y si bien España, Bélgica y Países Bajos parecen pertenecer a una misma conversación (y legislación), no se trata exactamente del mismo mensaje. En España, el sufrimiento psíquico aparece dentro de un marco legal más amplio, ligado a una enfermedad grave e incurable o a un padecimiento grave, crónico e imposibilitante. En cambio, Países Bajos y Bélgica han consolidado una práctica de eutanasia en casos donde el trastorno psiquiátrico puede convertirse en condición principal. Si bien se lo disfraza de diferencias jurídicas nos muestra un tejido subyacente mucho más profundo, cultural y moral, y entendiendo esta palabra como la instalación de una nueva norma respecto a la existencia y al sufrimiento y, por qué no, al valor de la vida. Se debaten dos modelos los cuales los médicos participamos, pero lamentablemente no de manera masiva, aun cuando hacen a nuestro rol.
El rol clásico es que la medicina existe para acompañar, aliviar y sostener, incluso cuando ya no puede curar, “Primum non nocere” nos advierten desde la antigüedad. Pero por el otro se nos avisa que esa idea es antigua y de alguna manera inaplicable en un mundo que se nos dice está superpoblado y al borde de los recursos.
En esa lógica de la optimización de recursos, avanza una ambigua idea con el aura de la modernidad y es que en ciertas circunstancias la medicina puede también clausurar legítimamente una vida cuando el sufrimiento, la dependencia o la imposibilidad han atravesado cierto umbral. El problema es que se nos presentan casos extremos, pero en la práctica se ha deslizado el concepto de esa asistencia al que sufre de manera terminal u otro más perverso, la del suicidio asistido, incluso en alguna legislaciones se lo premia.
Esto cambia completamente la construcción del rol de cuidado de asistencia a aquel que está en sufrimiento. ¿Qué se hace con el vía crucis de la pasión, si el bien común es no desperdiciar recursos, en un mundo que está, según nos repiten al límite de los mismos? En este rol el médico, si es que ese rol o profesión subsisten, deja de ser quien sostiene la salud y en alguna manera el sentido de una existencia, permitiendo a una persona aun a manejarse en el contexto de una enfermedad e incluso lo acompaña hasta el límite natural, y comienza a convertirse, bajo determinadas condiciones, en administrador autorizado del final.
Un cirujano de la existencia que va amputando pares que no funcionan, o las reemplazará por prótesis, hasta reemplazar la existencia misma. En este camino se abre la intensamente difundida idea de las ventajas del transhumanismo. Pensar en esto no vuelve monstruosa toda legislación sobre eutanasia, pero sí debe ser considerado, cuáles son los aspectos en juego más allá que el que está a simple vista. Un aspecto es que nos obliga a pensar qué tipo de sensibilidad estamos desarrollando, ya que el dilema es que las sociedades no necesitan proclamar una doctrina brutal para modificar lentamente el valor simbólico de la vida vulnerable. El primer escalón es el cambio en el lenguaje. Otra vez, la dialéctica de la pandemia es un excelente ejemplo, y en realidad precursor de lo que vivimos. Se instalan palabras o frases a las cuales no se les muestra el significado profundo. Esas palabras se vuelven en la repetición ciertas, hegemónicas, en pandemia, era “científico”, “protección en manada”, etcétera. Aquí es dignidad, autonomía, compasión, calidad de vida, alivio, carga, dependencia, imposibilidad. Quien podría estar en desacuerdo con las palabras, desprovistas claro de contexto. Ninguna de ellas es falsa. Se las expone aisladas, preferentemente mediante comunicadores los cuales usan la palabra, descontextualizada y en realidad se produce un profundo deslizamiento moral y cultural.
Y aquí aparece el color de la época, el famoso Zeitgeist. La pandemia no dejó sólo secuelas sanitarias, psicológicas o económicas. Dejó también una huella de imaginación política. Después de ese episodio, la idea de que la vida humana puede ser medida, jerarquizada, regulada y administrada a escala poblacional mediante criterios técnicos, sanitarios y estadísticos dejó de resultar lejana. Se volvió experiencia cotidiana. Ya no parece extravagante que comités, expertos, protocolos y marcos normativos intervengan sobre la movilidad, el contacto, el riesgo, la excepción, la vigilancia y, en ciertos casos, también sobre el umbral terminal de la existencia.
Frente a este nuevo ordenamiento conceptual, cualquier proceso de no adherencia automática, pasa a ser conspiranoia, y así se instala la censura y quizás más grave la autocensura. Es cierto que el error popular suele estar en la forma, incluso en mezquindades que son especulares a las opuestas, cuando algunos intentan cobrar notoriedad desde esa postura opuesta, erigiéndose en héroes de la “resistencia” y en realidad siendo funcionales a lo que dicen combatir, ya que los puestos se potencian y son íntimamente útiles entre sí. El problema de la eutanasia está siendo llevado o busca ser llevado a ese terreno. La lucha dialéctica, cultural, empieza con un vocabulario higiénico, compasivo, administrativo y razonable, pero luego llegan a conclusiones absolutas y universales. Finalmente, en la homogenización del discurso imponen.
Noelia no muestra necesariamente una tesis de reducción poblacional, pero sí deja entrever algo inquietante: una cultura capaz de pensar simultáneamente el sufrimiento como tragedia personal y como problema de gestión. Y cuando ese segundo lenguaje se vuelve demasiado fuerte, la compasión puede mezclarse con una lógica más fría: la de administrar la vulnerabilidad, los recursos, seleccionar umbrales de tolerancia y convertir ciertas vidas extremas en casos resolubles. Se nos va desensibilizando, buscando que aceptemos dogmas generales en los cuales lógicamente el individuo desaparece para dar paso a la lógica de la colmena, No casualmente en las series televisivas y películas de contenido distópico y/o apocalíptico este mensaje de programación predictiva se repite.
Y es aquí donde la Pascua de resurrección nos permite volver a un lugar donde estar arraigados. La tradición de toda la humanidad habló durante siglos de atravesar la muerte dándole un sentido profundamente simbólico. Hablo de pasión, de sacrificio, de descenso y de resurrección. La modernidad tardía, en cambio, parece cada vez más tentada de traducir esos umbrales a la gramática del expediente, del protocolo y del acto técnicamente ordenado. No es sólo un cambio jurídico. Es un cambio de civilización.
Éste es el punto en que la eutanasia psiquiátrica merece una vigilancia filosófica mucho mayor que la habitual. Porque allí el objeto ya no es solamente el cuerpo devastado, sino la subjetividad quebrada. Y si una civilización comienza a autorizar con creciente soltura la extinción médica de sujetos cuyo núcleo mismo de sufrimiento es mental, afectivo, traumático o existencial, entonces habrá cruzado un umbral mucho más grave y quizás sin retorno. Habrá empezado a pensar que la vida humana no es divina, producto y representación de algo superior.
Tal vez ése sea el verdadero tema de nuestro tiempo. No la vieja oposición entre progreso y religión. No el simplismo entre libertad y prohibición. Sino una pregunta más honda: si estamos entrando en una época en que el poder ya no necesita imponerse brutalmente sobre la vida, porque le basta con organizar las condiciones culturales, médicas y jurídicas bajo las cuales ciertos sujetos llegan a considerar razonable su propia desaparición.
Noelia, entonces, nos sirve para despertarnos, y ver ese proceso que se nos pasa por delante en esta cultura de la desatención, de la distracción , de lo que en criminología se llama conducta del espectador, que mira pero cree que no puede y no hace nada, solo lo graba con su celular. Parecería que todo está cuestionado y eso implica que nuevos moldes son los necesarios, cuando hasta nos enteramos que unos médicos organizaban fiestas de intoxicación y muerte.
Quizás no sea casual que todo esto reaparezca en Pascua. Porque allí donde una tradición vio durante siglos en la muerte un umbral atravesado por sentido, sacrificio y eventual resurrección, nuestra época parece cada vez más tentada de reducirla a una decisión administrable. Y eso nos permite usar estos días para reflexionar alejándonos del ruido ya que se juega una idea de hombre, una idea de límite y, en último término, una idea de civilización…pero quizás de nuestra más elemental existencia
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Juan 11:25