El Gobierno había terminado agosto con importantes avances en el Congreso: la aprobación de la reforma de la Carta Orgánica del BCRA y del blanqueo contenido en el proyecto de “inocencia fiscal II”, pero empezó septiembre con una derrota inesperada. Los bloques que lo ayudan habitualmente a conseguir la mayoría en el Senado (UCR, PRO, peronistas disidentes) impidieron que pudiese avanzar una iniciativa considerada clave por la Casa Rosada, el “Súper Rigi”, norma diseñada para atraer grandes inversiones del sector tecnológico a cambio de ventajas fiscales.
¿Qué pasó? Los dialoguistas reclamaron que se incluyera una cláusula de compre nacional en beneficio de proveedores locales y el gobierno cedió siempre y cuando la prebenda fuera en condiciones de mercado. Pero los opositores agregaron otra demanda de última hora: que la preferencia operase aun cuando los locales cotizaran precios superiores a los internacionales en hasta en un 15%. La cuestión se empantanó y el oficialismo no cedió, por lo que se quedó sin dictamen de comisión.
Mientras esto sucedía en el Congreso los industriales celebraban su día en una sede que despertó suspicacias (ver Un laboratorio emblemático en Visto y Oído). Ningún funcionario concurrió al festejo que terminó con las habituales quejas por la baja actividad del sector y con fuertes críticas a Luis Caputo. Uno de los vicepresidentes de la entidad lo calificó con intención despectiva de “trader” y de ignorar lo que es un torno.
En suma, el descontento volvió a exponer la situación real de los industriales en la era Milei: no pueden ordeñar una vaca si algún funcionario no se la ata primero.
La polémica siguió con distintos aportes como el del ministro de Desregulación Federico Sturzenegger que viene luchando a brazo partido y pocas veces con la suerte necesaria para eliminar el “capitalismo de amigos” y los privilegios con que los políticos protegen a ciertos sectores en detrimento del resto de los actores económicos, en particular de los ciudadanos de a pie. Lo hizo con un lenguaje escatológico copiado del presidente.
Resultado: el gobierno mostró una vez más su impotencia frente al régimen corporativo engendrado históricamente por el peronismo, pero con valedores en distintos partidos. Logró la estabilidad macroeconómica, pero sigue careciendo del poder para poner fin al sistema de canonjías que paralizó un desarrollo productivo real y lubrica el funcionamiento de la política.
En este marco -inmodificable hasta por lo menos la próxima renovación parlamentaria- el presidente consiguió cambiar la agenda en su favor con la cadena nacional del jueves en la que anunció sanciones para las empresas que exploten junto con los británicos recursos petroleros en Malvinas y la construcción de una base logística y militar en Tierra del Fuego.
La jugada no sólo le permitió retomar la iniciativa, sino que descolocó a la oposición que, paralizada por la interna peronista, exhibe reflejos cada vez más lentos. Le arrebató una bandera que reivindicaba en exclusividad y expuso su total desorientación.
Salieron automáticamente a criticar al gobierno los voceros del kirchnerismo más rancio: los Rossi, los Taiana, los Germán Martínez, las Moreau, etcétera, viva imagen del fracaso del peronismo que gobernó bajo Cristina Kirchner.
Al margen de esas querellas domésticas, la movida del gobierno nacional mostró un cambio inesperado en el conflicto austral y en la relación de fuerzas entre la Argentina y el Reino Unido respecto de por lo menos tres puntos. No es poco para un enfrentamiento que se encontraba congelado desde la guerra del 82.
La primera novedad es la alianza geopolítica de Javier Milei con Donald Trump. En la década de los ochenta los Estados Unidos jugaban para los ingleses mientras la junta militar coqueteaba con la Unión Soviética.
El segundo cambio está relacionado con los errores que cometieron los británicos en su alianza con Washington que los puso ahora bajo la presión de Trump.
El tercero, el poder económico de Vaca Muerta transformado en poder de negociación política. Hoy jugar con los ingleses en una aventura de resultado incierto como Sea Lion y quedarse sin participar en el negocio de Vaca Muerta no es alternativa para los grandes operadores del mercado energético mundial.
Estos nuevos factores en la situación en el Atlántico Sur no están de todas maneras escritos en piedra. La política del Departamento de Estado puede cambiar, los británicos pueden volver al redil, Milei puede perder el año próximo, etcétera. Pero la ventana de oportunidad abierta en estos dos años y medio de gestión terminaron convirtiéndose en un activo electoral innegable que la oposición nunca vio venir.