Cultura
A 50 AÑOS DE LA MUERTE DE UN SACERDOTE QUE LUCHÓ CONTRA LA DERIVA DE LA IGLESIA

Meinvielle, profeta incomprendido

Escritor prolífico y contrarrevolucionario, tenaz adversario del tercermundismo, fue perseguido, encarcelado y amenazado de muerte. Hoy sufre también el desprecio de la jerarquía eclesiástica, alineada ya con sus acusadores.

En una mañana plomiza y fría, una gran cantidad de fieles, muchos con el corazón partido, según dirían años más tarde, se congregaron el viernes 3 de agosto de 1973 en la iglesia de Nuestra Señora de la Salud, en el barrio porteño de Versalles, para asistir a una misa de cuerpo presente por el sacerdote Julio Meinvielle.

Nada menos que doce sacerdotes concurrieron a la misa exequial, que fue presidida por el arzobispo Juan Carlos Aramburu en un templo abarrotado, el mismo que había sido erigido cuatro décadas antes, sobre las bases de un pequeño oratorio, solo por el tesón del propio Meinvielle (1905-1973).

El sacerdote había sido, en las décadas del 30 y el 40, un querido párroco del lugar y los fieles no lo olvidaban. Eso explicaba la gran concurrencia de aquella jornada, tanto más inusual por ser un día laboral.

El “padre Julio”, como aún muchos lo llaman allí, había aportado su impronta y en parte también su actual fisonomía al barrio. No solo había construido la iglesia sino también el Ateneo Popular de Versalles, un par de plazas y hasta el mercado barrial. Entendía que era esta una forma concreta de ayudar a construir la civilización cristiana, en escala local.

Meinvielle desarrolló esa misión pastoral con el mismo fervor con que se volcó a una intensa actividad intelectual que lo llevó a estar en el centro de las discusiones de ese tiempo.

Apologista, teólogo, filósofo, consagró su vida a denunciar la revolución moderna de los enemigos de la Iglesia contra el orden cristiano.

Era un integrista, en una época en que el integrismo era todavía un ideal, y no un complejo, para la mayor parte del Episcopado argentino. Un contrarrevolucionario, en un tiempo de creciente convulsión. Escritor prolífico, cuando no profético, era además un polemista tenaz. Había corregido, por ejemplo, a los más publicitados pensadores modernistas católicos del momento.

Con los años también se había erigido, finalmente, como un referente obligado dentro del clero en materia de tomismo.

REFERENTE

Sus cátedras sobre el pensamiento de Santo Tomás de Aquino habían formado a más de una generación. Primero, a través de los famosos Cursos de Cultura Católica, razón por la cual hay quien lo ve como uno de los artífices del renacer de la fe en la Argentina de principios del siglo pasado. Y, después, a través de los llamados “Grupos de la Suma”, clases que daba a los jóvenes, los fines de semana, en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales de la calle Independencia, a la cual había sido destinado en los últimos años como capellán.

Su prédica militante iba a contrapelo del nuevo espíritu del tiempo, por lo que pagaría un costo alto, al punto de ser perseguido, preso y amenazado de muerte.

Al momento de su muerte era, por todo esto, una figura muy relevante de la Iglesia en nuestro país. Y, aun cuando fuera uno de los más duros contendientes del tercermundismo, igualmente era respetado por algunos de ellos, tal vez por esa bondad en el trato, ese rasgo de caridad, que siempre se le reconoció.

No es extraño, por ese motivo, que en aquella misa exequial se viera llorar por igual a dos figuras tan distantes entre sí como el padre Carlos Mugica y un sacerdote recién ordenado que había estudiado en los Grupos de la Suma, Héctor Aguer, según contó a La Prensa Augusto Padilla, testigo de lo ocurrido.

Al terminar la misa, un viejo feligrés, don Angel Tacchela, ofreció unas sentidas palabras sobre el sacerdote. En esencia, Tacchela destacó que “Versalles no había conocido al teólogo ni al polemista. Conoció al padre Julio, que llegó solo con su negra valija en mano cuando el barrio era un descampado y erigió una iglesia”, resumió Padilla, quien mantuvo un trato cercano con el sacerdote durante quince años y hoy lo considera “un padre espiritual”.

Meinvielle sería inhumado esa misma mañana en el cementerio de la Chacarita, donde el filósofo Carlos Sacheri, uno de sus más conocidos discípulos, trazó un memorable perfil intelectual. Habló de “una figura excepcional”, de esas que jalonan el itinerario de una nación; de un hombre que reunía las cualidades propias de la vida contemplativa y de la vida activa en una síntesis pocas veces vista; y de un sacerdote con la vocación del “filósofo cristiano”, dedicado a profundizar y difundir la Verdad cristiana, pero cuya militancia y obra intelectual habían sido más difundidas que comprendidas. Apreciación, ésta última, que da una notable clave de lectura.

Meinvielle había entregado su alma al Señor el día anterior tras una dolorosa agonía de varios días en la porteña Clínica San Camilo. Hasta allí había sido trasladado luego de que un vehículo lo atropellara dos semanas antes en la avenida 9 de Julio a poco de salir a pie de la Santa Casa de Ejercicios Espirituales.

Un fatal accidente, según la convicción general, incluso entre sus propios seguidores. Sin embargo, a cincuenta años del hecho, no todos están convencidos de lo mismo, según refiere en un diálogo con La Prensa el presbítero Jorge Hidalgo, quien está indagando en la vida y la obra del padre Julio para una tesis de doctorado en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica (UCA) que llevará por título La Cristiandad en el pensamiento de Meinvielle.

Las dudas sobre la muerte, y las sospechas que cada tanto vuelven a aparecer sobre un posible crimen, perpetrado por alguna facción ideológica enfrentada con el sacerdote, no son ajenas a su investigación. Según cuenta, a todas las personas que entrevistó hasta ahora les preguntó sobre la muerte del presbítero porque, “como sabemos muy bien”, fue “bastante extraña”.

“Meinvielle -recuerda Hidalgo- no sólo había sido amenazado de muerte” sino que, desde que dejó Versalles para vivir en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, “varias veces fue baleada la puerta de ingreso en el sector donde él residía, razón por la cual debieron cambiarla”.

Otra “circunstancia extraña”, señala Hidalgo, es que “no lo atropelló cualquier persona, sino el chofer del intendente de Buenos Aires”. Y, por último, añade, hay quienes recuerdan que más o menos por la misma época había muerto en otro atropello similar el vocero de otro sacerdote “de buena línea”.

PREDICAMENTO

Sin embargo, pese a las amenazas y las sospechas sobre su muerte, el padre Hidalgo considera que el hecho de que la iglesia estuviera llena durante sus exequias es todo un símbolo del predicamento y de lo influyente que había llegado a ser el padre Meinvielle.

“En el barrio era muy influyente porque él lo hizo todo allí. Bastaría pensar en las dos escuelas, la plaza, el mercado, la creación de los boy scouts, su labor asistencial”, dice. “El plasmó en el orden práctico, en su barrio, lo que sostenía sobre la Cristiandad”, confirma.

“En la Cristiandad -explica-, la Iglesia fue el origen de todas las instituciones del orden civil y del orden educativo. Eso mismo él lo trasladó al ámbito parroquial”.

Pero su predicamento excedía al ámbito barrial y se extendía hacia el interior del clero, algo que se explica, en parte, porque él vio antes que nadie la gran crisis, y en parte porque Meinvielle “tuvo mucho que ver con la formación de sacerdotes”, según el padre Hidalgo. Más aún, hay testigos de que “pagaba de su propio peculio para que los sacerdotes pudieran ir a Roma a doctorarse”, precisa.

Sobre su incidencia en la formación de sacerdotes, el presbítero menciona, por caso, que el famoso Seminario de Paraná, que buscó garantizar la enseñanza tradicional, nació “apadrinado por Meinvielle”. Y cuenta que su misma creación se decidió durante una reunión en su casa, a la que asistieron el padre Luis María Echeverry Boneo, el padre Alfredo Sáenz, y monseñor Adolfo Tortolo, entonces arzobispo de Paraná y presidente del Episcopado.

En esa reunión, según Hidalgo, “cuando Tortolo dio su visto bueno a la creación del seminario, Meinvielle le hizo la siguiente pregunta a quemarropa: ‘¿usted no nos va a traicionar como hizo Bolatti, no?’ Porque el seminario había funcionado un año en Rosario y monseñor Guillermo Bolatti, entonces arzobispo de Rosario, había dispuesto su cierre ante el levantamiento de los tercermundistas”.

“Meinvielle era un sacerdote muy ligado al nacionalismo católico y a la resistencia cultural, a la contrarrevolución cultural”, comenta Hidalgo. “Pero hay sacerdotes que uno identificaría con una línea progresista, que apreciaron también la obra del padre. Un ejemplo es monseñor (Carmelo) Giaquinta y otro es el padre Mugica”, ilustra.

Mugica, por esos años, estaba en un proceso de revisión personal, tras haber sido una inspiración para la célula fundacional de Montoneros.

“Hay una anécdota muy interesante de Mugica con el padre Meinvielle”, dice Hidalgo. “Cierta vez, el padre Julio estaba hablando con un novel sacerdote y en eso llegó Mugica desencajado. Le dijo: padre, necesito hablar con usted con urgencia. Y lo que este sacerdote alcanzó a escuchar es que Mugica agregó: ‘No quiero morir fuera de la Iglesia’”, afirma.

“Entonces -continúa-, ambos pasaron a otro lugar aparte. Cuando salió Mugica, parecía otra persona, según el testimonio de este sacerdote joven”.

“Lo que se interpreta -dice Hidalgo- es que Mugica quería salir del tercermundismo en el cual estaba metido y sabía a quién ir a pedirle ayuda. Seguramente estaba ya amenazado de muerte, amenaza que luego se concretó, y quería salir de esa situación. Por eso Mugica tenía una relación estrecha con Meinvielle”.

Pero, aunque pudiera ser apreciado, el hecho es que fue perseguido, encarcelado y amenazado de muerte. “No solo eso -acota Hidalgo-: en cierta época incluso el arzobispo le prohibió escribir. Así que lo soportó todo”.

En cuanto a quiénes eran sus perseguidores, Hidalgo remite a las memorias de Meinvielle del padre Buela, que fue otro de sus discípulos. “Buela dice que cuando al padre Julio le preguntaban eso, respondía: ‘las calumnias de los judíos me honran’. El padre apuntaba en esa dirección”, sostiene.

Pero eso no significa que fuera antisemita o antijudío, aclara el padre Hidalgo, quien desestima esas acusaciones tantas veces repetidas, incluso en la literatura que pretende pasar por científica o seria.

NO TIENEN FE

“Se trata -dice- de la falacia conocida como Reductio ad Hitlerum, que consiste en asociar a alguien con el líder de la Alemania nazi y suponer después que ya nada más se tiene que argumentar. Un falso razonamiento que, con un cliché, quiere descalificar al pensador”.

Hidalgo no duda en afirmar que, “a pesar de que esta literatura aparezca con el nombre de científica, especializada o seria, es una literatura superficial. Porque sus autores no han leído, no conocen el pensamiento del padre Julio acerca del judaísmo”.

“Hay que decir, ante todo, que el padre tiene una visión teologal de la historia”, explica. “Su marco de referencia es el pensamiento de San Agustín, es La Ciudad de Dios. Esto es desconocido por todos los críticos porque son personas que no tienen fe”, concluye.

También monseñor Aguer considera que esas “etiquetas son una tontería”. Aguer dice que “él había estudiado bien el influjo del judaísmo en el orden sociocultural. En esto fue muy original, aunque no muy seguido”.

Meinvielle había empezado a tener cierta proyección como pensador a partir de su temprana crítica a uno de los intelectuales católicos de moda como era el filósofo Jacques Maritain.

Hay indicios, por lo pronto, de que durante el mismo Concilio se leían sus escritos. Esto es algo que menciona al pasar, por ejemplo, el historiador italiano Roberto De Mattei en su libro Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita.

“Sí, la crítica a Maritain fue fundamental”, admite Hidalgo. “El primero que se dio cuenta de los problemas de Maritain fue el padre. El le hizo ver esos problemas nada menos que al teólogo francés Réginald Garrigou Lagrange. Y también a otros, como el padre Osvaldo Lira, de Chile”.

No sería la única vez que corregiría a alguno de los intelectuales católicos del momento. Lo mismo hizo con el religioso y filósofo Pierre Teilhard de Chardin, el teólogo dominico Yves Congar o con el teólogo alemán Karl Rahner.

El Concilio Vaticano II y la crisis que detonó al interior de la Iglesia marcaron los últimos años de la vida de Meinvielle. El veía con claridad cómo la confusión y el clima de ruptura invadían la Iglesia de un modo siniestro y sombrío por el avance del progresismo, convertido en un factor de subversión y de corrupción moral y doctrinal. Y se lanzó a denunciarlo.

Meinvielle, según Aguer, “tenía una visión histórica dogmática sobre el mundo moderno. Un gran influjo había tenido sobre él papa san Pio X, quien había entendido muy bien la malicia del modernismo”.

En la Argentina, él fue uno de los que se levantó en defensa de la visión tradicional. Aparece siempre como uno de los grandes antagonistas de los sacerdotes tercermundistas, sobre todo en los debates que hubo al respecto en el clero porteño en 1971.

“Meinvielle escribió numerosos artículos contra los sacerdotes tercermundistas” apunta Hidalgo. “Son artículos un poco desconocidos. Lo que ocurre es que, de la obra del padre, conocemos los textos más públicos. Ni siquiera se sabe cuántos opúsculos tiene o en cuántas revistas escribió”, añade el presbítero, quien enumera a modo de ejemplo las revistas Balcón, Nuestro Tiempo, Presencia y Diálogo. “Además de eso están sus libros. Los principales serán unos treinta”, calcula. “Es una intensa actividad propagandística e intelectual”.

PROBLEMAS

El clima de confusión creciente tendría para él su costo, como queda dicho. Los problemas para el padre, en realidad, ya habían comenzado en vida, como demuestra el hecho de que un arzobispo le hubiera prohibido escribir en alguna época.

Al respecto, monseñor Aguer opina en diálogo con La Prensa, que Meinvielle era en efecto muy influyente pero su predicamento no era tanto en el clero porteño, al que define como “mediocre, conservador”, y donde el padre “descollaba”.

Con el paso del tiempo, después de su muerte, su figura empezaría a ser menospreciada; su integrismo, tratado como una antigualla, y su visión sobre el comunismo, tachada de paranoica o inspiradora del militarismo.

A diferencia de lo que ocurría en vida del padre Julio, cuando el Episcopado respondía a la línea marcada por monseñor Tortolo, hoy la jerarquía eclesiástica toma distancia de Meinvielle y de su pensamiento, algo que parece hablar más de la deriva que sufrió la Iglesia en los últimos años que de la obra del sacerdote.

OTRA VISION

En eso está de acuerdo el padre Hidalgo, quien corrobora que “el cambio de paradigma viene dado por un cambio de visión acerca de la misma tradición católica”.

El núcleo de su pensamiento es la denuncia sobre el avance de la revolución anticristiana. “Eso lo dice Sacheri, que fue su principal discípulo y que después murió mártir”, corrobora el padre Hidalgo, quien acota además el carácter anticipatorio que tuvo esa reflexión.

“El padre Julio denunció las tres escalas de la revolución anticristiana (protestante, iluminista, bolchevique) ya desde los años ‘30”, puntualiza.

“Es lo que el papa Pío XII sintetizó después en un discurso que pronunció en 1952: el hombre reducido a animal, después a su parte viviente, y después el hombre en cuanto es. Es la degradación del ser humano que hicieron las revoluciones: primero la luterana, después la francesa y por último la bolchevique”, enumera Hidalgo.

“Hoy, ciertamente, hay una mirada distinta de la falsa Iglesia hacia el mundo”, continúa.

“Esto Meinvielle lo analiza en la obra La Iglesia y el mundo moderno. Y por otro lado expresa una visión igual de las cosas, pero desde otra perspectiva, en De la cábala al progresismo. Son las dos últimas grandes obras del padre”, comenta.

“En la primera hay una suerte de reconciliación de la falsa Iglesia con el mundo y en la segunda hay un ingreso de la cábala judeognóstica a través del pensamiento de la Iglesia progresista”, dice Hidalgo. “Y en las dos obras analiza la figura de un papa ambiguo”, añade.

Esa capacidad de ver las cosas antes que los demás ha sido muchas veces comentada. “Esta es una de esas ocasiones”, asiente el padre Hidalgo, quien matiza que “a veces se equivocó” pero corrobora que tuvo algo de profético.

“Lo dice el mismo Castellani”, abunda. “En una famosa carta que imagina entre Meinvielle y el cura Brochero, pone en boca de este último: ‘Haga una profecía de esas que usted sabe, con esa linda labia que Dios le dio’”.

Sobre la última etapa de su producción intelectual y lo que estaba escribiendo, Hidalgo responde: “Por lo que dicen, él quería refutar la teología de Karl Rahner. Tiene opúsculos sueltos contra Rahner que el padre Cristian Ferraro ha editado con la Editorial Santiago Apostol. Pero esa obra quedó inconclusa”.

Las denuncias de Meinvielle contra los enemigos internos de la Iglesia, su desvelo por preservar la doctrina íntegra y por restaurar la civilización cristiana, son más necesarios hoy que nunca. Demuestran la actualidad de sus palabras. Del mismo modo que aquella Iglesia progresista que él entrevió, que ya no hablaría de lo sobrenatural, hoy se puede ver con nítida claridad, nos rodea. No podía esperarse que esta nueva Iglesia que se va configurando a paso acelerado, y que él denunció hace ya cincuenta años, lo comprendiera.

En la agonía, esperanza sobrenatural

Alguna vez había anticipado el padre Julio Meinvielle que, aunque el Anticristo nos aplastara la cabeza, tendríamos que seguir confesando a Cristo, y algo de esto puede decirse que cumplió él mismo, cuando yacía en la Clínica San Camilo, con los huesos rotos, poco antes de expirar. Es lo que sugiere una anécdota que trae a la memoria el padre Jorge Hidalgo, quien está escribiendo una tesis de doctorado sobre Meinvielle, durante una entrevista con La Prensa.

Hidalgo reproduce un sobrecogedor diálogo que se produce entre Meinvielle y el padre Raúl Sánchez Abelenda (1929-1996), otro sacerdote tradicionalista, muy cercano al padre Julio, quien sería designado al año siguiente decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

“Meinvielle -dice Hidalgo- se encontraba en la Clínica San Camilo en los últimos momentos de vida, pero estaba lúcido y estaba bien”.

“El padre Sánchez Abelenda le preguntó entonces si entendía la situación en la que estaba, la gravedad del momento que estaba pasando, a lo que el padre dice: ‘sí, sí, perfectamente’”, cuenta Hidalgo.

“Y entonces -continúa su relato- el primero preguntó: ‘¿qué nos deja, padre, en caso de que usted se vaya, como testamento, como última palabra?’”

“El padre Julio le dice: ‘¿qué querés saber?’ Ante esta pregunta, Sánchez Abelenda responde: ‘Concretamente quiero saber si la Argentina tiene solución’. Entonces el padre le dijo: ‘humanamente no’. “Pero el primero insiste: ‘si me subraya, padre, la palabra humanamente, quiere decir que sobrenaturalmente sí”, añade Hidalgo.

“‘Sobrenaturalmente sí’, le dice Meinvielle”, siempre según esta reconstrucción.

“‘¿En qué podemos fundar esa esperanza?’, vuelve a preguntar el primero”. Y la respuesta del padre Meinvielle fue: “‘En una sola cosa que queda: la devoción del pueblo cristiano a la Virgen’”, concluye Hidalgo.