Opinión
Buena Data en La Prensa

Metas o sueño dorado


Las anheladas vacaciones suelen generarnos diversas motivaciones. Conocer nuevos lugares, desconectarnos total o parcialmente de la rutina cotidiana y de los medios digitales, disfrutar más tiempo con la familia o con amigos. Es un momento del año en el que intentamos olvidarnos de los problemas o que logramos ponerlos a un costado del camino.

Promediando febrero, ya se vislumbra que en un futuro cercano la ciudad comenzará su ritmo y sus habitantes a la vida habitual.

SALIR DE LA RUTINA

El diccionario define una de las acepciones de rutina como costumbre adquirida de hacer las cosas por mera práctica y de manera más o menos automática.

Así definida, la rutina está muy ligada al hábito. Y como bien sabemos, no todo hábito nos ayuda a crecer y mejorar.

Clásicamente se dice que los hábitos son disposiciones estables de una facultad humana: la inteligencia, la voluntad o la sensibilidad. Los hay buenos y malos. Hoy más sencillamente les decimos virtudes y vicios, que nos acompañan y se transforman casi en una forma personal de ser.

La cuestión es que para la mayoría, la vida es predominantemente una rutina de hábitos que cada tanto interrumpimos para luego volver a ella. Y cuando miramos para atrás quizás encontramos que la rutina nos consumió la vida sin darnos cuenta.

CONTEMPLACIÓN E INSPIRACIÓN

Es por eso por lo que el tiempo de vacaciones ofrece un momento especialmente rico para rever esos hábitos que entorpecen nuestro despliegue, de los que queremos liberarnos y el transcurrir de los días laborales no nos permite erradicar y a veces, ni siquiera advertir.

En vacaciones tenemos tiempo para contemplar paisajes y gestos.

Para los antiguos, contemplar era mirar atentamente un espacio delimitado u observar detenidamente un lugar sagrado, así como hacían los augures romanos que interpretaban señales del cielo en el vuelo de los pájaros.

Las nueve musas inspiradoras de las artes y las ciencias que narraba la mitología griega también estaban asociadas al entorno calmo, natural y campestre. Se las imaginaba viviendo en montes, manantiales, bosques o praderas.

Por otra parte, es posible que en el entorno del receso laboral se planteen promesas de muy difícil cumplimiento o aspiraciones de cambio desarraigadas de la realidad, sueños dorados, expresiones fuertes de deseo que a poco de volver a la rutina caen en el depósito de los desperdicios. Dicen que soñar no cuesta nada, pero a veces cuesta frustración.

ESTABLECER METAS

¿Qué diferencia un sueño dorado de una meta realizable? ¿Por qué muchas veces esos deseos quedan en el olvido e incumplidos?

A lo mejor hemos anhelado cosas teóricamente alcanzables para nuestro estilo de vida, pero no tenemos en claro por qué no las pudimos concretar. Puede haber algunas que no se llevaron adelante por causas ajenas a nuestra voluntad, pero hay otras que continuamente nos interrogan sobre qué nos pasó.

Probablemente más de una vez hemos tenido como objetivo un sueño dorado, un anhelo profundo, una vocación, una promesa íntima, algo que no sabemos de dónde viene, pero que nos llama. El sueño es inspirador.

Recién cuando fijamos una meta, el sueño decide aterrizar en la realidad. A las metas les ponemos un tiempo preciso, fijamos pasos a seguir, esfuerzo, estrategia, un plan de acción para alcanzarlas y lo ejecutamos. La meta organiza y construye. El sueño es deseo, la meta es planificación y acción dentro de un tiempo determinado.

Los sueños amplían el horizonte, marcan la dirección y el sentido, las metas trazan el camino, dan disciplina y forma al proyecto. Uno responde al “para qué”; la otra responde al “cómo” y al “cuándo”.

Los momentos de reflexión y descanso, nos acercan a preguntarnos cuáles son nuestros anhelos más profundos, qué queremos para nuestra vida y nuestro futuro. Sin ese deseo, caminar en la vida es simplemente vagar, deambular, pasar de un lado a otro.

A lo anhelado no se llega por arte de magia. Sin olvidar la providencia divina, “a Dios rogando y con el mazo dando”. Es necesario ponerse en acción, elegir correctamente el camino y caminarlo, aunque tenga piedras.

Viktor Frankl, el creador de la tercera escuela de psicoterapia vienesa, se inspiró en Nietzsche al sentenciar que descubriendo el sentido de la vida es posible soportar hasta las situaciones más adversas. “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino”.

Frankl describe la experiencia profunda del vacío existencial, tan común en nuestra época, como la de aquel al que ya nada lo llena especialmente, que perdió la motivación, que sucumbió al tedio.

Si bien el para qué sin un cómo, tiene pocas posibilidades de realizarse. El cómo sin un para qué no tiene sentido, es un hacer vacío.

El lector podrá seguir a Buena Data en:

YouTube: /BuenaData

Instagram: @buenadata