El Gobierno dará este miércoles en la Cámara de Senadores una batalla en la que Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa fueron derrotados con consecuencias políticas desastrosas. Por prudencia, Mauricio Macri se abstuvo de esa aventura, pero Javier Milei tratará de introducir modificaciones a la legislación que el peronismo considera su biblia y bastión de su “columna vertebral”: los sindicatos.
Los efectos prácticos de la reforma no son lo relevante, porque si el Gobierno consigue sancionarla, obtendrá una victoria histórica. Otra de las tantas rarezas del gobierno de Milei: se planteó el objetivo no en el comienzo de su gestión -como hicieron sus antecesores radicales-, sino en el tercer año de mandato y acertó, porque llega a la confrontación con el respaldo electoral ratificado y la oposición parlamentaria y extraparlamentaria en su momento de mayor fragmentación.
El caso de la CGT es paradigmático. El sector “combativo” no logró imponer la estrategia de mayor dureza con paro general incluido. Habrá, en cambio, una movilización al Congreso el día del debate, aunque nadie espera 17 toneladas de piedras.
Por otra parte, el sector “dialoguista” desapareció de escena. En lugar de los medios eligió las negociaciones a puertas cerradas. En lugar de la presión pública optó por el acuerdo con el Ejecutivo para ver qué podía salvar en materia de ultraactividad, derecho de huelga restringido, aportes a las obras sociales, etcétera.
Los dirigentes más realistas comprobaron en carne propia su aislamiento. No fueron recibidos por los gobernadores de Córdoba y Santa Fe. No querían fotos con ellos. Las circunstancias no son las más propicias para el gremialismo ante un gobierno que avanza, porque no tiene a nadie enfrente.
El peronismo del Senado se encontró ante una situación parecida. Mientras Patricia Bullrich negociaba con radicales y provinciales, los kirchneristas ni siquiera concurrían a sus despachos. Improvisaron el miércoles una reunión con diputados trotskistas y sindicalistas K para rechazar la eliminación del estatuto del periodista. Resultó una exhibición de indigencia política con nula repercusión periodística.
El PJ también estuvo ausente, porque su jefa no da señales desde hace varias semanas. La conducción de la oposición está en manos de los gobernadores que fueron los únicos capaces de atemperar los impulsos reformistas de Milei. No lo hicieron por reparos ideológicos, sino para sacar ventaja económica. Cuando el Gobierno resolvió cerrar esa ventanilla le puso fecha a la batalla del Senado. De todos modos, las negociaciones durarán hasta el momento en que haya que apretar el botón de votación.
Hacia el fin de semana, el clima entre los libertarios era optimista. El contexto general en el que irán al debate no es tormentoso ni mucho menos. Hubo una polémica en torno a la renuncia del director del Indec, Marco Lavagna, por el sistema del cálculo de la inflación que fue sobredimensionado por el periodismo, único bastión opositor que sigue dándole guerra a Milei y para el que crearon una insólita oficina de desmentidas.
El problema no era en realidad por un sistema de cálculo, cuestión abstrusa para la mayoría del público, sino por a quién le cree la sociedad: ¿a Milei o al periodismo? La respuesta a esa pregunta ya recibió respuesta el 26 de octubre.
La confianza del Gobierno en sus propias capacidades está en su punto más alto. Cambió la agenda con otra noticia que nadie vio venir: el acuerdo comercial con los Estados Unidos que abre mercados hasta ahora cerrados y la posibilidad de inversiones. La novedad se produjo en un momento clave previo al debate en el Senado y sigue demostrando que Donald Trump es lo mejor que le pudo haber pasado a Milei (ver “El tratado con la UE”).
Con un verano que arroja un balance turístico positivo, ausencia de conflictos, la calle en calma y los políticos encapsulados en sus propios negocios, el Gobierno tiene margen para embestir contra sus adversarios. Así como la semana anterior le había tocado al principal empresario del país soportar los ataques del Presidente, en la que acaba de finalizar el sector textil fue vapuleado por abusos de larga data. No hubo nada nuevo en esa actitud del Gobierno; uno de los primeros en ser vapuleado fue Claudio Belocopitt a principios de 2024, pero el resto del círculo rojo parece no terminar de entenderlo.
Hay, sin embargo, sectores políticos que ya dan señales de adaptación. Diputados massistas parecen dispuestos a aceptar el jueves la baja de imputabilidad penal que reclama la sociedad desde hace décadas. Sería un homenaje a la realidad que el peronismo abandone la solidaridad por cuestiones ideológicas con delincuentes sanguinarios impunes por un déficit legislativo.