Ciencia y Salud

Mundial y emociones: una de las mil caras del Héroe

Cada mundial despierta en la Argentina una escena que por muy conocida, no deja de sorprender a propios, y en particular a extraños. El tiempo queda suspendido antes y durante los partidos. Un tiempo no cronológico sino emocional. Esta nota redactada antes va a publicarse después de un partido en el cual otra vez estaremos en ese juego tan nuestro de estar al borde del abismo, para llorar de emoción por seguir vivos… o no. La escena pasa de lo individual al ágora pública y la identificación con el otro en el caso de una victoria da la pauta de una recuperación de la identidad propia por medio de la colectiva. Es decir, no se juega un resultado solo deportivo. Por eso el mundial nos muestra muchos aspectos, revela como la necesidad de sentir que estamos juntos en una época de fragmentación, cansancio e incertidumbre. Y sí, se juega algo más.  
Es la ilusión de ver en ese equipo, que sabemos no resuelve los problemas de una sociedad en crisis permanente, la posibilidad de ser uno a través del otro, que éste no sea el enemigo o el obstáculo y especialmente que se pueden tener metas en común para alcanzar las propias. En una sociedad acostumbrada a los juicios ad hominem, a la validación por la agresión, a una intensa fragmentación social, incluso como herramienta de control, a la desconfianza y a la saturación, el fútbol nos ofrece algo raro: una escena compartida. Esa última danza ritual en la que dejamos de ser entes aislados para ser uno. 
Si ayer le ganamos a Suiza, esto permitirá seguir viviendo el sueño, aunque de alguna manera sepamos que la realidad es otra. Después del sufrimiento ante Egipto y de una nueva prueba de tensión colectiva, el triunfo volverá a instalar una sensación de alivio, orgullo, cansancio emocional y una expectativa renovada. El condicionamiento operante en él anticipamos el castigo y la ausencia del mismo es la recompensa. Todo el sistema nervioso, en particular el autónomo, seguirá su montaña rusa. Pero cada victoria no cierra del todo la angustia; apenas la desplaza hacia el próximo partido. Si el escenario es negativo, no anulará el fenómeno; lo mostrará por su otra cara, ya que el Mundial no solo revela lo que hacemos con la euforia, sino también cómo manejamos la frustración. Nos pasa en la vida cotidiana: buscamos explicaciones, responsables, nos enojamos, incluso nos sentimos traicionados. En el fondo, es el mito del héroe cómo elaboramos sus pasos, las pruebas, el triunfo y la derrota, y si realmente son tales o como dice Kavafis solo están en el imaginario. Aún más profundo, cómo elaboramos esas sensaciones a nivel colectivo.
En el fondo, las preguntas son otras: ¿por qué nos emociona tanto un Mundial? ¿Por qué un gol puede producir una descarga colectiva semejante? o ¿Por qué una derrota puede dejar una tristeza que excede al deporte?, ¿Por qué una victoria puede hacernos sentir, aunque sea por unas horas, que la vida vuelve a tener un orden?
La respuesta no está solo en el juego sino lo que devela.
La Selección no representa únicamente a un equipo, sino que es símbolo de nuestra memoria, desde escenas individuales hasta colectivas. El pasado, aun el que no vivieron algunos pero nos fue transmitido, la Mano de Dios, el Mundial durante el Proceso, la Guerra de Malvinas, los recuerdos familiares, las frustraciones acumuladas y las esperanzas reparatorias todo esto que reaparece cada cuatro años. No sabemos cómo nombrar ese sentimiento, pero lo reconocemos y nos activamos en consonancia.
El Mundial es un ritual moderno donde dada su magnitud nadie es ajeno. Lo han comprendido autoridades deportivas, comerciales e incluso políticas. En ese ritual, el tiempo juega un rol fundamental, y en el deporte, más aún con sus pausas y extensiones, adquiere un significado especial. Cronos da paso a Kairós, el evasivo tiempo de la oportunidad, y el héroe mítico debe aprovechar ese momento o saber que quizás la oportunidad no volverá a presentarse. En ese ritmo van nuestras emociones. Esa reorganización del concepto del tiempo, lleva también a una reorganización del espacio temporal concreto. Se reorganizan horarios, reuniones, comidas, trabajos y estados de ánimo, y a cambio de ello, la vida cotidiana, habitualmente secuencial y dispersa, encuentra un centro provisorio que le da sentido.
Émile Durkheim llamó “efervescencia colectiva” a esos momentos en los que una comunidad se siente más grande que la suma de sus individuos. El concepto aparece en Las formas elementales de la vida religiosa, donde Durkheim analiza cómo ciertos ritos intensifican la vida común y producen una energía emocional compartida. Personas que en otro contexto discutirían por política, economía, clubes o generaciones pueden encontrarse, aunque sea fugazmente, dentro de una misma emoción. La camiseta funciona como una contraseña de reconocimiento afectivo. El canto sincroniza los cuerpos. El gol suspende las diferencias.
Existe, por otro lado, el concepto de “communitas”, originalmente usado en la antropología para describir ciertos rituales: momentos en los que las jerarquías habituales se aflojan y los individuos se reconocen dentro de una experiencia común gozosa. Y el Mundial es quizás el ritual actual por excelencia. Pero no desaparecen las diferencias sociales: solo quedan de manera parcial y transitoria en suspenso. El Mundial no cura una sociedad fragmentada, no reemplaza instituciones ni resuelve conflictos estructurales. Pero sería un error despreciar su potencia simbólica. Los antiguos entendían el poder del ritual y de las fiestas sagradas colectivas; nuestras sociedades las han ido perdiendo de manera activa, así como espacios tradicionales de pertenencia. La familia, la religión perdió e incluso, la política y sus dirigentes. La vida digital multiplicó contactos sin garantizar verdadera comunidad. En ese contexto, el fútbol conserva una capacidad antigua: reúne cuerpos, voces y emociones en torno a una escena común. Se trata de sentir con otros.
En ese sentir está nuestro cuerpo y, aunque no jugamos, nuestra mente sí lo hace. No reaccionamos solamente ante hechos objetivos, sino ante significados. La respiración cambia, el corazón se acelera, la atención se estrecha, los músculos se tensan y el mundo parece reducirse a una secuencia mínima: avance, pase, arco, peligro, oportunidad. Al mismo tiempo, el cuerpo no es un simple transductor de nuestras emociones y pensamientos, sino también co-constructor de ellos: las sensaciones físicas dan forma y validan nuestras emociones.
El Mundial se vuelve así una máquina de significado. Cada jugada parece decir algo más, cada error amenaza con transformarse en destino y cada gol parece reparar una deuda. La emoción deportiva se mezcla con algo más profundo: la necesidad de que, por un momento, el mundo sea claro.
En la vida cotidiana, los problemas son ambiguos, prolongados y difíciles de resolver. La economía no termina en noventa minutos. La política no ofrece un marcador final. Las heridas personales no se cierran con un silbato. En cambio, el partido tiene reglas, adversario, tiempo delimitado y resultado. Hay tensión, pero también forma. Hay incertidumbre, pero dentro de un marco comprensible. Por eso el fútbol puede funcionar como válvula emocional. No porque sea pura evasión, sino porque permite ordenar afectos dispersos: ansiedad, bronca, esperanza, orgullo, miedo, alivio. Durante un partido, una sociedad cansada encuentra un cauce para sentir. La emoción se vuelve narración. El cuerpo individual se integra, aunque sea por unas horas, a un cuerpo mayor.
Aquí aparece también el problema del éxito y del fracaso. Una comunidad no se revela solo en cómo sufre, sino también en cómo triunfa. La victoria puede unir, aliviar y renovar la esperanza; pero también puede alimentar omnipotencia, soberbia o exigencia de repetición. La derrota, por su parte, puede abrir una elaboración más madura o activar el mecanismo más primitivo: buscar culpables. Entonces el error deportivo se convierte en falla moral, y el fracaso deja de ser un resultado para transformarse en juicio.
En ese punto, el Mundial toca brevemente el mito del héroe. Toda comunidad necesita figuras en quienes depositar una parte de sus deseos y temores. El héroe es aquel que carga con una expectativa que lo excede: debe atravesar la prueba, caer, levantarse y volver con algo que repare al grupo. En el fútbol, esa lógica se vuelve visible. Si el jugador gana, lo convertimos en redentor; si pierde, corremos el riesgo de convertirlo en chivo expiatorio.
El verdadero desafío cultural quizá no esté solo en ganar, sino en aprender a ganar y a perder. Ganar sin convertir la alegría en arrogancia. Perder sin transformar la tristeza en crueldad. Celebrar sin negar el límite. Sufrir sin necesitar una víctima. Allí el fútbol deja de ser solamente espectáculo y se vuelve espejo moral de una comunidad.
El Mundial emociona tanto porque toca varias capas a la vez: historia deportiva, memoria familiar, identidad nacional y biología del cuerpo. Toca la infancia, el barrio, la camiseta, la voz de los relatores, la imagen de los viejos campeones y el deseo, siempre renovado, de pertenecer a algo más grande que uno mismo.
Quizás por todo eso la hinchada argentina llama tanto la atención en el mundo. No solo por el volumen de sus cantos o por la intensidad de sus celebraciones. Tal vez porque muestra, de manera exagerada y visible, una necesidad humana universal: la de volver a sentir juntos.
En el fondo, el Mundial no explica a la Argentina, pero la revela. Muestra su hambre de reconocimiento, su memoria emotiva, su talento para la celebración, su dificultad para separar juego y destino, su necesidad de transformar el sufrimiento en canto y la incertidumbre en pertenencia. No hay que pedirle al fútbol lo que no puede dar. No puede salvarnos. No puede reemplazar la vida ni corregir la historia. Pero puede recordarnos algo que la época tiende a olvidar: que una comunidad no se sostiene solo con argumentos, o estadísticas. También necesita símbolos, rituales y emociones compartidas.
Durante un Mundial, por unas horas, la patria deja de ser una abstracción y se vuelve cuerpo: una mesa familiar, una voz quebrada, una camiseta, un silencio antes de un penal, un abrazo en la calle, una pelota entrando, o no, en un arco.
Tal vez esa sea la razón por la que nos importa tanto. Porque no miramos solamente un partido. Miramos, por un instante, la posibilidad de sentirnos parte.