Política
EL RINCON DEL HISTORIADOR

Miguel Ángel Cárcano y Grecia inmortal

Hace poco más de medio siglo, Miguel Ángel Cárcano dio a conocer con el sello de la Academia Argentina de Letras, de la que era miembro de número. un libro titulado El Mar de las Cícladas (1973).

Fue escrito entre los meses de enero a marzo de 1972 en su estancia San Miguel en Ascochinga, provincia de Córdoba que alguna vez recibiera muy joven como huésped a John F. Kennedy y a la que volviera su vida Jacqueline con sus hijos en 1966, como homenaje al ex presidente que recordaba los buenos momentos pasados en ese lugar.

Cárcano tenía el don de la buena pluma; excelente conversador, el lector que recorre sus páginas puede sentir que está conversando con el autor. Así este libro que es una crónica de viajes porque narra su visita a Grecia desde París, a la que abandonó un día de niebla, en el que desde el avión observó la torre Eiffel, que con su aguda punta la había perforado.

Los campos franceses, para volar sobre los Alpes, “el Adriático inmóvil y luminoso, dibujado por las playas de oro y los montes azules de la Dalmacia. Es tremenda la fuerza de la visión de Europa desde ocho mil metros”.

El autor escribía un Diario en el que pudo anotar algunos datos para refrescarlos en orden al componer el libro, pero advirtió: “Estoy en Grecia sobre el Mar Jónico. Me recibe Itaca la tierra de Ulises. Luego, el golfo de Corinto y en el horizonte, El Pireo y Atenas. No quiero recordar nombres, ni historia, ni leyendas. Deseo mirar a Grecia con mis ojos, con todos mis sentidos, sin las muletas románticas ni el bagaje erudito”.

Lo recibe Atenas con “el calor del mediodía que abrasa”, con “la Acrópolis, que se pierde entre el caserío moderno”. Para su mirada, “Grecia es un país diminuto en el confín de Europa… Es una tierra breve, gris, amarilla, blanca, pedregosa, seca y caliente, embellecida por el mar y la atmósfera que la envuelve, la desgrana, la aprieta, la esculpe en formas originales”, que después -agregamos nosotros- Fidias habría de inmortalizar en la reconstrucción del Partenón.

Ese monumento que bien dice: “Todavía se defiende de la invasión de la cultura occidental que lo asalta por sus flancos. Son los bárbaros de la civilización occidental quienes han destruido a Grecia”.

Las guerras, la conquista de los romanos, la dominación bizantina, las huestes venecianas y los turcos, no “hicieron tanto daño como el europeo moderno. Metódicamente terminó con lo poco que ha quedado…”

Sin dejar de recordar la rapiña de las obras de arte, cuyo producto más grande “se exhibe en el oscuro cementerio del British Museum. Los dioses han enflaquecido y las diosas han perdido la belleza en el fog londinense, faltos del sol y del aire del Himeto, que conserva con vida y esplendor los restos del Templo. Están tristes los mármoles griegos en su prisión de Londres”.

HALLAZGO

Un descubrimiento le llamó la atención: bajando por la calle Phalere hasta la del Rey Jorge en el Pireo, en la esquina de Kolokotroni, una multitud que observa el trabajo de una cuadrilla que cava una zanja para colocar un grueso cable eléctrico.

Un joven en francés le explicó: “¿Ve usted dos grandes estatuas verdes recostadas en la tierra colorada? Son Atenea y Talía. Los romanos se llevaron otras cuatro cuando saquearon nuestros templos hace miles de años. Éstas eran tan pesadas que al embarcarlas cayeron al mar. Las aguas del golfo Kantaros llegaban entonces hasta aquí y el azar nos ha devuelto este tesoro… Es un acontecimiento extraordinario”.

Cárcano se precipitó hasta el borde de la zanja y asistió “a la resurrección de Atenea y Talía, enterradas hace más de dos mil años. Vestidas de bronce, juntas, presentan todavía la rigidez de la muerte, cubiertas en parte por la tierra ocre y negra que se pega a sus cuerpos verdes. Son más grandes que el tamaño natural, como corresponde a las estatuas de los dioses. Atenea sostiene la lanza divina y su brazo izquierdo se extiende para imponer silencio. Los labios se entreabren como si volvieran a la vida y bajo los pliegues del peplo el pecho respira y se modelan los senos discretos de Diana, cae desde sus hombros en pliegues rígidos hasta sus pies, como el auriga de Delfos, como las estrías de una columna dórica. Talía parece fatigada de tantas comedias y festines, pero no es menos imponente. La esbeltez del cuerpo revela su noble estirpe. Es más suave y humana. Los ojos de Atenea son oscuros, y grises los de Talía. Las pupilas fijas tienen la expresión de la inmortalidad. Es aterradora la vida que han conservado esas pupilas. Al contacto con el aire, recobran su brillo. ¡Vuelven al mundo cristiano después de haber visto a Zeus! ¡No puedo resistir su mirada, que me llega desde dos mil años!”.

Poco después el autor embarca en el Saeta, que navega con todas sus velas, mecido por el viento, mientras observa montañas que se reflejan en el agua transparente, las colinas con naranjos y cipreses. Todo este libro es de una belleza inigualable.

En las vísperas del Día Nacional de Grecia, hemos querido evocar ese país a través de la pluma de un argentino singular, diputado, ministro de Agricultura y Relaciones Exteriores, embajador en París y Londres en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, fue miembro además de la Academia de Letras, de la de Historia que presidió, de la de Ciencias Económicas y de la de Agronomía y Veterinaria.

Un libro que merece rescatarse y que en algún momento sería oportuno hacer en la embajada un coloquio sobre el mismo.