Espectáculos

Marky Ramone hizo arder Temperley

 


Recital de Marky Ramone’s Bliztkrieg. Músicos: Marky Ramone, batería; ‘Pela’ Urbizu, voz; Marcelo Gallo, guitarra; Martín Sauan, bajo. El martes 10 en Auditorio Sur.



Hay algo que todavía nadie logró explicar del todo: cómo puede ser que canciones de dos minutos, con tres acordes furiosos y letras simples, sigan funcionando como un ritual generacional que atraviesa décadas. ¿Qué tiene esa velocidad urgente, ese ‘one, two, three, four’ que convierte cada recital en una ceremonia colectiva?

Quizás la respuesta no esté en la técnica ni en la nostalgia, sino en la honestidad brutal. En decirlo todo sin rodeos. En tocar como si el mundo fuera a terminar en el próximo acorde.

La noche del martes volvió a comprobarse en el Auditorio Sur de Temperley, que lució lleno y con el calor típico de las grandes noches de punk.

Desde temprano, el público -mezcla perfecta de veteranos con remeras gastadas y chicos que apenas descubrieron el género en plataformas digitales- dejó en claro que esto no es un recuerdo: es presente… y futuro. Y cuando las luces se apagaron, el estallido fue inmediato.

VELOCIDAD SIN TREGUA

La introducción fue breve, y entonces el grito: ‘¡One, two, three, four!’ dio la patada inicial para . Sin pausa, arrancó ‘Do You Wanna Dance?’, seguida por 0Havana Affair’, ‘Teenage Lobotomy’ y una demoledora versión de ‘Commando’, que convirtió el Auditorio Sur en un pogo incesante.

No hubo espacio para la contemplación. ‘Beat on the Brat’, ‘I Don't Care’ y ‘Sheena Is a Punk Rocker’ sostuvieron la intensidad.

La banda sonó compacta, afilada, con esa crudeza que nunca pasa de moda. Marky, en la batería, marcó cada golpe con precisión implacable; la guitarra y el bajo, a cargo de los locales Marcelo Gallo y Martín Sauan, distorsionados y filosos, avanzaron sin titubeos. Y la voz del ‘Pela’, furiosa y directa, fue el hilo conductor de casi una hora y media sin concesiones ante una sala que respondió a cada estribillo.

HIMNOS ETERNOS

Promediando la noche llegaron los clásicos que en Argentina siempre se cantan un poco más fuerte. ‘The KKK Took My Baby Away’ fue un coro masivo, lo mismo que ‘Rockaway Beach’ trajo esa oscuridad melódica que conecta con el cine y la literatura, y ‘Surfing Bird’, de The Trashmen, que demostró que incluso los covers pueden convertirse en patrimonio propio.

El primer gran cierre llegó con “R.A.M.O.N.E.S.”, homenaje inoxidable de Motorhead que encendió la emoción colectiva.

Pero todavía quedaba pólvora. ‘What a Wonderful World’, del gran Louis Armstrong que fue reversionada por Joey en su disco solista, y ‘Blitzkrieg Bop’ terminaron de desatar la euforia, con cientos de gargantas gritando el eterno “Hey ho! Let’s go!” como si fuera la consigna de una tribu que nunca se disuelve.

Y cuando las luces se encendieron, quedó claro que no se trata de una banda, ni siquiera de una época. Se trata de una actitud frente al mundo y la vida.
Porque mientras haya un escenario, una batería marcando el pulso y alguien dispuesto a gritar cuatro números antes del primer acorde, la pasión no será recuerdo: será presente.

Y esa pasión -simple, rabiosa y verdadera- seguirá vigente para siempre.

Calificación: Muy bueno