Opinión
UNA MIRADA DIFERENTE

No hay Adorni que por bien no venga

El viejo refrán aquí adaptado sintetiza una oportunidad de oro para recuperar credibilidad y capacidad de comunicación seria.

La desesperación por cambiar de nivel de vida de Manuel Adorni y sus indigeribles explicaciones claramente han dañado al Gobierno en varios aspectos, moleste o no a quien fuere, que no se han atenuado pese a los autoelogios de LLA, de sus incondicionales y genuflexos habituales y de los del sistema trumpistas y afines que elogian lo que les conviene. Por el contrario, ha desgastado inútilmente al Gobierno que le dio su apoyo irreflexivo y absoluto y hasta lo hace aparecer como sospechoso de ignotos delitos. 

Nadie sensato puede tener la menor duda de que el ex jefe de gabinete y mudo vocero presidencial es hoy una pobre figura repetida y deshechable, una figurita en un álbum ridículo, una caricatura de político y un peso muerto para el Gobierno y para Milei. Nadie puede explicar ni explicarse, sin pensar mal, cuáles son las razones por las que el funcionario sigue en el puesto. Ese hecho permite ahora que la iniciativa pase a la oposición y amenace con destituirlo, lo que sería un fuerte cachetazo político a la actual gestión. Por eso el oficialismo se siente obligado ahora a dedicar todos sus esfuerzos a evitar ese golpe, como si se tratase de un debate sobre temas vitales para el país. 

El mileísmo odia semejante situación, acostumbrado como está a poner o echar funcionarios con total discrecionalidad y sin explicaciones, ni tomarse el trabajo de analizar su capacidad e idoneidad, ni tampoco de revisar superficialmente siquiera los antecedentes y prontuarios de quienes designa. Ceder ese privilegio sería un golpe sicológico intolerable para el trastorno compulsivo de omnipotencia que padece. 

Sin embargo, podría estar dejando pasar una gran oportunidad que podría beneficiarlo sin costo político alguno. Despedir a Adorni habría sido, y aún lo es, una excusa, que la sociedad comprendería sin cuestionamiento, de sacarse de encima a alguien que a todas luces es ineficaz para el cargo y que además diluyó su gestión como vocero. Nunca mejor ejemplo del famoso principio de Peters, que sostenía que todo individuo es promovido hasta llegar a su nivel de ineficiencia, con lo cual a la larga todos los cargos terminaban siempre en manos de incompetentes.

Reemplazarlo le permitiría elegir un nuevo  jefe de Gabinete que tuviera la capacidad, el conocimiento y la experiencia como para cumplir seriamente las funciones que le adjudica la Constitución Nacional y también la función política, negociadora e influyente que necesita toda gestión, en especial cuando una parte importante del ajuste consiste en poner en caja a los mandatarios provinciales, que requieren recursos por la vía que fuera para sostener sus satrapías (Es indiscutible que Adorni no logró nada de eso, ni podía).

Tal decisión le evitaría dos problemas inmediatos: un revés en el Congreso que podría destituirlo o al menos poner más en evidencia sus inconsistencias y mentiras, y la alta posibilidad de que cuando se analicen las declaraciones juradas quede claro que se basan en hechos imposibles de probar, cuando no dibujados groseramente. El Gobierno aparecería entonces como cómplice, más que como tolerante o empecinado. 

Un paso en la dirección correcta

Por supuesto que todo esto es un supuesto teórico, ya que el otro milagro sería que el oficialismo abandonase su postura de designar a los funcionarios en función de las preferencias de los dos catetos enemigos (¿O de los tres catetos?), que suelen colocar en esos cargos a sus incondicionales y obsecuentes, o a peronistas transfugados súbitamente en libertarios y con prontuario sospechable.

Un paso es haberle quitado con disimulo al angurriento ministro la función de Vocero presidencial, que venía nocumpliendo hasta ahora, con la designación de Adrián Ravier -diputado y político novel - para ese cargo. Ravier, con un prestigio bien ganado como economista, ha venido crecientemente elogiando la tarea del gobierno y últimamente buscando justificar cualquier desatino del mileísmo. Tampoco tiene ninguna experiencia seria en comunicación masiva ni en medios, aunque ciertamente tiene una capacidad intelectual largamente superior a la esbozada por Adorni. O sea, se le ha limado al cuestionado funcionario uno de sus cargos, por ahora, un modo de alejarlo por partes de la gestión para que duela menos, tal vez. 

No se puede eludir recordar los insultos y descalificaciones que sufrió el nuevo vocero a través del entonces Twitter, cuando disputó con razón algunos de los asertos de Milei sobre economía, disputa en la que claramente tenía razón, pero que al Presidente no le gustó. Es evidente que afortunadamente ya no es considerado un imbécil, ni ignorante ni idiota, como lo calificó el mandatario. Tardía pero merecida rectificación. Algo se va mejorando.

Mejorar su lenguaje guarango y ser capaz de tener una comunicación política respetable y acorde a su rango, es una necesidad imperiosa de Milei, que ha descendido súbita y bruscamente sus niveles de aceptación por esta causa y la de $Libra en su nueva etapa. 

Como se sabe, cuando la pasa mal económicamente, la sociedad argentina empieza a preocuparse por la corrupción. 

Un jefe de gabinete que sea capaz de cumplir las condiciones políticas que hacen falta para ese cargo, es, en este momento, una necesidad ineludible. 

El peligro latente que nadie imagina aún es que en vez de jefe se designe una Jefa. Tal vez lo viene siendo.