POR ENRIQUE DIAZ ARAUJO
En los últimos años en la mayoría de las publicaciones sobre la Semana Trágica de enero de 1919 se ha puesto poca atención en puntualizar sus causas y describir las características de sus protagonistas principales, recargando las tintas en la represión a cargo de las fuerzas de seguridad y civiles de la Liga Patriótica -que nace como tal después de los sucesos, fundada por el diputado radical Manuel Carlés y por el Alte. M. Domecq García, a la sazón presidente del Círculo Naval.
En rigor de verdad, la principal operación represiva estuvo a cargo de la guarnición de Campo de Mayo, comandada por el Gral. Luis J. Dellepiane, coadyuvada por la policía y los Defensores del Orden y el Comité Nacional de la Juventud de 2.000 radicales dirigidos por Elpidio González, ex ministro de Guerra y reciente Jefe de la Policía de la Capital, como lo documenta en carta a su padre José Ingenieros en el mejor resumen de estos sucesos: "Con un poco de organización los anarquistas habrían hecho la Comuna; por dos días fueron dueños de toda la ciudad. Después (...) el Ejército y el gobierno dieron armas a todos los comités políticos radicales".
Empero, lo más grave es que la mayoría de las veces se presenta una reacción sin una acción anterior. Un efecto sin causa.
Veamos algunas. Sin dudas que la protesta de los trabajadores de la empresa metalúrgica Vasena tenía sus razones, válidas y veraces, pero afirmar que se desató una suerte de espontánea solidaridad en la población porteña, como suponen algunos historiadores, es peor que una exageración, ya que no es la verdad. La represión no fue por una huelga, sino por la impronta violenta, revolucionaria, que se ejerció en la Capital de la Nación (y con menor intensidad en otras ciudades) en cabeza de activistas anarquistas y maximalistas (expresión en boga entonces para referirse a los bolcheviques) con experiencia adquirida en Rusia (y en Barcelona 1909).
MAXIMALISTAS
Vayan algunos ejemplos del grado de violencia a que se llegó: los desmanes cometidos por los anarco-maximalistas de Bandera Roja en el sur de la ciudad, que incluyeron ataques a unas diez comisarías, asaltos a las armerías, robos de los comercios, destrucción del alumbrado público, incendios de automóviles, estaciones de tranvías, colegios y algunos templos religiosos (el Sagrado Corazón de Barracas, la sacristía de la Iglesia de María Inmaculada y el asilo de la iglesia de Jesús Sacramentado), barricadas con los adoquines de las calles, etc. Los revolucionarios portaban armas cortas y largas (el cortejo fúnebre hacia el cementerio de La Chacarita, de 200.000 individuos, fue precedido por una vanguardia de autodefensa de 150 ácratas armados).
En Flores se asaltó un convento, en Caballito una estación ferroviaria, el Correo Central y se quemó el coche del Jefe de la Policía. Así fueron superando la capacidad policial, hasta que atacaron el Departamento Central de Policía. Junto con la huelga general secundada por la FORA, anarquistas del V y IX Congresos y del grupo del periódico La Protesta.
En ese estado de la cuestión, con media ciudad en manos revolucionarias, se dispuso el ingreso militar de los soldados de la II División de Ejército, con el auxilio de unos 500 marineros desembarcados de varios cruceros llegados al puerto. Asimismo se convocó a los cadetes del Colegio Militar y a miles de reservistas. Hubo víctimas en esas filas, de las que nadie se acuerda, como el conscripto Luis Demarchi y el capitán Abel Miranda, además de tres policías y de Pascual Arregui del Comité Nacional de la Juventud; sólo la policía padeció ochenta heridos. La artillería se instaló en la plaza del Congreso, lo que da clara idea de la magnitud de la rebelión.
LIDERES VIOLENTOS
Sin embargo, la mayor carencia informativa reside en la ausencia de mención de los líderes de la violencia. Porque ésta fue una insurrección dirigida por anarcosbolcheviques locales conectados con agentes soviéticos enviados por la Rusia Soviética -análoga a los putsch promovidos por los soviets en Hungría (Bela Kun), en Munich, Berlín (espartaquistas) y Hamburgo-. Al respecto advirtieron al gobierno desde fines de 1918 sobre la presencia de agitadores rusos, entre otros, el legado británico, cónsules argentinos, el embajador de Estados Unidos (pidió se investigue sobre un plan de origen ""argentino"" para asesinar al Presidente Wilson) y hasta un ex ministro ruso (de hecho exiliado en nuestro país) quien informó que bolcheviques estaban agitando a la clase obrera.
Casi ninguno de los estudiosos y divulgadores ha prestado atención al grupo ácrata de Bandera Roja, desprendido de la FORA del V Congreso por su bolchevismo, dirigido por Santiago Locascio, Hermenegildo Rosales, Atilio Biondi, Horacio Badaracco, García Thomas, Oreste Ristori, Jacobo Prince, Risto Stoianovich y Teófilo Dúctil.
Los rebeldes contaron con la dirección de agitadores de primera línea. Desde la Rusia Soviética se envió a Buenos Aires no sólo dinero, sino a Mijail Alexeivic Komin-Alexandrovsky, Ida Isakovna Bondareff de Kantor, Major Semionovich Mashevich, Moisés Kantor y otros.
Bondareff, Alexandrovsky y Mashevich nacieron y murieron en Rusia. En la URSS se integraron en la Sección Israelita del PC; en Buenos Aires formaron parte de la corriente inmigratoria de obreros judíos, en el Avangard-Bund y en la Biblioteca Rusa (allanada durante la Semana Trágica).
La Dra. Bondareff era una gran "exponente del socialismo judío de orientación leninista y una de las dirigentes del primer comunismo argentino"; "fue condecorada con las órdenes de la Estrella Roja, Signo de Honor y Estrella Roja del Trabajo"" (Tarcus). Intervino en la revolución de 1905 de Moscú.
En 1906 partió a Suiza donde se integró en el Grupo de Lausanna, presidido por Lenin. En 1908, fue enviada a la Argentina. Creó la Organización Socialdemócrata Obrera Judía Avangard y editó el periódico Avangard en idish. Odontóloga y bióloga, casada con Innokenty Yakolev, quien regresó a Rusia en 1914, se juntó al ingeniero Moisés Kantor, otro agitador destacado (Corbire). Fundó el Grupo Comunista Ruso (GCR), fue miembro del Comité Central del PCA y organizó su Sección Femenina (Valora). La Dra. Bondareff volvió a la URSS en 1926 y falleció en Moscú en 1977.
Komin-Alexandrovsky fundó la Federación de Organizaciones Obreras Rusas de Sudamérica (Forsa) y dirigió su periódico Golos Truda. Por "expreso mandato de Lenin, recibió cinco mil libras esterlinas para ayudar a financiar la actividad de los comunistas en la Argentina" (Tarcus; también Chernenko y Shiliajov).
Komin-Alexandrovsky, quien en 1905 había participado del motín del acorazado Potemkin en Sebastopol, también agitó en Montevideo en 1919, aunque allí predominó Mashevich. Este, desde el Yiddish Kultur Center, con Iossif Grigorievich y Gregorio Gelman, intentó repetir en la capital uruguaya los atentados de Buenos Aires. En 1920 Komin-Alexandrosky y Major Mashevich fueron delegados del comunismo argentino al II Congreso de la Komintern.
Osvaldo Bayer ha detectado otro activista de la Semana Trágica: Germán Boris Wladimirovich, cerebro de una banda de ácratas. "Al estallar los disturbios de 1919, Boris fue a Chacarita para organizar allí los comités revolucionarios. Un grupo ácrata dirigido por el intelectual Petroff, juntamente con Andrés Ragapeloff, Moisés Scutz, José Buwitz, Máximo Sagarin e Iván Mijin, apellidos todos ellos para poner los pelos de punta a los tranquilos porteños de aquellos tiempos" (Bayer). Edecán de Wladimirovich fue el ruso Simón Bolkosky, quien se encargó del incendio de la iglesia del Sagrado Corazón.
Entonces, cuando Elpidio González denunció el ""complot maximalista", que bien costó vencer, sin olvidar los excesos que haya habido en la represión, se atenía a la verdad de los sucesos. (De paso, recordemos que don Elpidio González ha sido una de las figuras más puras de la historia política argentina: dos veces ministro de Yrigoyen y vicepresidente con Alvear, renunció a la jubilación que le correspondía, entró en la tercera orden franciscana, hizo voto de pobreza, vivió de la venta callejera de ballenitas y anilinas y murió en el hospital público. O sea: lo contrario de algunos millonarios políticos vigentes.)
COMUNISMO MILITANTE
La principal resistencia en reconocer la verdad histórica por parte de los ensayistas contemporáneos nace del punto de negar el comunismo militante de muchos actores. Ellos tienen absoluta razón en cuanto a que la gran mayoría de los israelitas no eran marxistas. Lo cual no quiere decir que no existiera en su seno una minoría bolchevique muy activa. La hubo y fue la gran protagonista del ""complot maximalista foráneo"", como señaló -el vocero presidencial- Víctor Guillot en La ƒpoca; en la misma línea La Nación del 13 y 14 de enero (incluyendo declaraciones del Gral. Dellepiane) y La Prensa del 22.
Obviamente no hay registros de la reacción del gobierno bolchevique, pero sí algunos indicios. A fines de 1918 queda a cargo de la representación argentina en Petrogrado J. Naveillán, quien al año siguiente es detenido por varios meses en condiciones deplorables, después de peripecias que no hacen al caso. Al respecto, dicen Llairós y Siepe: "Los motivos aducidos por los soviets para tener en prisión al representante argentino fueron, en primer lugar, los informes de Ulrich (afirmaba ser representante de obreros rusos en la Argentina, publicando artículos en diarios locales sobre la Semana Trágica) sobre las persecuciones que sufrieron los obreros rusos en el mes de enero de 1919 en Buenos Aires".
LAS MEJORES FUENTES
Se ha aseverado que el objeto principal de la represión fue la población hebrea de Buenos Aires, perseguida con saña, por lo que es útil ir a las mejores fuentes disponibles.
Respecto a 1919, Boleslao Lewin, historiador de la colectividad judía, destaca dos aspectos. El primero, la Exposición del Comité de la Colectividad Israelita, entidad presidida por el rabino doctor Samuel Jalfon, e integrada por el presidente de la Federación Sionista Argentina, J. Joelevich, el director de la Jewish Colonization Association, I. Starkmeth, por el representante de los profesionales israelitas, Dr. Aranovich, y los representantes de la juventud y el comercio hebreos, M. Bronstein y D. Lerman. Dicha Exposición fue sintetizada en el Manifiesto al pueblo de la República, del 14 de enero de 1919. Ahí se negaba que la colectividad propagara una doctrina -la anarcobolchevique- cuyos extremos eran "a la vez repugnantes y monstruosos".
Y añadía: "150.000 israelitas purgan los delitos de una minoría cuya nacionalidad no es excluyente y cuyo crimen infamante no ha podido gestarse en el seno de ninguna colectividad, sino en la negación de Dios, de la patria y de la ley" (pancarta de la Congregación Israelita y la Federación Sionista; en La Prensa, 14.1.1919).
En cuanto al tantas veces resaltado pogrom, registra la lista de 71 (setenta y uno) judíos afectados por las detenciones de la Semana Trágica, con todos los detalles de individualización. Además, se establece que hubo 1 (uno) muerto y 70 (setenta) heridos.
Ante esos datos, el lector podrá juzgar la desmesura colosal de un Marcelo Dimenstein, quien afirmó: "La Semana Trágica ha sido una de las mayores matanzas a cielo abierto llevadas a cabo por las fuerzas de seguridad acompañadas por civiles en el siglo pasado, solo comparable a la Patagonia Trágica de 1921, a los bombardeos de Plaza de Mayo de 1955, y a la masacre de Ezeiza de 1973".
O sea, que no hay efecto sin causa. Sin causa proporcionada. A la acción revolucionaria se sigue la represión (legal o clandestina, como aconteció en 1976). Luego, si los revolucionarios desataban su guerra irregular, a la sociedad y sus autoridades sólo les quedaba una alternativa de hierro: o se rendían ante el embate revolucionario o lo contestaban y contenían. Pues, esto último es lo que pasó en enero de 1919: se reprimió una previa rebelión. De ahí que explayarse sobre los excesos de los métodos represivos, sin mencionar la anterior actividad revolucionaria, configure una actitud sectaria y antihistórica.
Hay una tendencia a sacar de contexto y enormizar -según la policía hubo 77 muertos y 136 heridos, mientras que los revolucionarios hablan de 700 muertos y 2.000 heridos-. Es probable que si había que reprimir a los anarcobolcheviques infiltrados en el seno de la colectividad judía no marxista, se hayan producido errores in personam, lo que los yanquis llaman efectos colaterales, no deseados ni buscados, pero a veces inevitables. Pagan justos por pecadores. Excesos que no justifican el moroso detenimiento de la casi totalidad de los autores que en los últimos años abordaron el tema.
CONCLUSIONES
En suma, cabe anotar al menos cinco conclusiones:
1 - Que la colectividad judía de Buenos Aires, en tanto que tal, no estuvo involucrada en los sucesos de la Semana Trágica.
2 - Que sí existió una minoría judeo-comunista foránea que tuvo un rol directivo en aquellos acontecimientos.
3 - Que los jefes de estos segundos partieron de Rusia con esa finalidad. Como lo anota Daniel Kersfeld: "Argentina no sólo recibió la mayor cantidad de activistas judeo-comunistas provenientes del extranjero. (que) provino de Rusia y Ucrania".
4 - El soporte popular nativo lo colocó el anarco-bolchevismo, que consiguió arrastrar a los demás anarquistas y sindicalistas a la huelga general. De ahí que Dellepiane tuvo el tino de desactivar primero a los otros grupos anarquistas, para después capturar y expulsar a los genuinos promotores.
5 - Que el responsable principal de la represión fue el Presidente de la República, don Hipólito Yrigoyen. Su actitud fue apoyada en el Congreso el 14 de enero, cuando se debatió la implantación del Estado de Sitio, por, entre otros, los diputados radicales Rogelio Araya -"elementos extraños al país"- y Horacio Oyhanarte -"la faz maximalista. que ha entrado por la puerta del mar y que en estos momentos conturba todas las civilizaciones" (...) "que se repelió con la voz ruda pero elocuente de las ametralladoras"- y sobre todo por el presidente del Comité Capital de la UCR, Pío J. Zaldúa, quien convocó a los dos mil militantes que actuaron en los Comités de Defensa.
Los católicos también lo apoyaron, quienes, como recuerda Manuel Gálvez, eran mayoría en la UCR; p. ej., los Círculos Católicos Obreros, del P. Grote; el diario El Pueblo, que denunció "los comités secretos" bolcheviques, y el Arzobispo Bustos, de Córdoba, quien emitió una pastoral, La revolución social que nos amenaza.
Por último: a los dos meses de los sucesos se votó en la Capital Federal, tradicional bastión del Partido Socialista, cuyos diputados fueron los únicos que no votaron por el Estado de Sitio. Ganó la UCR: el pueblo que padeció la convulsión revolucionaria también lo apoyó.