Aunque los libros de historia suelen elegir algún acontecimiento particular como hito para señalar un cambio de época -la toma de la Bastilla, la ocupación del Palacio de Invierno, los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, por caso-, lo cierto es que las grandes transformaciones son procesos que encadenan miles de cambios moleculares (sociales, culturales, tecnológicos, demográficos, económicos) que se potencian recíprocamente, se articulan y simultáneamente, con ritmo paulatino o vertiginoso, van desarticulando prácticas, normas, relaciones y costumbres preexistentes que el tiempo había naturalizado.
Desde los últimos años del siglo XX el mundo viene acumulando hitos que parecen dar cuenta de una sucesión de cambios epocales superpuestos y solapados, largos de enumerar: una revolución tecnológica y de las comunicaciones que ha trastornado los conceptos de tiempo y espacio; la disolución de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría; notorias y catastróficas manifestaciones del cambio climático, una pandemia extendida durante meses en el planeta, la globalización económica y una paralela reacción antiglobalista con el crecimiento en los países mayores de Occidente de corrientes nacionalistas e identitarias; el sostenido ascenso de la República Popular China a la condición de segunda potencia mundial (con ritmo y aspiraciones de volverse la primera), Y la lista no se agota allí.
Un viernes atrás se cumplió un cuarto de siglo del impactante ataque ejecutado por la organización Al Qaeda contra puntos centrales y emblemáticos de Estados Unidos, las torres del World Trade Center en Nueva York y el edificio del Pentágono en Washington. Un tercer ataque, cuyo probable objetivo era la Casa Blanca, pudo ser neutralizado a un alto costo en vidas. Que un grupo irregular pudiera golpear brutalmente en su propia casa a la primera potencia del mundo empleando aviones de línea como instrumento ofensivo catapultó al primer plano el concepto de “guerra asimétrica”, ya manejado por los analistas, para ilustrar la capacidad de intervención de actores no estatales o de estados de baja envergadura para desafiar con medios y procedimientos relativamente económicos y no convencionales a estados poderosos y fuertemente pertrechados.
El 11 de septiembre de 2011 se convirtió en hito: abrió simbólicamente una nueva era y clausuró al mismo tiempo las ilusiones optimistas sobre el “fin de la historia” desatadas por la caída del Muro de Berlín, la reunificación alemana y la autodisolución de la Unión Soviética, mojones anteriores que parecían prometer un mundo de conflictividad fuertemente acotada, de paz y orden crecientes.
Los ataques del 11-S gatillaron la respuesta de Estados Unidos que se traducirían en la intervención en Irak y en Afghanistán, dos sangrías que terminaron en retiradas. Donald Trump, que aquellas decisiones militares (tanto la intervención como las retiradas) prometió no comprometer a su país en ninguna aventura equivalente y también estos días cumple el séptimo mes de intervención en el conflicto con Irán, un pantano del que le cuesta salir mejor de cómo entró (y que probablemente le cueste a sus republicanos una derrota en las elecciones de medio término del 3 de noviembre). La derrota lo debilitaría directamente, no sólo por la pérdida del control del Congreso, sino por el hecho de que el último viernes convirtió el comicio en un plebiscito sobre su persona: “Cuando voten, piensen que están votando por mí”, pidió a los ciudadanos en el mismo discurso en el que prometió “un dividendo” de 5.000 dólares para cada adulto estadounidense si los republicanos conseguían mantener el control de ambas cámaras del Capitolio.
Las dificultades que encuentra Trump en Irán aceleran la atención estadounidense sobre objetivos delineados casi un año atrás en el documento sobre estrategia que divulgó la Casa Blanca. Allí se señalaba como prioridad el Hemisferio Occidental, las Américas, y Washington está produciendo esa transición. América Latina vuelve a adquirir una importancia que durante algunos años había quedado relativamente relegada. Washington mira nuevamente al hemisferio occidental como un espacio estratégico. Unas semanas antes, la energía venezolana había adquirido una dimensión geopolítica extraordinaria con el acuerdo anunciado por Trump para ampliar el control estadounidense sobre las reservas petroleras de Venezuela, promover grandes inversiones que potencien su desarrollo (y mantener esas reservas lejos de la influencia de Beijing).
El secretario de Estado, Marco Rubio, acaba de visitar Colombia, Ecuador y Perú, se entrevistó con sus flamantes mandatarios y consolidó la presencia de los tres países en la coalición política y de cooperación militar Escudo de las Américas (Shield of the Americas), impulsada por la administración Trump.
¿De quién defiende ese escudo? Una primera respuesta es: del terrorismo y el narcotráfico. Otra, más en profundidad, contesta: de la creciente expansión china.
La semana próxima, Trump recibirá a Xi Jinping, el lñuder de la República Popular, en Washington. Un encuentro de contención mutua.
Trump quiere que China reduzca su extraordinario superávit comercial, reflejo de su pericia industrial tanto como de la eficacia de su Estado, en la coordinación y respaldo a la producción y en su diplomacia política y comercial. Pero han surgido otros temas acuciantes. Uno, prioritario, es la Inteligencia Artificial. Esta semana ese asunto se recalentó después de que varios investigadores de la industria denunciaron que las empresas que desarrollan inteligencia artificial “juegan con las vidas” de la humanidad. Rápidamente reaccionaron los líderes del sector. El primero en hacerlo fue, Dario Amodei, CEO de Anthropic. Quien sugirió un marco coordinado para moderar el ritmo de desarrollo de los algoritmos más potentes (particularmente lo que se conoce como IA de frontera) y permitir auditorías externas independientes. Inmediata y sorpresivamente, Amodei recibió el apoyo de grandes compeitdores, los magnates tecnológicos Sam Altman (OpenAI) y Elon Musk (xAI).
Amodei no propuso que se frente la investigación o se paralice el entrenamiento de modelos de IA, sino acompañar ese desarrollo con más medidas de seguridad, introducir verificadores externos en las principales plantas de investigación y buscar acuerdos globales con China. A Dios rogando…Amodei sugiere que, para evitar que los desarrollos chinos aventejen a los de Estados Unidos, se mantengan fuera del alcance chino los chips más avanzados y la maquinaria necesaria para fabricarlos, se persiga su contrabando y se combata la “destilación” no autorizada. Esto es, el entrenamiento de modelos más chicos y económicos con logros generados por otro más potente. Pese a este celo antichino, Donald Trump arremetió contra la propuesta de Amodei y contra las prevenciones de los líderes de la IA. Consultado sobre las advertencias de que la IA podría escapar del control humano antes de que termine la década, Trump las desestimó: "No, no me preocupa en absoluto", dijo y aseguró que se trata de “escenarios ficticios que no van a suceder”, de “una patraña" y una “conspiración enfermiza”. Tambiém insinuó que estas propuestas son, en verdad, maniobras promovidas por las grandes corporaciones del sector tecnológico para evitar que el mercado se abra y también consideró que “frenar la industria en este momento solo serviría para cederle la ventaja estratégica a China”.
Enmarcó esta cuestión con una frase elocuente: "El que gana en IA, gana la partida", por lo que la prioridad absoluta de Estados Unidos debe ser mantener su ventaja actual frente a Pekín.
En verdad, esa ventaja se ha relativizado en el último tiempo. Hoy China está claramente al frente en el desarrollo de robots y según el diario ´El País´, “el Índice de IA 2026 de Stanford considera que la brecha de rendimiento entre los mejores modelos estadounidenses y chinos se ha estrechado considerablemente. Desde comienzos de 2025, se han alternado en los primeros puestos de Arena, una clasificación basada en comparaciones a ciegas en las que los usuarios eligen qué respuestas consideran mejores. En marzo, el modelo líder, desarrollado por Anthropic, aventajaba en esa clasificación al principal competidor chino por solo un 2,7 por ciento”.
Trump desoye o subordina las advertencias sobre seguridad que vienen de las propias empresas de seguridad porque asigna a la Inteligencia Artificial un papel decisiva en la pugna con China que pasa, fundamentalmente, por imponer el ritmo y las normas generales de su desarrollo. Trump busca conducir centralmente esa competencia. Ya en diciembre del año último firmó un decreto para centralizar las regulaciones sobre la inteligencia artificial e impedir que esa atribución se federalice y dependa de cada estado de la Unión.
La IA hecha en Estados Unidos "no tendrá éxito si no hay una única fuente de aprobación o desaprobación. No puede haber 50 fuentes distintas", dijo entonces Trump. De reojo miraba a China: "Solo habrá un ganador acá, probablemente será Estados Unidos o China y, ahora mismo, estamos ganando". Trump no quiere que otros le marquen el ritmo.
Es interesante observar que China también reaccionó con rechazo ante la propuesta de Anthropic y los otros desarrolladores estadounidenses. El vocero de la cancillería china, Guo Jiakun, declaró que “las narrativas de amenaza” y la “competencia malintencionada” perjudican la gobernanza global de la Inteligencia Artificial y “no benefician a los intereses de ninguna de las partes”. El diario Global Times, orientado por el comunismo chino, afirmó editorialmente que la propuesta de los magnates tecnológicos estadounidenses responde a una “agenda oculta” que pretende “estrangular el desarrollo de la segunda economía del planeta” y lo definió como “un manual de guerra fría disfrazado de reflexión racional sobre la seguridad de la IA”.
El objetivo, de acuerdo con ese medio, es frenar a las firmas chinas mediante barreras tecnológicas y “monopolios regulatorios”, preservar la hegemonía estadounidense y apartar a Pekín de la elaboración de las normas mundiales. Por su parte, el ministro de Seguridad del Estado, Chen Yixin, subrayó que la IA es el “principal campo de batalla de la competencia tecnológica mundial” y un nuevo terreno de la “pugna estratégica entre grandes potencias”.
En relación con las inquietudes y advertencias sobre los riesgos de seguridad detectados en la IA más avanzada, China asegura que ejerce una supervisión estricta y ética sobre sus desarrollos. En julio, junto con otros 28 países China firmó en Shanghái el acuerdo para constituir la Organización Mundial de Cooperación sobre la IA. En ese contexto, Xi reclamó que la supervisión sea “más precisa y eficaz”.
Beijing previene contra la pretensión de “determinados países” de invocar la seguridad nacional para imponer controles tecnológicos, monopolizar los estándares y limitar la capacidad de innovación de otros Estados.
Hay un esfuerzo chino por establecer un diálogo bilateral y convertir ese canal en uno de los principales resultados de la cumbre prevista para la semana próxima. Un acuerdo chino-estadounidense sobre seguridad en materia de Intrligencia Artificial sería un nuevo hito de cambio de época, un acercamiento aproximación a la cogestión en el tema determinante de este tiempo, asociado a la vida y también al desborde de la Humanidad.
En un marco de creciente protagonismo de Estados Unidos en el Hermisferio Occidental se proyecta la importancia de los dichos y gestos de su presidente sobre el conflicto de Malvinas, tanto sus insinuaciones de eventualmente “revisar” la invocada neutralidad de Washington en la discusión sobre la soberanía de Malvinas, como sus declaraciones de la última semana, cuando afirmó que su gobierno sin duda actuaría si la tensión de ese conflicto amenaza salir de quicio. Estados Unidos observa el tema Malvinas más allá de la pelea argentina por las Islas: le interesa la proyección sobre la Antártida y el control sobre el paso interoceánico. No quiere que China tenga oportunidad de jugar sus cartas en ese escenario. No todo es Inteligencia Artificial.
Con su discurso de la semana anterior y sus inéditas definiciones sobre Malvinas, Javier Milei procuró proveerse de una cuchara por si llovía sopa y, de paso, intentó recuperar el centro de la conversación política interna, un espacio que su fuerza venía perdiendo sistemáticamente desde los escándalos centrados en el ex jefe de gabinete, Manuel Adorni.
Al introducirse en la temática Malvinas como lo hizo Javier Milei se ha internado en un territorio que estaba fuera de sus mapas. Terra incognita.
Incorporó a su discurso la palabra soberanía y puso en marcha procedimientos (preexistentes, pero hasta allí desestimados) de presión del Estado sobre intereses privados. Al meterse en esta pelea, Milei invierte la hermética seguridad que le proporcionan las definiciones de economía teórica y se arriesga a ser cuestionado por inconsistencias, al misturar las recetas libertarias con las razones de Estado. Sin duda, se trata de una exposición al riesgo que será controlada desde distintas miradas. .
El desarrollo del proyecto petrolero Sea Lion en aguas de jurisdicción argentina que el Presidente menciona como disparador de su enérgica reacción fue, en rigor, convocado hace meses por el régimen isleño tutelado por Londres, con la participación de la firma británica, Rockhopper Exploration y la israelí, Navitas Pwtroleum. El tema no había sido hasta allí mencionado en las reuniones que el Presidente y sus funcionarios han mantenido, sea con Londres, sea con Tel Aviv. Ahora la administración ha iniciado acciones contra esas y otras empresas comprometidas con el desarrollo kelper. Habrá que ver si la lógica del programa económico permite desplegar a fondo esa ofensiva.
Aunque la jugada presidencial ha puesto nuevamente el mazo en sus manos, la oposición está diferenciando el tema Malvinas de las cuestiones domésticas en pugna. Impuso en diputados su quorum para forzar la discusión de la altísima morosidad generalizada en la población y la situación de la discapacidad. El oficialismo admitió el hecho y se allanó a ese debate. La presentación del proyecto de Presupuesto 2027 se mezcló en este tema y amenaza desbaratar arreglos hechos por el ala política, negociadora, del oficialismo.
Aunque las diferencias no se han esfumado, el Gobierno prefiere no radicalizarlas por el momento. Una semana atrás, el canciller Pablo Quirno y el ministro de Defensa, Carlos Presti, viajaron a Ushuaia, se reunieron con el gobernador peronista (“¿kuka?”) Gustavo Mellela y recorrieron el predio destinado a la Base Naval Integrada, una obra que comenzó durante la presidencia de Alberto Fernández, quedó paralizada en virtud de la motosierra sobre el financiamiento y que ahora el Presidente busca reactivar: antes del viaje de los ministros, Economía reasignó 142 millones de dólares (cerca del 30 por ciento del costo total) de la obra.
En paralelo, La Libertad Avanza reclama a los gobernadores dialoguistas que se comprometan a votar las reformas políticas que impulsa el gobierno (en prmer lugar, la eliminación de las PASO) si quieren sentarse a negociar beneficios financieros o políticos para sus provincias. Habrá que ver cuánta credibilidad le conceden los gobernadores a esos condicionamientos.