Cultura
SUELE OLVIDARSE LA CONDICION UNICA DEL PAPADO

Misterio del Santo Padre

La enseñanza de Jesucristo en los Evangelios es clara: “Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam; et portae inferi non praevalebunt adversum eam” (Mt 16, 18): “Tú eres Pedro y, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

Estas palabras la pronuncia el mismo Fundador de la Iglesia luego de la confesión de fe de Cefas/Pedro: “Tu es Christus, Filius Dei vivi” (Mt 16, 16): “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Es muy importante no perder de vista la conexión de una y otra cosa: la profesión de fe y la institución del papado. Así el Concilio Vaticano II replica, en la constitución dogmática Lumen gentium (21 de diciembre de 1964), la enseñanza del Concilio Vaticano I (1870): Jesucristo, en la persona de Pedro, instituyó “el principio y el fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y de comunión” (LG, 18; Denz. 1821). Por su parte, el Código de Derecho Canónico vigente (1983) recibe el magisterio multisecular sobre la materia: “El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente” (canon 331).

A decir verdad, no es “moco e’ pavo” la misión que le confía Jesucristo a Pedro y, en él, a los papas, sus sucesores. Puede así apreciarse la singularidad y la excelencia del lugar que les destinó el divino Salvador. Sin perder de vista que un sumo pontífice es servus servorum Dei (“siervo de los siervos de Dios”), lo cierto es que su condición es única.

BIENES Y VERDADES

También debe decirse que siglos de historia de la Iglesia muestran el carácter misterioso del papado. El mismo se encuentra en los comienzos del Catolicismo. ¿Hace falta recordar los pasajes evangélicos en los cuales se refiere la elección de Cefas como apóstol por parte de Jesús, la institución del ministerio petrino, las negaciones en el momento de la Pasión y la triple profesión de amor a orillas de Mar de Tiberíades?

Sin embargo, a los hombres y mujeres contemporáneos pueden gustarnos los misterios de las novelas policiales y detectivescas pero no los misterios sobrenaturales. No obstante oscilar entre el racionalismo y el emotivismo, pretendemos, con atrevimiento, enterarnos de todo. Perdemos de vista que, así como existe una jerarquía de bienes, también existe otra de verdades. Somos rústicos y no advertimos, precisamente por serlo, que saber las verdades domésticas atenta contra la debida reverencia para quienes están investidos de una sagrada dignidad. En nuestro caso, los papas. Los hombres y mujeres contemporáneos perdemos la gracia del misterio por el afán de novedades. En el fondo, nuestros tiempos pueden caracterizarse por la falta de decoro.

DESEQUILIBRIO

Esta actitud irreverente, debe decirse, con frecuencia es nutrida por el andamiaje comunicacional eclesiástico. Movido por el afán de “familiarizar” la figura de los papas, los medios de comunicación adoptan una forma y una estética que procura transmitir cercanía y ternura respecto de una investidura que, como puede apreciarse por la enseñanza de la Sagrada Escritura, está asociada, por sí misma, a la gravedad y lo sagrado. Resultado de un desequilibrio en el cual se pierde el acceso a lo santo sacrificado en el altar de lo doméstico, los papas terminan siendo, en pocas palabras, uno más de nosotros cuando, en realidad, son únicos. Pero no son únicos por tratarse de Pecci, Sarto, della Chiesa, Ratti, Pacelli, Roncalli, Montini, Luciani, y un largo etcétera, sino por ser papas. Y, por ser papas, nos conducen a Jesucristo, el Buen Pastor. Pecci, Sarto, della Chiesa, Ratti, Pacelli, Roncalli, Montini, Luciani y tantos otros, antes bien, nos lo ocultan. Incluso no queriéndolo, o, en el mejor de los casos, siendo hombres notables en virtud. Los fieles necesitamos a Pedro, no a Cefas.

Los católicos y los hombres de voluntad, los primeros para renovar la fidelidad y los segundos para convertirse, necesitan ayunar, en sentido literal, de tanto culto personalista que se profesa a los papas más por quienes son individualmente que por su sagrada investidura. El Catolicismo enseña el valor nuclear de la verdad del papado, no el seguimiento de personalidades más o menos fuertes o débiles, formales o transgresoras, severas o complacientes. Resumidamente, basta de “humanizar” lo sacro a costa de la fidelidad a Dios y del bien de las almas. Fuera de que puede cumplirse lo que reza el dicho: “La familiaridad engendra desprecio”.

Recuperar esa sobriedad en la comunicación y en la percepción de lo que es el papado contribuirá a pulir la fe y disponer a la razón para conocer mejor a quien dijo de Sí mismo: “Yo soy la Verdad” (Jn 14, 6). Aquél que también afirmó: “Tú eres Pedro” (Mt 16, 18). Ayudará, entonces, a recuperar el sentido del misterio de papado.